Un refugio en la Sierra de Montánchez

Talleres matinales con los que los usuarios llevan a cabo distintas actividades/
Talleres matinales con los que los usuarios llevan a cabo distintas actividades

Personas con escasos vínculos familiares y alta discapacidad intelectual residen en una finca ubicada entre Aldea del Cano y Albalá

Cristina Núñez
CRISTINA NÚÑEZCáceres

A Inés Muñoz Alía le gusta pasarlo bien. Detalla el miedo que pasó en la feria de Cáceres a lomos del gusano loco. «Iba asustadita», relata entre risas. Su próximo objetivo es ir a tomarse un chocolate a Albalá («ya me toca», reclama) y celebrar su cumpleaños el próximo 14 de febrero. Inés, de 62 años, es la más comunicativa de los residentes en el centro Francisco de Asís de Aldea del Cano, un auténtico hogar para las 18 personas con discapacidad intelectual que residen allí.

La historia de este centro habla de esa solidaridad que surge de abajo arriba, y que logra levanta montañas. En el año 1982 un grupo de treintañeros (hoy jubilados) de Albalá decidió crear una asociación para mejorar la vida de las personas con discapacidad.

Los distintos perfiles de cada residente orientan los trabajos que llevan a cabo
Los distintos perfiles de cada residente orientan los trabajos que llevan a cabo

La vivencia de Francisco y Severino Rubio, con un hermano en estas circunstancias movió esta asociación, que hoy tiene 260 socios. «Éramos muy jóvenes y nos movíamos por puro altruismo, la situación de mi hermano fue la chispa inicial, y poco a poco se fue sumando gente, personas que no tenían nada que ver con el mundo de la discapacidad», explica Rubio, uno de los miembros de la junta directiva a la que pertenece Jesús García, entre otras personas.

El paso de los residentes por el centro se prolonga durante años, muchos envejecen aquí

Lograron la cesión de una finca en el término municipal de Aldea del Cano, donde empezaría a materializarse el sueño de construir un lugar en el que proporcionar una buena vida a personas con alto grado de discapacidad y sin familia que se pudiera hacer cargo de ellos. Es un lugar idílico en plena Sierra de Montánchez: campo y encinas, aire puro.

Los inicios

Ladrillo a ladrillo fue tomando forma una residencia de 1.000 metros cuadrados y con espacio para 20 residentes que se inauguró en el año 2006. Se trata de un modelo de asistencia poco masificada. María García, la directora de este centro desde hace una década, explica que son como una familia. «Pasan el día juntos, hacen todas las actividades acompañados, se quieren mucho y se protegen, y a veces surgen roces, como en todas las familias». Son las once y media de la mañana y en la cocina ya hay una considerable actividad. El alma de las casas es la cocina, y aquí, en esta casa grande, también supone un lugar cardinal.

Laura Galán es una de las tres cocineras del Francisco de Asís. Explica que intentan controlar el sobrepeso que aqueja a una buena parte de estos usuarios. Algunas patologías que padecen generan ansiedad, y también tiene que ver en algunos casos la medicación que toman.

Según explica Francisco Rubio, la Facultad de Farmacia de la Universidad de Alcalá de Henares les ha elaborado una tabla de menús saludables que intentan llevar a rajatabla. Pero claro, también hay mimo. «Les encanta su cumpleaños y celebrarlo, ese día se les hace una tarta de lo que más les guste», explica Laura. Mientras habla, por la ventanita de una de las puertas de la cocina asoma una cabeza. Es una usuaria al acecho, a la que el hambre aprieta.

Uno de los objetivos del centro es que estas personas, de muy diversas edades, todos mayores de edad, ocupen el tiempo en actividades enriquecedoras y terapéuticas. Pablo Bonilla es psicólogo y se encarga de coordinar sus actividades matinales. «Dependiendo de las características de cada uno hacen distintas actividades: escribir, hacer cuentas, ejercitar la memoria, relajación, psicomotricidad», describen.

María García, directora del centro junto a Francisco Rico, de la junta directiva
María García, directora del centro junto a Francisco Rico, de la junta directiva

Estas actividades se organizan en función de los perfiles de cada uno de ellos. La atención, las capacidades psicomotrices o comunicativas varían muchos de unos a otros. «Se busca un mantenimiento y una mejoría en la vida diaria». Las tardes dejan mayor espacio al ocio.

El educador social ha organizado el Carnaval, en el que todos, tanto usuarios como trabajadores, se disfrazarán.

La temática elegida es Alicia en el País de las Maravillas. Acompañarán a los alumnos del colegio de Aldea del Cano, pero también tendrán su propia fiesta.

Les gusta celebrarlo todo, y echan el resto en los momentos propicios para la alegría. «Les gusta todo lo que les saque de la rutina, y también estar con gente diferente», precisa la directora.

En Youtube hay varios vídeos de todos ellos haciendo coreografías conjuntas con canciones de moda. Todo destila buen rollo. Desde el centro se intenta promover salidas para ampliar sus horizontes y romper con la cotidianidad.

Todas estas personas tienen aún a miembros de la familia vivos, pero en muchos casos no son ya parentescos directos, y las visitas no son habituales. El paso por esta residencia no es fugaz. Cirilo, Yolanda, Sandra e Inés son los más antiguos, llevan prácticamente desde que abrió el centro. «Envejecen aquí», explica la directora.

Necesidades

13 cuidadoras, tres técnicos y tres cocineras son el equipo de este centro, que permanece abierto 365 días al año. Siempre. La atención ha de ser permanente. No faltan las risas, pero también hay momentos complicados por crisis epilépticas o autolesiones que se desencadenan de vez en cuando. La Diputación de Cáceres, la Fundación Valhondo y Caja Badajoz apoyan este proyecto con diversas ayudas. Es el Sepad el encargado de asignar estas plazas a personas de toda Extremadura.

El centro prepara el carnaval, en el que participan usuarios y trabajadores
El centro prepara el carnaval, en el que participan usuarios y trabajadores

Pero las cuentas no salen. Cada usuario aporta el 75% de su pensión a este servicio. El coste total anual de todo lo que ofrece el centro asciende al medio millón de euros. Hay un saldo negativo de 60.000 euros que viene de distintas ayudas y de la actividad solidaria de la Asociación, que se vuelca durante todo el año. Lotería, marchas senderistas o desayunos forman parte de la batería de iniciativas para recaudar.

También necesitan voluntarios para activar las propuestas de ocio. «Todas las ayudas son bienvenidas», explica Francisco Rubio.

El sueño de la Asociación es poder continuar con el proyecto de albergue en el que se han invertido 200.000 euros, y que lleva varios años paralizado. Se trata de un espacio extra ideado para que escolares puedan acudir a este entorno y compartir momentos con los residentes en el centro.

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