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El escudo esgrafiado en una vieja postal. ::  s.e.
El escudo esgrafiado en una vieja postal. :: s.e.

Dolor por un hijo muerto y el escudo que se desvanece en Cáceres

  • Carlos Lezcano perdió a su hijo en 1919, cuando tenía 48 años. De joven, al estudiar Derecho, descubrió que tenía dotes como pintor

Aurora Lezcano lo contó en 1971, en el ABC, al conmemorarse el centenario del nacimiento de su padre, el pintor madrileño Carlos Lezcano (1871-1929): «Cuando yo nací mi padre tenía 42 años y mi único hermano 14. A la edad de los 20 años murió su único hijo varón de unas fiebres tifoideas. Él había puesto su alma de artista en aquel muchacho que, por lo demás, era merecedor del amor y entusiasmo de sus padres. Por eso el pintor nunca se recuperó de su pérdida y murió como fulminado por su pena interior en muy poco tiempo, sin haber cumplido los 58 años».

Carlos Lezcano perdió a su hijo en 1919, cuando tenía 48 años. De joven, al estudiar Derecho, descubrió que tenía dotes como pintor, convirtiéndose en discípulo de Joaquín Sorolla. Fue galardonado con menciones honoríficas durante tres años en las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes. Luego se apartó de la pintura para dedicarse a los negocios familiares. Al morir su hijo se encerró en su casa, en donde pasaba días y días solo, leyendo libros de Flammarión, de Einstein y Paul Bourget. Según indicó su hija, «su estado rozaba la desesperación».

Aurora Lezcano aseguraba que quien salvó a su padre del hundimiento total fue su vuelta a la pintura, «pensó que ya se le habría olvidado hasta coger la paleta después de 20 años, pero se dio cuenta de que un pintor sigue 'pintando' con los ojos, valorando el claroscuro, el dibujo...». Comenzó a calmar su dolor con el arte, llegando a encontrar algo de paz recorriendo la España olvidada, pintando sobre todo castillos abandonados y en ruinas, destrozados como lo estaba él por dentro. Su hija recordó que se iba durante temporadas, sobre todo en otoño, a pintar, «contando a su vuelta sus andanzas a lomo de caballo o mulo hasta llegar al risco donde plantaba su caballete. Y los viejos mesones, donde nunca faltaban los huevos fritos con chorizo, el cordero asado, el buen pan candeal y el gozoso vino de la tierra... Y allá iba él descubriendo ruinosos castillos, ciudades olvidadas, quietas en la paz de la tarde, piedras gloriosas y olvidadas». Los amigos le animaron a exponer en París y logrando ser famosos en Francia. En 1929 se presentó a la Exposición Internacional de Barcelona; estaba previsto que le dieran la medalla de oro por su cuadro 'Nido de águilas', pero no pudo ser premiado al fallecer repentinamente. Esta obra está con otras suyas en el Museo del Prado.

Uno de los sitios en donde Carlos Lezcano encontró más paz fue en Extremadura, que visitó unos meses antes de morir. Pintó panorámicas de Guadalupe, Plasencia, Trujillo, Medellín, Zafra, Burguillos del Cerro... Le gustó especialmente el cementerio y el castillo de Montánchez, donde hizo dos cuadros, y también la ciudad de Cáceres. Aquí también pintó dos cuadros: uno con la Torre de Espaderos en primer término, la calle Tiendas en medio y al fondo una torre de la Concatedral. El otro cuadro es del Palacio Episcopal y el Palacio de Ovando. Esta obra la hizo en 1928, un año antes de morir, y es curiosa porque se aprecia que en la entrada del Palacio Episcopal no están las escaleras de ahora, accediendo a la puerta por un montículo de tierra. Más curioso es que el escudo esgrafiado del Palacio de Ovando está totalmente perfilado, no como ahora.

Lezcano por Sorolla

Lezcano por Sorolla / J. R.

Cáceres es una ciudad alabada por los más prestigiosos heraldistas por la calidad de sus escudos. Uno de los más raros es el esgrafiado en el Palacio de Ovando, que poco a poco se está perdiendo, como se demuestra viendo el cuadro de Lezcano y, sobre todo, al ver como estaba hace un siglo en una vieja postal de Cáceres que reproducimos aquí.

Cuenta Antonio Bueno Flores que Los Ovando llegaron a Cáceres tras la Reconquista, procedentes de Cantabria, «y tuvieron tanta importancia que en los siglos XVI y XVII más de la mitad de la nobleza cacereña se componía de Ovandos». Uno de los más famosos fue el Capitán Diego de Ovando, nacido en 1425, al que los Reyes Católicos dejaron que su palacio de las Cigüeñas, fuera el único con almenas al ser un fiel servidor en el que podían confiar para poner paz entre los nobles cacereños. Entre sus cinco hijos destacó Frey Nicolás de Ovando, que fue el primer gobernador de las Indias, el que en 1502 llevó a la isla La Española (hoy Haití-República Dominicana) nada más y nada menos que 2.500 españoles para colonizar el Nuevo Mundo. El segundo hijo del capitán, Hernando de Ovando, es el primer dueño del palacio de Ovando, que se empezó a levantar en 1519, y se reconstruyó en el siglo XVII, en esa rehabilitación es cuando se puso en la fachada el gran escudo esgrafiado, que correspondía a Jorge Francisco de Ovando. Aquí vivió uno de los hombres que más sabían de Cáceres, Miguel Muñoz de San Pedro, conde de Canilleros (1899-1972).

En la fachada, grabado en la piedra está la inscripción: 'Aeterna iustorum memoria', que significa «la memoria de los justos es eterna». Desde luego no se refiere al escudo que se va desvaneciendo.