Cuando los insectos y las aves invadían los pueblos de Cáceres

Iglesia de Santa María de Almocóvar, en Alcántara ::. / S.E.
Desde la Moto de Papel

Sergio Lorenzo
SERGIO LORENZOCáceres

Siempre lamentaré no haber hecho más caso al compañero Sanjosé cuando estaba vivo. Me arrepiento de las veces que me encogí de hombros cuando hablaba de cosas raras que según él habían sucedido en Extremadura. Me arrepiento de no haberle defendido lo suficiente, cuando alguien decía que igual se le había ido la cabeza con la edad porque cada vez decía cosas más extrañas.

– Bah. No me creéis; pero Extremadura es una tierra mágica y es normal que pasen cosas difíciles de entender. – Se quejó una vez en la Redacción cuando hubo quien se dio la vuelta y le dejó con la palabra en la boca, mientras hablaba de que en un pueblo extremeño se llegó a hacer una especie de exorcismo para llamar al orden y poner en su sitio a golondrinas que parecían endemoniadas.

Me acuerdo ahora porque he encontrado, en la hemeroteca digital de ABC, un artículo que me llamó la atención, al ver que se titulaba: ‘Las golondrinas de Alcántara’. Es la página 13 del ejemplar del 22 de enero de 1969, y firma el reportaje El Conde de Canilleros. Habla en este artículo de la importancia del puente romano de Alcántara. «Son tan grandiosas sus proporciones – se puede leer –, que sus ojos centrales son tan anchos como la madrileña Gran Vía, con una altura en la que cabe el edificio de la Telefónica».

Página del ABC del 22-I-1969. ::
Página del ABC del 22-I-1969. :: / S.E.

Recuerda Canilleros la importancia de la Orden de Alcántara, la belleza del Conventual de San Benito y que aquí nació San Pedro de Alcántara, para luego centrarse en un hecho curioso y olvidado, que fue recogido en su época por Gil González Dávila y comentado, en el siglo XVIII, por el marqués de Valdeflores, en un manuscrito que se guarda en la Real Academia de la Historia. El suceso ocurrió a finales del siglo XVI, cuando era Pedro García de Galarza obispo de la diócesis de Coria. En ABC se publica lo que cuenta un viejo texto: «En este mismo tiempo sucedió en la iglesia mayor de esta villa que entraban en ella muchas golondrinas, que ensuciaban los altares y con su canto eran molestas en los oficios divinos. Su arcipreste, el protonotario D. Jorge de Quirós tenía la jurisdicción eclesiástica; procedió contra ellas con censuras, declarándolas por descomulgadas si entraban más en la iglesia: al punto obedecieron las censuradas y desde aquella hora hasta los años presentes no han entrado más en ella». Se supone que esto ocurrió en la iglesia parroquial de Santa María de Almocóvar, que se levantó en el siglo XIII sobre lo que fue una mezquita. Una hermosa iglesia situada en el centro del casco antiguo, en donde ahora no habrá golondrinas pero sí hay cinco tablas de El Divino Morales (Badajoz, 1509 – Alcántara, 1586), un Cristo yacente atribuido a Martínez Montañés, y el imponente sepulcro del comendador Antonio Bravo de Jerez, esculpido por Lucas Mitata.

Recordé que aquella vez que Sanjosé se sintió ninguneado, tampoco se le hizo caso cuando dijo que hubo un tiempo en que hormigas y termitas invadían y tomaban como suyos pueblos enteros, como si fuera la película ‘Cuando ruge la marabunta’ (1954) de Charlton Heston (1923-2008).

– ¡Sí, hombre sí! – le dijo en tono burlón el fotógrafo Salvador Guinea –. Hubo un tiempo en que los pueblos de Extremadura eran conquistados por los moros, por los cristianos... y por las hormigas. ¿No estarás chocheando?

No le hicimos caso... y ahora leo en el libro ‘Historias y Leyendas de la vieja villa de Cáceres’, de José Luis Hinojal, lo siguiente sobre el poblado medieval de Zamarrillas, que fue abandonado después de tener 250 habitantes: «Desgraciadamente, este poblado fue arrasado por las tropas francesas durante la Guerra de la Independencia, según comentan, sin apoyo documental que lo corrobore, los historiadores. Es más probable que se despoblase por falta de tierras para las gentes humildes, aunque popularmente se habla de que hubo de abandonarlo tras una invasión de hormigas (más bien serían termitas) que acabó con toda la madera de las casas».

Zamarrillas fue misteriosamente abandonada. ::
Zamarrillas fue misteriosamente abandonada. :: / Salvador Guinea

Por cierto, Zamarillas, que ahora se está rehabilitando en parte, bien merece una visita. Se encuentra a unos 15 kilómetros de Cáceres. A este misterioso lugar se llega por una carretera que sale desde Valdesalor al pantano de Torreorgaz. Tras recorrer unos 6 kilómetros la carretera llega a un acueducto de riego. Se abandona la carretera y se toma bajo los arcos del acueducto una pista de tierra practicable en coche hasta el poblado, que está a tres minutos. Hay en ruinas una iglesia románica, un castillo y una casa palacio.

No hicimos caso a Sanjosé y ahora leo en los dos tomos de ‘Extremadura de Norte a Sur’, que Higuera de Albalat, la población que se encuentra a 30 kilómetros de Navalmoral de la Mata, cambió su ubicación por una plaga de hormigas o de termitas. Se dice lo mismo de Aldeacentenera, «la actual ubicacón del núcleo se debe a que una plaga de feroces hormigas les hizo huir de su primitivo emplazamiento». Es cierto que en Aldeacenetera, en 1992, con la ayuda de la Universidad Popular de Cáceres y el asesoramiento de la Universidad de Extremadura, se levantó una réplica de su castro celta, el de La Coraja, en un paraje en el que se aseguraba que hace tres siglos estaba el pueblo, que entonces se llamaba Centenera, encontrándose aquí restos de una ermita visigoda.

No le hicimos caso... con toda la razón que tenía.

Siempre lamentaré, no haber estado más atento al viejo amigo Sanjosé cuando estaba vivo.

Higuera de Albalat, en su segunda ubicación tras el ‘ataque’. :
Higuera de Albalat, en su segunda ubicación tras el ‘ataque’. : / HOY

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