«Recuerdo todos los comercios de la calle Pintores de cuando era moza»

Catalina Palomino, en el salón de su casa durante la entrevista :: L.C.

Catalina Palomino, vecina de la calle Peña Redonda, acaba de celebrar con su familia sus 100 años de vida

FRANCIS GONZÁLEZ CÁCERES.

Cuando Catalina Palomino (Cáceres, 1917) nació aún se desarrollaba la Primera Guerra Mundial y Lenin todavía no mandaba, aunque sí estaba a punto de hacerlo. Federico Garíca Lorca era un joven escritor desconocido. Cáceres rondaba los 100.000 habitantes, como ahora. El número se aproximaba a los 20.000. Dos de ellos eran Lorenzo Palomino y Petra Ciborro, los encargados de traer al mundo a Catalina, una cacereña que cumplió 100 años el pasado 29 de julio.

Su familia quiso homenajearla en su casa de la calle Peña Redonda y este diario ha contactado con ella para compartir el punto de vista de una mujer centenaria sobre la ciudad que habita. En sus recuerdos guarda imágenes que en la actualidad parecen impensables.

Catalina se acuerda comercio por comercio de la calle Pintores «de cuando era moza», no sabe detallar qué años exactamente, pero supone que cuando se acercaba a la veintena de años. «Había un despacho de vinos que se llamaba Jerte al que iban los hombres a tomarse algún que otro vaso por una perra gorda, que pueden ser 20 céntimos ahora. También había un comercio de telas conocido como 'La Muñeca' porque tenían a una muñeca vestida con sus productos en el escaparate. El hotel Iberia ya estaba en mi época y todavía sigue. Otro que sigue es Peña, una zapatería que la llevaban dos hermanos», recuerda emocionada.

A Catalina le hubiera gustado tener carné de conducir. «Siempre me atrajeron los coches»

La Guerra Civil sorprendió a Catalina, que no había cumplido aún los 20 años, también en Cáceres. «Recuerdo muchas cosas de la Guerra. Cuando iban a bombardear y sonaban las sirenas solíamos refugiarnos en el Palacio de la Isla o en la Plaza de Italia (que entonces no se llamaba así todavía)», explica. Sobre los ataques, recuerda especialmente uno: «Lanzaron bombas y una cayó en lo que hoy es el Foro de los Balbos. Murió una mujer que se llamaba Tomasa, esposa de un Guardia Civil».

«Yo me acuerdo de muchísimo, pero también fallo, ¿no?» bromea esta cacereña centenaria mientras presume de haber conocido cuatro diseños distintos de la Plaza Mayor, aunque asegura que el actual es el que menos la convence.

«Allí, al lado del Arco de la Estrella había un sitio que vendía bocadillos. El dueño se llamaba Claudio y los principales clientes eran los soldados que había en la ciudad». En la esquina con Pintores era donde Catalina se juntaba con su grupo de amigas «para ver a los muchachos». «Allí y en Cánovas siempre estaba dando paseos porque me encantaba salir y, después, tomarme un vermú», recuerda con tono nostálgico.

La feria de Cáceres la ha conocido en varios emplazamientos. Desde la Plaza de la Concepción hasta el actual recinto ferial, pasando por el Rodeo, Virgen de la Montaña y lo que los Fratres, «al lado de la estación de ferrocarril». Por supuesto no eran casetas discoteca. Se trataba de ferias de ganado, «había comercio», asegura, y alguna atracción para los pequeños.

En las Carmelitas

De su etapa en el colegio destaca que fue en las Carmelitas donde aprendió lo más básico, a leer, escribir y contar. Después de ese tiempo su madre quiso que fuese sastra. «Insistió mucho en que no fuese modista, porque de sastra se ganaba más».

Esta etapa duró hasta que se casó con el que fue el padre de sus cuatro hijos, un Guardia Civil 11 años mayor que ella. Adolfo era hermano de una amiga suya. Así es como se conocieron. Se casaron cuando ella tenía 20 años y tuvieron a Angelita, Adolfo, Nines y Aurelio. Catalina ha visto morir a tres de ellos. La primera, Angelita, con solo seis años. «Ver morir a un hijo es lo más amargo que hay», se lamenta, aunque por otro lado explica que ha sido feliz porque «vas teniendo otras alegrías como ver nacer a los nietos». Su hija Nines y su familia son quienes la cuidan actualmente.

Con cien años de vida es seguro que esta cacereña vecina toda su vida de la zona de Plaza Italia o como realmente se denomina hoy Plaza de Antonio Canales, haya cumplido muchos de sus objetivos vitales, pero entre las cosas que le hubiera gustado hacer y que ya no podrá ver realizada se encuentra sacarse el carné de conducir. «Siempre me han gustado los coches, pero cuando llegaron los coches las mujeres no conducíamos. Y cuando empezaron a conducirlos, yo ya era muy mayor», se lamenta.

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