El reto de cultivar a ciegas

Julián Román, que está ciego, prepara la tierra para plantar berzas, repollos y coliflor. :: armando méndez

Afiliados de la ONCE explotan un huerto de la Universidad Popular en un proyecto pionero de integración social

MARÍA JOSÉ TORREJÓNCáceres

Son las diez de la mañana y en la Ronda del Matadero, junto al barrio de San Blas, el termómetro alcanza ya los 34 grados de temperatura. Una ola de calor sacude a 27 provincias, entre ellas Cáceres. A Julián Román parece no importarle el ascenso del mercurio porque no da tregua. Rastrillo en mano, prepara la tierra para sembrar berzas, repollos y coliflor.

Bienvenidos al solar de los Carvajales, una de las fincas en las que la Universidad Popular desarrolla su exitoso programa de los huertos de ocio: cada curso adjudica pequeñas parcelas para que los usuarios -la mayoría jubilados- cultiven sus propios alimentos y recuperen la actividad hortelana tradicional que un día hubo en la Ribera del Marco.

Desde el pasado mes de enero a los hortelanos habituales se han sumado nuevos vecinos de parcela. Se trata de un grupo de afiliados a la ONCE (Organización Nacional de Ciegos) que participan en un proyecto pionero diseñado para fomentar la integración social de las personas con discapacidad visual, aumentar su autoestima y derribar barreras. El convenio firmado entre el Ayuntamiento y la ONCE se presentó en mayo de 2016. A principios de año desembarcaron en la finca los primeros seis beneficiarios del programa y ahora, seis meses después, comienzan a recoger sus frutos: calabacines, patatas, tomates, melones, sandías, pimientos...

EN PRIMERA PERSONAJ. Antonio Pérez U. Popular «Me sorprendió cuando la ONCE nos lo propuso»Mauri Rufo Usuaria ONCE «Muchos nos dijeron que era una locura tener un huerto»Margarita López Usuaria ONCE «Cuando uno quiere, puede hacer todo»

Julián ya estaba familiarizado con el mundo del campo. Siempre le gustó. Está totalmente ciego, condición que no le impide ni sembrar, ni regar, ni recolectar. Sus manos, cuenta, son ahora sus ojos. Su olfato, además del tacto, le ayuda a distinguir una planta buena de una mala hierba. Para no despistarse sobre el terreno, la parcela de 150 metros que explota la ONCE está dividida en seis calles separadas por ladrillos. De esta manera, Julián y el resto de sus compañeros tienen acotado el espacio. Además, están acompañados por voluntarios de la organización, que les prestan ayuda cada vez que lo necesitan.

Julián, de 68 años, tenía 40 cuando se quedó ciego por un desprendimiento de retina. Desde entonces y hasta su jubilación trabajó como vendedor de cupones en el Hospital San Pedro de Alcántara. «Yo siempre he sido hortelano. Y cuando me hablaron de este proyecto, me apunté sin dudarlo», confiesa. «Toco los tomates con la mano y, si están duros, sé que hay que dejarlos un poco más. Y para saber si una sandía está madura o no lo que hago es buscar la hoja que tiene en un extremo y, si está seca, quiere decir que la sandía se puede cortar ya», explica con desparpajo.

No duda este hombre de carácter afable de los beneficios que le reporta la iniciativa. «Aquí te distraes y hablas con los compañeros», admite. La expedición al solar de los Carvajales se realiza dos veces por semana: los lunes y los jueves. Todos los productos recolectados se reparten entre los participantes.

Una de las impulsoras de la iniciativa ha sido Mauri Rufo. Desempeña un doble papel dentro de la ONCE. Es afiliada (tiene una discapacidad visual del 95 por ciento) y forma parte del equipo de voluntariado de la organización. «Cuando llegué a la ONCE dije: además de necesitar ayuda, quiero ayudar a los demás», relata esta mujer vitalista. Pura energía. «Queríamos hacer actividades de las que hace todo el mundo. Nos entusiasma sembrar y recoger. Muchos nos dijeron que les perecía una locura que personas ciegas quisiéramos tener un huerto. Pero no es ninguna locura. Tendremos nuestras dificultades pero nos buscamos las mañas. Hay solución para todo», resume.

Así fue como se fraguó el convenio suscrito entre el Ayuntamiento de Cáceres, del que depende la Universidad Popular, y la organización. No fue fácil. Los trámites fueron lentos. «Al principio no lo veían. Pero hemos demostrado a todo el mundo que, si se quiere, se puede. Nuestros tomates, de hecho, son los mejores. A los del resto les ha entrado un hongo y están muy enfadados», presume Mauri, a quien la vida le cambió a los 38 años. Trabajaba en El Corte Inglés cuando una atrofia retiniana la dejó casi sin visión.

«Nosotros tocamos las plantas. Sentimos esa necesidad. Este proyecto nos ha venido muy bien a nivel psicológico y a nivel físico. Nos ha llenados muchísimo», apostilla la voluntaria al tiempo que precisa que esta experiencia no tiene precedentes en el país.

Solicitud de parcelas

Durante su visita a los huertos de ocio Mauri, Julián y el resto del equipo intercambian impresiones con los demás usuarios del programa. La Universidad Popular lanzó esta iniciativa en 2005. La semana pasada terminó el plazo de solicitud de parcela para el próximo curso. Hay 68 aspirantes para 64 terrenos municipales, ubicados en el solar de los Carvajales y en la Ronda de San Francisco.

Sumar una experiencia piloto como la de la ONCE a un proyecto ya consolidado como los huertos de ocio supuso todo un desafío, según admite José Antonio Pérez, el director de la Universidad Popular. «Llevamos trabajando en la integración de adultos toda la vida. Me pareció estupendo que las personas con deficiencia visual pudieran acceder a esta experiencia. Me sorprendió el planteamiento que nos hizo la ONCE. La iniciativa no sólo es buena para ellos, sino también para el resto de hortelanos porque enriquece mucho. Es la mejor pedagogía, mucho mejor que la que se enseña en las facultades», señala Pérez.

Uno de los sueños de Julia Benito ha sido siempre tener un huerto. Por eso, cuando le plantearon la oportunidad de participar en esta iniciativa se apuntó sin vacilar. La recolección es su fase preferida de todo el proceso. El pasado jueves tocó llenar una caja de tomates pera. Todos ecológicos, puntualiza. Sus ojos apenas funcionan al diez por ciento, pero puede distinguir los colores. Por eso, en su caso, no tiene dificultad para diferenciar entre el fruto maduro y el verde. «Es una experiencia muy recomendable para cualquiera. El campo es un tipo de ocio muy saludable», zanja.

Estos días, en pleno mes de julio, una parte del equipo se ha ido de vacaciones. No es el caso de Margarita López, que protege su cabeza del sol con un sombrero de paja. Tiene una invalidez absoluta provocada por sus problemas de visión. A diferencia de Julián o Mauri no tenía conocimientos previos sobre cultivos. «Lo he ido aprendiendo poco a poco. Cuando uno quiere, puede hacer todo, tenga la discapacidad que tenga», reflexiona. En su caso, la experiencia también le ha permitido convivir con otras personas con perfiles similares al suyo. «Te das cuenta de que la gente lleva bien sus problemas y de que, al final, te habitúas», concluye. De fondo, suena el rastrillo de Julián, que no para de mover la tierra. A finales de agosto, cuenta, plantará berzas, repollos y coliflor. Sin que nada le detenga.

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