Hoy

Plasencia, la Puerta del Sol, en 1909. ::  Martín Gil
Plasencia, la Puerta del Sol, en 1909. :: Martín Gil

La mala hora en que vino a Extremadura el vinagre de Unamuno

  • Le dio al escritor meterse de manera despiadada con los extremeños, a los que consideraba dados a la vagancia y a pasar la vida jugando el dinero a las carta

Fue a principios del mes de noviembre, como ahora pero de hace 107 años (en 1909), cuando Extremadura tuvo la desgracia de que le visitara Miguel de Unamuno (Bilbao, 1864-Salamanca, 1936), para luego meterse de manera despiadada con los extremeños, a los que consideraba dados a la vagancia y a pasar la vida jugando el dinero a las cartas.

Sus impresiones las escribió en el libro 'Por tierras de Portugal y de España' (1911). Cuenta aquí como en auto bajó de Salamanca. No se paró en Plasencia, pero nombra la ciudad para meterse con ella: «la rodeamos, siguiendo la ronda de su carretera, dejándola en su secular siesta, sólo interrumpida de tiempo en tiempo por las intestinas dimensiones de su bélico cabildo, luchas de canónigos que ponen en conmoción al pueblo entero. Y alguna vez un proceso célebre como aquel del muerto resucitado, que dio pábulo tiempo a estas imaginaciones enmohecidas. Si no hay muerto resucitado, ni batalla de canónigos, ni eclipse, ¿qué van a hacer? Jugarse el dinero, que es su manera de matar el tiempo y la vida».

Camino de Trujillo al malaleche de barba blanca se le da por razonar sobre la manera de ser de los extremeños, «estas gentes, apáticas al parecer, violentas y apasionadas en el fondo». Y hete aquí, que llega a buscarle cierta lógica científica a sus injustas ideas preconcebidas: «He llegado a suponer que el paludismo, azote de esta tierra extremeña, es el que ha modelado el carácter de estas gentes. Les ha hecho irritables a la vez que apáticos; pasan de la inacción de la modorra a una actividad febril, siendo poco capaces de la acción sostenida y lenta».

Llega a Trujillo y el avinagrado rector se desata sin miramiento alguno: «Subimos a visitar la iglesia mayor, la más antigua - no mucho -, y de allí nos llevó un chiquillo a las ruinas de un antiguo claustro. Allí, bajo las ruinosas arcadas, en un rincón, seis hombres se acurrucaban en el suelo en corro. '¿Qué hacen esos hombres ahí?', le pregunté al chiquillo que nos guiaba, y me respondió: 'Jugar al cané'. Nos asomamos luego al saliente, sobre las ruinas de la antigua muralla, y por allá fuera, junto a la muralla, resguardándose algunos de la llovizna con paraguas, otros seis u ocho hombres se acurrucaban en corro. '¿Y aquellos otros?'; y me respondió: '¿Aquéllos?, pues jugar también al cané'».

El cané, por lo que hemos podido averiguar, era un juego de cartas con apuestas. Un jugador hacía de banca y manejaba las cartas. Sacaba dos naipes de abajo del montón, y los que querían podían apostar sobre ellas; también sacaba dos cartas de arriba que eran las suyas, la de la banca. Barajaba el resto de las cartas y las iba sacando una a una. Si salía una de las dos cartas en las que habían puesto dinero la gente, la banca tenía que dar el doble del dinero apostado; pero si salía una carta de la banca, éste se quedaba con las apuestas.

Se le dio a un buen hombre de Trujillo en enseñarle el casino a Unamuno y ya se lió. La biblioteca le pareció irrisoria, y se fijó en que no había nadie mientras que el salón de juegos estaba lleno. ¡Para qué queríamos más! Así se explayó el cascarrabias: «El juego es el terrible azote de estos lugares, villas y ciudades de Extremadura (...) Y esta pasión del juego, terriblemente absorbente en los extremeños, nos explica en gran parte la epopeya de la conquista. El Perú fue el gran tapete verde en que echaron sus cartas, sangrientas cartas, los Pizarro. El empuje que lanzó a aquellos aventureros a las Indias Occidentales fue el empuje mismo que lleva a sus descendientes a agruparse en torno al tapete verde. Es el ansia de enriquecerse sin trabajo, sin trabajo regular, constante, metódico».

La febril verborrea del rector no para: «Y es pobreza de imaginación, es achatamiento mental, es plétora de sentido común, y del más común, es decir, del más sanchopancesco, lo que arrastra a jugar a estas gentes. Les falta sutileza y finura intelectuales. No discurren mal en las cosas de la vida práctica, pero discurren con un criterio rastrero, bajo, materialista, groseramente utilitario o egoístamente pasional. No busquéis idealidad en estas tierras de jugadores». ¡Toma ya!

Hasta cuando se va, Unamuno mira hacia atrás para disparar otro tiro: «Emprendimos el retorno dejando allí, entre sus dehesas, entregado a la modorra y el juego, a este hermoso pueblo de Trujillo, digno de tener otra alma».

No fue la única vez que vino a Extremadura. Lo hizo varias veces y dejó sus impresiones en otros libros: 'Andanzas y visiones españolas' (1922) y 'Paisajes del alma' (1944). Siempre escribió maravillas del paisaje de Extremadura, pero no de los extremeños, salvo que fueran de las Hurdes, ya que admiraba como habían domado la tierra, llamándoles héroes.

A Cáceres tuvimos la desgracia de que viniera en 1908, escribiendo el 13 de junio este poema titulado con el nombre de esta ciudad, que ha sido publicado en el libro 'Antología poética del paisaje de España' (2001):

«Y así pasan las horas,/ paso a paso,/ al pie de las torres/ donde se alzan, centinelas de modorra,/ las cigüeñas/ de Cáceres./ Su cielo de fuego,/ recorren palomas, aviones, cernícalos/ y la gente/ paso a paso/ come, bebe, duerme,/ se propaga./ El porquero congrega a los puercos/ de mañana,/ los suelta de tarde/ y se van calle arriba buscando/ cada cual su morada./ La plazuela en que alfombra/ la yerba las piedras/ recoge la sombra/ solitaria/ del viejo palacio/ de escudos y rejas,/ antaño boyante y hogaño ya lacio/ que al cielo de fuego dormita su siesta./ Y a la tarde/ descalzas y en pelo/ -arracadas enormes,/ gargantillas de oro -/ en bandadas informes/ van las mozas cual vencejos/ a la fuente del Concejo/ chachareando./ Si subís a la Montaña/ en redondo/ soledades desoladas/ a que azota el sol desnudo/ en crudo./ Sólo queda como abrigo/ contra el sol que escalda el suelo/ el Casino./ Se habla allí de caza y jacos,/ de mujeres,/ de lo mismo que hablaban hace siglos/ los señores que habitaron con sus perros/ los palacios hoy vacíos./ Se habla allí de caza y jacos,/ de mujeres,/ y se juega./ Y así van las horas/ paso a paso/ en Cáceres».

El poema tampoco es una joya y sigue su despiadado autor, erre que erre, con el casino, la modorra, la siesta y hasta un porquero.

Lo dicho, en mala hora vino este ingrato malaleche a pasearse por Extremadura.