Pozo de la Nieve: algo más que una calle cacereña

El presidente de Montesol, ante la casa que guarda el pozo./Lorenzo Cordero/ Cedidas
El presidente de Montesol, ante la casa que guarda el pozo. / Lorenzo Cordero/ Cedidas

La asociación de vecinos de Montesol pedirá que se proteja el viejo depósito de hielo conservado en el Paseo Alto, que surtió a los cacereños hasta el siglo XIX

María José Torrejón
MARÍA JOSÉ TORREJÓNCáceres

Muchos cacereños identifican Pozo de la Nieve con una transitada calle de Montesol, conocida por albergar varios supermercados y el colegio público Castra Caecilia. Sin embargo, son menos los que saben que, en realidad, el origen del nombre de esta vía se encuentra en un antiguo depósito de hielo situado no demasiado lejos del barrio.

La nueva asociación de vecinos se ha propuesto solicitar a las administraciones que protejan este pozo de la nieve, cuya existencia es desconocida para una gran mayoría. En la actualidad, se encuentra en el interior de un edificio privado en estado abandono. Está situado muy cerca de la Ermita de los Santos Mártires, en el Paseo Alto, desde donde se contempla una panorámica casi perfecta de Montesol y Mejostilla.

«Queremos que se proteja y se rehabilite. Pero primero tendremos que ver quién es el dueño de la finca donde se encuentra el pozo», asegura con prudencia Joaquín Valhondo, el presidente vecinal. Se trata, indica, de un proyecto a medio plazo dirigido a conservar el patrimonio de la ciudad.

La existencia de este pozo da testimonio de una etapa histórica, previa a la existencia de cámaras frigoríficas, congeladores y fábricas de hielo, en la que se recurría a la nieve para conservar los alimentos y enfriar las bebidas. Rubén Núñez, autor del blog 'Cáceres al detalle', ha buceado en la historia de esta construcción. «Tienen que luchar para salvar este pozo. La cúpula se va a caer. Muchos de los que había en la provincia se han rehabilitado y en algunos casos se explotan como atractivo turístico», apunta Núñez.

Interior del edificio donde se encuentra el pozo cacereño.
Interior del edificio donde se encuentra el pozo cacereño. / Lorenzo Cordero/ Cedidas

«Esta nieve se acarreaba en burros y se almacenaba en el pozo que es (como todos) cilíndrico. Se aplastaba bien con el doble fin de ahorrar espacio y transformar la nieve en hielo, y se distribuía en capas de medio metro de espesor separadas por capas de paja y ramas de distintos arbustos», cuenta el autor de 'Cáceres al detalle'.

El pozo cacereño estuvo en uso, apunta Núñez, hasta finales del siglo XIX. Se desconoce con exactitud la fecha de su construcción. Fue entonces cuando Joaquín Castel Gabás, más conocido por su faceta de farmacéutico, abrió una fábrica de hielo en el barrio de Aguas Vivas.

Cuenta Fernando Jiménez Berrocal, cronista oficial de la ciudad, que la nieve que venía hasta Cáceres procedía de Piornal o de la Sierra de Béjar. En el Archivo Municipal existen documentos del siglo XVII que ya acreditan la existencia de este mercado. Uno de los legajos conservados en el Palacio de la Isla recoge que en el año 1844 se subastó por un periodo de 20 años la explotación del Pozo de la Nieve.

«Por medio del abasto de la nieve se procuraba que desde principios de mayo hasta principios de octubre los ciudadanos pudiesen disponer de nieve para poder refrigerar los alimentos y las bebidas», explica el cronista. «La nieve llegaba a la ciudad por medio de arrieros, que la trasladaban para ser conservada en el pozo», detalla.

El Ayuntamiento, narra Jiménez Berrocal, vendía la exclusiva de comerciar con la nieve a una persona concreta, que era la encargada de repartirla en la ciudad. «El intervencionismo local llegaba a fijar la procedencia del producto y su precio de venta al público», detalla. Ocurría con la nieve y con la provisión de otros víveres de primera necesidad, como el trigo o la carne.

En 1692, por ejemplo, el Consistorio determinó que por cada libra de nieve helada había que pagar 16 maravedíes. En aquella época el encargado de dispensarla era Pedro Sánchez, un vecino de Cañaveral.

El negocio del hielo llegó a constituir una auténtica industria en la región que se prolongó durante tres siglos, entre el XVI y el XIX. Había almacenes de nieve en la mayoría de las poblaciones de más de 2.000 habitantes. Este negocio propició un trabajo en cadena en el que existían varias figuras: los boleros, que eran los encargados de recoger la nieve en los ventisqueros; los arrieros se ocupaban de transportarla a las poblaciones; y los neveros eran los encargados o los propietarios de los pozos que vendían el hielo.

Detalle de la construcción con forma cilíndrica.
Detalle de la construcción con forma cilíndrica. / Lorenzo Cordero/ Cedidas

Fueron los árabes los que potenciaron en España el almacenamiento y el uso de la nieve para conservar carnes y pescados, para refrescar bebidas, fabricar helados y para usos medicinales.

En todos los pozos el sistema de almacenamiento era muy similar. La nieve se amontonaba con grandes pisones de madera. A cada medio metro de grosor se extendía una capa de paja. Eran construcciones circulares, fabricadas con paredes de piedra y ladrillo. Se construían preferentemente en la umbría de un cerro y estaban orientados al norte para conseguir la mayor sombra y aireación posible. Cada pozo tenía un desaguadero en la zona inferior por donde desaparecía el agua del deshielo, que era perjudicial para la conservación de la nieve.

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