El marabú que vino a Cáceres de avanzadilla

El marabú que llegó a Cáceres en 2003. :: corrales

SERGIO LORENZO

El visitante del Museo Vostell de Malpartida de Cáceres recorre la gran nave donde están las obras del movimiento fluxus, que intenta elevar cosas sencillas a la categoría de obra de arte. Ve la columna de televisores que un día salió ardiendo; ve el piano de cola de Marchetti, lleno de pequeñas bombillas encendidas que desprenden calor y que, de vez en cuando, tienen que apagar los vigilantes del museo para que no vuelva a aparecer el fuego. El visitante también ve a una estirada lagartija recorrer la enorme sala, pasando por la zona en donde están las maravillosas sillas del artista Willem de Ridder, donde sorprende la historia de la silla del mafioso y la del Don Juan. En esa zona está la exposición que se inauguró el pasado miércoles 'Memoria y anatomía del territorio'. Va de un lado a otro cuando se encuentra con una escena que le gustaría ver al difunto Vostell, que preparaba happenings de mujeres de mantilla enterrando cadillacs bajo adoquines: en la entrada está la mesa de ping pong con palas imposibles de George Maciunas, y de pronto aparece una limpiadora del museo, con una bata gris de cuadros que, armada con bayeta y un producto de limpieza, empieza a sacar brillo a la 'obra de arte'.

Es un día luminoso y tras la amplia cristalera se ve a dos hombres con desbrozadoras, limpiando de vegetación los alrededores de la escultura que hay en el exterior: una obra de 16 metros de altura, compuesta por un avión ruso mig-21, dos coches, tres pianos y varios ordenadores. La escultura de Vostell se titula ¿Por qué el proceso entre Jesús y Pilatos duró soló dos minutos?. Al visitante le extraña que la gran escultura esté llena de cigüeñas que van de un lado a otro. Cuenta doce zancudas.

- ¿Siempre tiene tantas? - Le pregunta a un vigilante que está también mirando la escultura.

- No. Es la vez que tiene más cigüeñas. Y eso que dos se han suicidado. Bueno... suicidado. Son crías que se lanzaron a volar antes de tiempo por culpa de la ola de calor, una la encontramos ahogada en la fuente que hay en la base de la escultura. Debe ser cosa del cambio climático que tengamos más cigüeñas. La verdad es que estoy viendo aves que no veía antes por aquí, como flamencos, y el otro día un alimoche. Y no hablemos de los peces. ¡Se ve cada cosa!

Cuando termina su recorrido por el museo, el visitante va a la cafetería en donde se encuentra a un amigo, a un profesor jubilado que está sentado en la terraza, en la mesa más cercana a la escultura del proceso entre Jesús y Pilatos. «Sabes por qué se titula así, - le pregunta el profesor; ante su encogimiento de hombros sigue. - Porque dos minutos son los que invierte la mayoría de las personas en ver la escultura y en equivocarse, como se equivocó Pilatos, diciendo que no sirve para nada». Le cuenta que tras jubilarse sigue viviendo en Cáceres y que muchas mañanas coge el coche para desayunar en la plaza mayor de Malpartida de Cáceres, bajo la sombra de cientos de paraguas de colores, luego va a la Ruta de los Sentidos de Los Barruecos, que empieza en el aparcamiento siguiente al del museo, el de las Peñas del Tesoro. La ruta, que está habilitada para hacerse en silla de ruedas, es poco más de kilómetro y medio, viendo enormes piedras con formas singulares, está la del caracol, la tortuga, el tiburón, la horca... «también está la piedra de nuestro amigo Juan Rosco, que murió hace un mes, el sabio que descubrió que la luz que se cuela por el agujero de una roca que está ahí, ilumina un petroglifo con forma de hombre que se encuentra dentro de la mole de piedra horadada. Siendo en los equinoccios (cuando los días tienen las mismas horas de claridad que de oscuridad), cuando la luz recorre por completo el petroglifo. Después de caminar una hora, me vengó aquí a leer el periódico. Cuando vivía en Madrid pasaba las horas en el zoológico viendo a los monos, y ahora puedo pasar horas aquí viendo a las cigüeñas como dan de comer a las crías o como los pequeños quieren empezar a volar».

Tomando una caña mientras ven a las zancudas, el profesor comenta un interesante reportaje que viene en el periódico, en el que la Sociedad Española de Ornitología avisa de que por efecto del cambio climático están llegando a España especies de aves africanas. Del norte de África han venido buitres moteados, busardos moros (una rapaz), vencejos cafres, tórtolas senegalesas, bulbules naranjeros, calamoncillos africanos, pardelas de Cabo Verde, currucas saharianas...

-En Cáceres ya hubo una avanzadilla de pájaros africanos - dice el profesor -. En el año 2003 el biólogo Chema Corrales encontró aquí al lado, entre Cáceres y Los Barruecos, nada más y nada menos que a un marabú, que estaba conviviendo con cigüeñas. El marabú es ese gran pájaro, algo feo, que parece que tiene frac, con un enorme pico y una bolsa en la garganta. Vive en el sur del Sáhara. Puede pesar hasta nueve kilos, el doble que una cigüeña, y medir metro y medio de alto. Es impresionante. Menos mal que Chema Corrales le hizo fotos, de no haberlas hecho nadie le cree.

-¡Qué calor ! ¿Nos trae otra cerveza? - Pide el visitante al camarero.

-Dicen que si cada persona que se queja del calor plantara un árbol, se solucionaba el problema del cambio climático - señala el profesor mientras apura la caña vieja. - ¿Será cierto? ¡Qué sabemos acá! ¡Venga esa cerveza!

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