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El misterio del mes que estuvo Ortega y Gasset en Cáceres

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Los hermanos Ortega y Gasset, José y Eduardo, cazando de jóvenes en una finca en Guadalajara. :: s. e.

  • ¿Qué hizo? Pues cazar, porque el pensador era un amante de la caza. La finca en la que cazó por última vez en su vida estaba situada entre Arroyo de la Luz y Garrovillas de Alconétar

El 24 de noviembre de 2012 preguntábamos en este mismo medio, en un titular: «¿Qué hizo Ortega y Gasset un mes entero en Cáceres?». En el artículo se explicaba que en tres publicaciones, al hablar sobre el histórico café Jamec, que estaba en la calle Pintores y era restaurante y hotel, se afirmaba que aquí se había alojado durante todo un mes el gran pensador José Ortega y Gasset (Madrid, 1883 - Madrid, 1955), pero en ningún lado se decía qué es lo que había hecho aquí, durante 30 días, uno de los hombres que mejor supo amueblar su cabeza en su paso por este valle de lágrimas.

Investigando sobre este misterio, lo único que pudimos conseguir fue un reportaje publicado en el Diario HOY el 26 de julio de 1980, firmado por Marciano Rivero. Un reportaje sobre el Jamec al cerrar tras estar 45 años abierto, aquí indicaba su propietario, Antonio Alonso Paniagua (que entonces tenía 67 años), que se acordaba cuando Ortega se quedó tanto tiempo en una de las 17 habitaciones del hotel. Aseguró «que se dedicaba la noche entera a trabajar en sus escritos. Muy popular y conocido, ya entonces, las horas del día que le restaban del sueño o del paseo por la ciudad, las dedicaba a recibir a cuantos se llegaban a visitarle». Preguntamos en la Fundación José Ortega y Gasset-Gregorio Marañón, pero nada. No logramos saber más y al aire se lanzó la pregunta: «¿Qué demonios hizo el sabio Ortega un mes entero en Cáceres?».

Hay veces que la espera tiene su recompensa y ahora, cuatro años y medio después, tenemos la respuesta:

-¿Qué iba a hacer? ¡Pues... cazar!

La solución al enigma nos la da el escritor y cazador Salvador Calvo Muñoz(Acehúche, Cáceres, 1949), que nos enseña el libro publicado en 2012 'Prólogo a Veinte años de caza mayor de José Ortega y Gasset'. El libro recoge el extenso e interesante prólogo que hizo el filósofo en 1942 al libro del Conde de Yebes 'Veinte años de caza mayor'.

El prólogo del 'Prólogo' lo hace Joaquim A. Rossell, que señala que uno de los tres hijos del pensador, el médico Miguel Ortega, escribió en 1983 el libro 'Ortega y Gasset, mi padre. Una visión intima y emocionada del primer filósofo español', en el que cuenta que a su padre le gustaba cazar y leer libros de caza. Siempre tuvo una escopeta del 20, hasta que se la requisaron en la Guerra Civil, y luego una escopeta Trust Eibarrés. También tuvo perros de caza: primero un pointer que se llamaba Sil, luego un basset y más tarde una galga rusa que obedecía al nombre de Taiga.

Empezó a cazar muy joven, con su hermano mayor Eduardo. Prefería la perdiz. Tenía fama de cazador muy rápido y con buena vista. Ya con numerosas ocupaciones cazaba cinco o seis veces al año. El hijo cuenta que, «la última vez que cazó fue en la finca de Araya en Cáceres; era el año 1949, dejando de cazar a partir de entonces por llevar una vida muy de otro tipo por exceso de trabajo y viajes al extranjero, aunque siempre conservó la afición».

Salvador Calvo añade que la finca en donde cazó por última vez el gran filósofo, es una que está entre Arroyo de la Luz y Garrovillas de Alconétar y era propiedad de los hermanos Joaquín y José María Silos.

La fechas concuerdan: Después de que José Ortega se fuera de España durante la Guerra Civil, estuvo viviendo tres años en París, tres en Buenos Aires y más de tres años en Lisboa. En 1945 regresó a España y en Cáceres cazó por última vez en 1949, cuando tenía 66 años. En 1950 se fue a Alemania, a Munich. Regresó a España en 1955, para morir el 18 de octubre de un cáncer gástrico.

Ortega decía que le gustaba la caza porque era volver al inicio de la humanidad, «cuando está usted harto de la enojosa actualidad - escribió -, de 'ser muy siglo XX', toma usted la escopeta, silba usted a su can, sale usted al monte y, sin más, se da usted el gusto durante unas horas o durante unos días de 'ser paleolítico'... al cazar el hombre logra, en efecto, anular toda la evolución histórica, desprenderse de la actualidad y renovar la situación primigenia. (...) El cazador es, a la vez, el hombre de hoy y el de hace diez mil años. En la cacería el larguísimo proceso de la historia universal se enrosca y se muerde la cola».

Para tapar la boca a los que le acusaban de ser un intelectualoide extranjero, se proclamaba amante del mundo de los toros. «Es un hecho de evidencia arrolladora - sentenciaba - que, durante generaciones, fue la Fiesta la cosa que ha hecho más felices a mayor número de españoles». Insistía en que gracias a las corridas, «existe hoy la especie toro». Le gustaba torear de salón y hasta bajarse al ruedo en algún tentadero, como hizo, bien trajeado, en la finca de Domingo Ortega para torear al alimón con Carlos Arruza.

También le gustaban las mujeres. En 1947, con 64 años, dijo en San Sebastián, «mujeres bellas hay muchas en este mundo, tantas que hacen de la vida del varón un casi infinito destierro, porque ellas son tantas y uno tan sólo uno». Al borde de los 70 cortejó a la alemana Elisabeth Reehbevy, que le escribió en una carta: «¡Qué pena que usted no pueda ir al concierto conmigo como en Munich, yo escuchando seriamente la música, como todos los alemanes, y usted mirando al público y especialmente chicas guapas!».

Quién sabe si en Cáceres el eminente pensador, además de cazar, se dedicó a sus otras dos grandes aficiones.