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53 años vistiendo el interior de las cacereñas

Adela Domínguez Lucero en su lencería de Cánovas. :: l. cordero
Adela Domínguez Lucero en su lencería de Cánovas. :: l. cordero
  • Adela Domínguez pone fin a toda una vida al frente de la lencería Dely, que continuará a cargo de una empleada

Son las cinco de la tarde y Dely despacha con un viajante en la parte superior de su tienda, donde el tiempo parece detenido. «Me gusta tocar el género, no comprar por foto sino ver el tejido y la confección». Parece cosa de otra época ese mimo a la hora de elegir lo que se vende, acostumbrados como estamos al género en serie de las franquicias o a las impersonales compras por Internet. El detalle de la reunión con el proveedor habla de su dedicación, ya que, en los últimos días al frente de su negocio, se aplica en seleccionar las prendas para el próximo invierno, cuando ya no esté en activo.

El pequeño comercio de la ciudad despide a una veterana de la lencería femenina. Adela Domínguez Lucero se jubila el 31 de marzo, tras un larguísimo periodo. Su tienda, Dely, que fundó su madre en 1964 en Pintores 31 y que desde 1970 se ubica en la Avenida de España 11 seguirá funcionando de la mano de Montaña Avilés Corrales, empleada desde hace 32 años. «No le hubiera cedido el nombre de la tienda a alguien si no tuviera su confianza», explica esta comerciantes

«Fue la primera tienda especializada en lencería y corsetería, había paqueterías y mercerías en la ciudad, pero la primera específica fue la nuestra», cuenta. La abrió su madre, que dio nombre al local, tras la muerte del padre. Dely hija estaba estudiando Magisterio cuando se abrió el establecimiento. Terminó la carrera, ejerció de maestra y pidió una excedencia para ayudar a su madre, hasta que dio el paso definitivo. En realidad, ha estado desde el primer momento muy presente en el negocio.

El mobiliario y la decoración han permanecido sin cambio alguno a lo largo de estos años, más allá de pintura, cambios en el papel pintando o en la tapicería que cubre una parte de las paredes. «Queríamos una cosa que fuera clásica y elegante y nos diseñaron este tipo de muebles a medida, nos los hicieron en muebles Mirón, todo a mano, madera lacada». Lámparas de lágrimas y mostradores de cristal permanecen aguantando los años, ya con ese encanto de lo inusual. La escalera que accede a la planta superior también es característica y con personalidad.

Dely apunta que siempre ha sido muy fiel a su estilo, como contrapunto a la decoración «mas impersonal» del comercio de hoy en día. Eso sí, insiste en que ese clasicismo interior no significa vender ropa interior de antaño, al revés, siempre ha estado pendiente de traer novedades, cosas no vistas en la ciudad. «Fui la primera que trajo juegos de sábanas estampadas a Cáceres, las primeras batas cortas, batas de coralina, una lencería que se ha ido adaptando a los tiempos hasta las últimas novedades». A lo largo de los años se ha movido por distintas ferias nacionales e internacionales siempre en busca de lo mejor. Reivindica el mimo con el que ha preparado siempre sus escaparates, que «llaman la atención».

53 años vistiendo a las cacereñas por dentro da una perspectiva interesante de los usos y costumbres durante un periodo en el que tantísimo hemos cambiado como sociedad. A medida que la libertad crecía la ropa interior menguaba, aunque ahora, según observa, estamos en un momento un tanto remilgado, pero sobre todo por lo económico. «Hace unos años la gente se lanzaba más, llevaba más fantasía, ahora la gente mira mucho los precios, antes se fijaba más en la calidad». Se busca el utilitarismo en estos días, y que las prendas sirvan para todo.

Eso sí, de la mujer de los 70 a la actual hay un mundo. «Entonces era un sujetador blanco, liso, con alguna puntillina, y ya está. Ahora los tejidos se adaptan mucho más, las lycras tienen un tacto mucho más suave aunque sujetan». El carácter cacereño también tiene su influencia en la forma de vestirse por dentro. «La gente aquí es muy clásica en la corsetería, no quieren la puntilla».

Echando la vista atrás, presume de clientela. «La asidua le da mucha importancia a la ropa interior y tenemos hasta terceras generaciones». Llegan a contarle que conservan prendas desde hace décadas, y que siguen en perfecto estado.

Una de sus obsesiones ha sido fidelizar a la clientela, y ella cree que lo ha hecho gracias a la calidad y al servicio personal. No ha sucumbido a la producción china y trabaja con marcas nacionales. «Como mucho, cosas italianas». Asegura que si ha habido algún problema con alguna prenda lo ha cambiado sin problemas.

Dely se va por todo lo alto, con una liquidación con precios golosos que le ha llenado la tienda. Son artículos de la temporada que ya termina y algunos restos o tallas sueltas de las marcas habituales.

Su vida laboral ha sido dura, como la de la mayoría de los comerciantes, un hecho al que se añade que su marido era pastelero, el dueño de la Salmantina, por lo cual, tal y como reconoce, ha dejado de hacer muchas cosas por las ataduras profesionales. Ahora quiere vivir, aunque guardando siempre cariño a ese local en el que ha echado toda su vida. Le quedan unos días, hasta el 31 de marzo.