Una vida distinta en el Amazonas

Una vida distinta en el Amazonas

En el año 2014 viajaron a Manaos para hacer un voluntariado y ahora defienden los derechos de los mura y los maraguá Isa Alfonso y Fede Gerona luchan en Brasil por los derechos de los indígenas

Evaristo Fdez. de Vega
EVARISTO FDEZ. DE VEGABadajoz

Saben que no podrán cambiar el mundo, pero no se resisten a intentarlo. Primero desde Badajoz, la ciudad en la que coincidieron cuando estudiaban Física, y ahora en Manaos (Brasil), el lugar al que viajaron en 2014 para trabajar como voluntarios con los migrantes Haitianos. «Como personas individuales no vamos a cambiar el mundo, pero como sociedad sí se puede y esa va a ser nuestra lucha».

Este ilusionante reto es el que compromete desde hace tres años a Fede Gerona (Badajoz, 31 años) e Iss Alfonso (Puebla de la Calzada, 29 años), un joven matrimonio pacense que dio un giro en su vida cuando se enrolaron en el proyecto Volpa, una experiencia de voluntariado de larga duración promovida por Entreculturas, la ONG de los jesuitas.

Ilusionados, viajaron a la Amazonia brasileña y se establecieron en Manaos, una ciudad de dos millones de habitantes «que tiene lo mejor, pero también lo peor». «Uno piensa que no hace lo suficiente por los demás y viaja con la idea de salvar al mundo. Luego te das cuenta de que más que enseñar lo que haces es aprender».

En el primer año de voluntariado, Isa y Fede descubrieron que el mundo en el que habían vivido hasta entonces era muy distinto al que ellos conocían, que existen otras formas de pensar y actuar tan diversas como enriquecedoras.

Lo aprendieron mientras realizaban labores administrativas en el programa para migrantes que impulsan los jesuitas para ayudar a los haitianos que viajaron a Brasil tras el terremoto de 2010. El trabajo que realizaban al principio era burocrático, pero cada expediente hablaba de una historia de miseria y marginación.

Ese trabajo voluntario les permitió entrar en contacto con el Consejo Indigenista Misionero, una organización de la Iglesia Católica que defiende el derecho de los pueblos indígenas a recuperar sus raíces.

Fede reconoce que ni él ni su esposa son creyentes, pero eso no fue obstáculo para trabajar con misioneros y personas de Iglesia que están muy próximos a la Teología de la Liberación. «Mientras vives en España te encuentras en ocasiones con situaciones que te empujan a ser anticlerical, pero cuando trabajas en un lugar así te cambia la percepción y comienzas a ver la Iglesia de otra manera».

Eso hizo que después de concluir el programa de voluntariado decidieran seguir en Manaos, donde trabajan ahora por un sueldo humilde para el Consejo Indigenista Misionero.

Entretanto, también fueron padres por primera vez, un cambio en la familia al que han tratado de adaptarse: mientras Isa trabaja en la capital en labores de oficina, Fede realiza visitas frecuentes a las comunidades indígenas de los mura y los maraguá. «En Brasil sigue habiendo mucho racismo contra los indígenas, los grandes terratenientes los tienen trabajando en condiciones de casi esclavitud y eso hace que muchos de ellos incluso se avergüencen de su procedencia».

Tierras

Frente a esa realidad, Isa y Fede luchan por sus derechos y les apoyan en la defensa de sus tierras. «Teóricamente las leyes reconocen a los indígenas como propietarios de las zonas en las que han vivido, pero es una lucha difícil».

La apuesta de estos dos pacenses por los indígenas es decidida. Tanto, que han decidido permanecer en Brasil junto a su hijo Tiarayú, para el que eligieron un nombre guaraní. «Nosotros ya somos mayores y tenemos clara nuestra decisión, pero sí es cierto que para nuestros padres es un poco más complicado entenderlo... Nuestra opción va mucho con ser consecuente: no se puede hablar de la necesidad de luchar por los derechos de un pueblo y de que hay que permanecer allí y luego salir corriendo a las primeras de cambio».

Fede e Isa reconocen que las condiciones en las que se vive en Manaos no son las mismas que en Badajoz, pero creen que la realidad multicultural en la que crecerá su hijo le compensará con creces. «Será una experiencia vital que le ayudará mucho en la vida».

En cierto modo, esta pareja ha vivido de cerca experiencias solidarias fuertes. Fede, que tiene otros dos hermanos, convivió en casa durante ocho años con un niño angoleño del que sus padres se hicieron cargo en Badajoz para que pudiera ser operado de una lesión que tenía en los pies, experiencia que se repitió años después con otro niño de Sierra Leona que sigue en Extremadura. «Conociendo la realidad de esos niños, más que sentirme yo un privilegiado, sentía que ellos son uno 'desprivilegiados', si es que puede llamarse así. Eso me sirvió para formarme ideológica y políticamente».

Ahora, tras su experiencia en Brasil, tiene más claro que nunca que «el sistema capitalista es un sistema depredador». «Uno llega a la conclusión de que tiene que haber gente que no tiene nada para que haya gente muy rica». Fede no tiene dudas de que ese sistema económico «será suicida» para la sociedad porque terminará agotando los recursos de la Tierra. «La realidad actual es muy dura, pero estoy convencido de que pueden cambiar las cosas. Si no lo pensase así no habríamos tenido un hijo, porque tal y como vamos las cosas irán a peor».

Saber que el mundo en el que viven es manifiestamente mejorable les preocupa, pero este joven matrimonio es inmune al desaliento y estos días regresa a Brasil tras pasar un mes en Badajoz y recargar pilas junto a los suyos. «Cuando me dicen que nos dedicamos a los que menos tienen yo siempre respondo que no es así. ¿Menos qué? Porque los indígenas son muy ricos en cosas en las que yo creo. Tal vez sería más adecuado decir que son los que menos oportunidades tienen de ser escuchados y respetados», concluye Isa antes de que Fede avance hasta cuándo durará su aventura: «Seguiremos en Brasil mientras seamos felices».

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