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Ir o no a los toros y el esplendor y ocaso del domador Malleu

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Míster Malleu con algunas de sus fieras; en el centro el oso polar que seguramete vino a Cáceres. :: s. e.

  • Ya en 1906 los cacereños se asombraban en la feria de mayo, «viendo las fieras de Míster Malleu, en la Plaza de Toros, donde el oso polar luchaba con los perros que ofrecían los espectadores

El pasado jueves el compañero del HOY digital, Manuel Caridad, hacía aspavientos delante de su muro de facebook.

-¡La madre que los pario! Ya no sé qué hacer.

-¿Qué te pasa? - le preguntó el fotógrafo Salvador Guinea.

-Que este año, ya que por fin hay toros en la feria, pensaba ir; pero ya están quedando en las redes sociales para manifestarse en la plaza de toros contra un espectáculo que dicen es cruel y salvaje. La verdad es que no me apetece ir y que me insulten llamándome asesino. No sé qué hacer, porque los toros me gustan, para mí es la demostración de que la inteligencia puede a la fuerza bruta.

- 'Espectáculo cruel y salvaje' ¡Ya! Estos manifestantes tenían que saber lo que pasaba en la plaza de toros de Cáceres hace poco más de un siglo. - Le dijo el fotógrafo, que recordó que aquí llegó a venir un domador que enfrentó a un enorme oso a cualquier perro, despanzurrándolos a zarpazos, llenando de sangre y aullidos de agonía la arena.

A raíz de esta conversación recordé que algo de eso había leído en el libro 'La ciudad de Cáceres' de Miguel Muñoz de San Pedro. Lo encontré en la página 166, en donde cuenta que en 1906 los cacereños se asombraban en la feria de mayo, «viendo las fieras de Míster Malleu, en la Plaza de Toros, donde el oso polar luchaba con los perros que ofrecían los espectadores». Lo que debía de ser asombroso era el calor que debía pasar, tal día como hoy, un oso polar en Cáceres, y la mala leche que debía tener al verse atosigado por los perros.

Intentando saber más sobre estos salvajes espectáculos de hace un siglo, que criticaban los taurinos, hemos encontrado viejos recortes de prensa en los que el domador Malleu organizaba combates entre animales. Ponía enormes jaulas en las plazas de toros y soltaba dentro a osos, leones o tigres y un toro. Siempre ganaba el toro.

En el año 1900 Malleu ya era un reconocido domador, del que se decía que fue el primero que se atrevió a meter la cabeza en la boca de un león, ocurriéndole en ese 1900 dos desgracias de las que se ocupó la prensa nacional.

La edición de la mañana del periódico La Correspondencia de España, del 13 de enero de 1900, contaba así lo ocurrido el día anterior en Valencia:

«A las diez de la noche se ha prendido fuego al barracón de la feria donde el domador Malleu exhibía ocho leones. El público que se encontraba en el barracón huyó despavorido, mientras el fuego, protegido por el viento, redujo a escombros a aquél en pocos minutos. Las fieras rugían amenazadoramente y un león y una leona lograron romper los hierros de la jaula y escaparon. El pánico entre los concurrentes a la feria era indescriptible. Los guardias municipales persiguieron a las fieras fugitivas haciéndoles más de 50 disparos. El león, herido, fue acorralado en la plaza de la Estación. Allí se llevó una jaula, penetrando en ella. La leona perseguida se metió en la escalerilla de la calle Rivera, precisamente donde habita el domador. Éste hizo llevar una jaula, donde fue encerrada».

El periódico El defensor de Córdoba contaba que hubo tres heridos por los zarpazos de los animales. «El Sr. Malleu - indicaba el rotativo -, sufrió más moral que materialmente, pues daba compasión verle corriendo desolado por todas partes, tratando de evitar que causasen desgracias los leones, y buscando a su esposa y a su hija que, como él, lloraban sin consuelo al ver su desgracia».

Adolfo Ayuso, que es la persona que más a investigado sobre este estrambótico personaje, comenta que seguramente para resarcirse del desastre económico de Valencia, Malleu organizó un mes después, «una sonada pelea de fieras en la plaza de toros de Madrid». La Plaza se llenó hasta la bandera para ver la lucha de un toro, un león, una pantera y una osa asturiana. El toro se llamaba Carasucia. La prensa de la época cuenta que Malleu dejó al toro para el final. La osa casi mata a la pantera de un solo zarpazo y dio tremendos mordiscos al león. Salió entonces Carasucia, que con el público enloquecido empitonó a todos sus contrincantes. La historia no quedó ahí, porque el domador usó la culata de una escopeta para, entre los barrotes, golpear a los animales, no se sabe si para calmarlos o para enfurecerlos; con tan mala suerte, que la escopeta se disparó, enviando una andanada de perdigones al tendido 3. Resultaron heridos 23 espectadores, uno de ellos un representante de la embajada austro-húngara que perdió un ojo.

Estas sanguinarias peleas fueron a menos, seguramente después de que en 1904, un toro y un tigre rompieran la jaula en la que se enfrentaban en la plaza de toros de San Sebastián, y los espectadores armados empezaron a disparar no con mucho tino. Hubo un muerto y 13 heridos de bala.

A Malleu le gustaban las armas. Causaba sensación cuando domaba a las fieras usando los disparos de un revólver. Después de recorrer media España (estuvo en Mérida), y triunfa en Europa y Rusia, a partir de 1912 desaparece.

Quien le encuentra, ya cansado por la edad y las cincuenta heridas que tiene en el cuerpo, es el periodista Ramón López-Montenegro. En 1920 el pintor Manuel Benedito cuenta al periodista que está pintando el retrato de un niño de 4 años y para que se esté quieto ha contratado a un titiritero. El periodista va con un fotógrafo y descubre que el titiritero, vestido andrajosamente, es el famoso domador. Malleu malvive en Madrid, contando historias con sus muñecos de cartón en el Parque del Retiro y el Paseo Rosales. Una vez descubierto, cuenta a varios periodistas su infortunio. Les dice que acabó en la miseria al invertir en un negocio de minas, que vendió sus leones y puso una frutería, pero el negocio duró un año. Viéndose acuciado por el hambre se acordó que de joven manejaba bien los guiñoles y decidió convertirse en titiritero.

Buñuel y Federico García Lorca le llegaron a llevar a la Residencia de Estudiantes. En 1923 el Circo Americano le hace un homenaje y luego se va de Madrid. Adolfo Ayuso le sigue la pista: va a Gijón, a Santander y se queda a vivir en Valladolid, donde muere en 1930, en la miseria, acompañado de su mujer.

Por cierto, anoche me encontré a Manuel Caridad saliendo de la Plaza de Toros, satisfecho después de ver las faenas de Ferrera, El Juli y Roca Rey. «¿Y los antitaurinos?», le pregunte. «No lo sé, ni me preocupan. Si no les gusta que la inteligencia venza a la fuerza bruta, es su problema no el mío».