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Nuestro Padre Jesús de la Humildad vuelve al siglo XVII

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Ricardo Augusto Kantowitz, delante de Nuestro Padre Jesús de la Humildad. :: CASIMIRO MORENO

  • La arriesgada restauración de la imagen elimina todas las capas o repintados de cuatro siglos para devolverla a su figura inicial

Ricardo Augusto Kantowitz empezó a estudiar la imagen de Nuestro Padre Jesús de la Humildad y la Paciencia en mayo del 2016. En septiembre llegó la talla de la Hermandad de la Soledad a su taller del Casco Antiguo y el resultado de tanto trabajo se mostró ayer por la tarde en la ermita.

En cierto modo, se puede decir que la figura que sacarán a la calle el próximo Jueves Santo es casi la misma que se moldeó en 1670 en el taller del imaginero Pedro Roldán.

Cuando un restaurador encuentra grietas en la cabeza de la figura, parte del meñique del pie derecho destrozado o formas superpuestas, lo habitual es repintar. La mayoría de las intervenciones en restauraciones, explica, optan por lo más sencillo, escayolar y tapar. En cambio su propuesta fue la contraria. Restar y restar hasta llegar a la policromía original. Asume el riesgo y agradece que los responsables de la cofradía le hayan acompañado en este particular viaje.

El trabajo de Kantowitz ha seguido los protocolos internacionales. El primer paso fue estudiar la escultura mediante análisis de muestras, rayos X y TAC para conocer el tipo de pintura, soporte y clavos internos que se utilizaron para ensamblar los ocho tablones de cedro de la que salió. Después hizo varias catas por la figura para comprobar hasta dónde llegaban las capas posteriores, Kantowitz descubrió que la policromía original de la escultura se mantenía casi intacta debajo de tanta pintura.

Es poco habitual, explica, encontrarse con algo tan bien conservado tras casi cuatro siglos. Su teoría es que a mediados del siglo XIX se pintó por completo. Era la época del romanticismo y se buscaba un Cristo más dulce, sin tanta sangre, que no se mostrara tanto el sufrimiento.

En este cambio de estética se utilizó una cola que a la postre ha ejercido de aislante de todas las escayolas que se aplicaron después. En un principio probó a eliminar todos esos restos con láser, pero quemaba la pintura. La única opción fue hacerlo a mano, arrastrando con hojas de bisturí bajo microscopio todo lo que se añadió a la obra de Roldán. En este proceso ha empleado más de mil cuchillas de bisturí.

La espalda

El Cristo vuelve de nuevo al estilo barroco, con todas las muestras de sangre que trató de plasmar el imaginero, sobre todo en la espalda. «En el siglo XVII nadie sabía leer o escribir, había que explicarle a la gente el sufrimiento y las imágenes debían mostrarlo».

El rostro mantiene la expresión, pero cambia su anatomía porque con la acumulación de escayola por las sucesivas restauraciones habían distorsionado su perfil. Ahora se ve una cara más perfilada en la que se aprecian los detalles en la comisura de los labios o los dientes.

Kantowitz cree que este intenso trabajo ha valido la pena porque en cierto modo, es un privilegio que en estos tiempos se pueda observar la imagen que talló Pedro Roldán. La misma que salió de su taller hace casi cuatro siglos.