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Diez años de espera para portar a La Soledad

  • El paso de la Patrona en la madrugada pacense es el único que siempre ha sido llevado a hombros por hombres

  • Cada costalero carga entre 20 y 25 kilos de peso durante las cinco horas de procesión

Ser uno de los 28 costaleros que sacan a la Virgen de La Soledad en la madrugada del Viernes Santo es hoy en día un privilegio que exige, además de devoción, mucha paciencia. La media de tiempo para conseguir una posición fija bajo el paso de la Patrona durante la 'procesión de las mujeres' es de diez años en la lista de espera de la hermandad.

Por eso, no es extraño que cuando se logra, se responda así a la pregunta de a qué te dedicas: «Mi profesión es ser costalero del Viernes Santo y el resto del año trabajo en una compañía de seguros». Esto lo dice Antonio Sierra y este es su currículum: Once años de reserva procesionando detrás de la Virgen antes de conseguir su plaza de costalero y los últimos 25 años bajo el paso de La Soledad durante la procesión del Rosario. Ahora tiene 55 años, la edad tope permitida para cargar a la Virgen, aunque espera que esta no sea su última Semana Santa porque tiene decidido solicitar a la hermandad un año de prórroga.

Y es que en el mundo cofrade pacense ser costalero de La Soledad en la procesión del Viernes Santo es el sumum. A la devoción incontestable que despierta la Patrona, se le suma la tradición. Desde hace más de cien años este es el único paso de la Pasión pacense que siempre ha salido a hombros y debajo de él han cargado nombres muy conocidos de la ciudad.

«Hay costaleros que llevan 30 años cargando con la Virgen. Hombres como Joselón que era emigrante en Alemania y que se venía en tren el Miércoles Santo para llegar a Badajoz el viernes al mediodía, sacar a la Virgen y volverse el sábado de nuevo en tren para trabajar el lunes», relata el hermano mayor José María Blanco.

A día de hoy, los costaleros del Viernes Santo no son gente tan conocida, apostilla el capataz del paso de la Virgen, Juan Ramón Peinado 'Chupi', «tenemos desde médicos hasta barrenderos e incluso un preso que pide permiso para salir a sacar a la Virgen, gente con un corazón y una promesa que no ha fallado nunca».

Hay otro componente, el de la herencia familiar. Debajo de la Virgen han cargado abuelos, padres, hijos y nietos. Ejemplo de ello es el propio Sierra. Su abuelo y su padre fueron costaleros de la procesión del Viernes Santo y ahora él y su hijo cargan juntos debajo del mismo paso. No obstante, él pone en primer plano la devoción: «Si no tienes una promesa y un amor a la Virgen no te pones debajo porque es un gran sacrificio. Quien levanta a la Virgen no son ni los riñones ni las caderas ni las rodillas, sino el corazón», confiesa.

Además, hay requisitos formales para ser titular del paso del Viernes Santo: ser mayor de edad, haber sido antes costalero de alguno de los titulares de la Hermandad en la procesión del Jueves Santo, hacer todos los ensayos y esperar a que corra la lista de espera.

El sacrificio de la cuadrilla se traduce en cinco horas de procesión cargando entre veinte y veinticinco kilos a paso corto y abierto. Un peso que, como reconoce el capataz del paso, va aumentando conforme avanza el cortejo. «Después de cuatro o cinco horas en la calle, solo por la temperatura que hay debajo del paso y el peso que soportan mis hombres, llegan rotos a la ermita», explica Peinado. En la procesión del Viernes Santo no hay relevos, los mismos 28 hombres que sacan a La Soledad de luto el Viernes Santo la recogen.

Él, que lleva tres décadas siendo los ojos del paso de la Virgen, experimentó primero como costalero. «Creo que es primordial para ser capataz haber sido antes costalero para saber hasta dónde puede llegar un hombre y mandarlo sabiendo lo que se sufre ahí debajo». Y, aun así, desvela que el momento más especial y más difícil de la procesión es su recogida, porque su cuadrilla se resiste a meter a la Virgen en su ermita.

Peinado es un capataz sobrio que no jalea a sus costaleros. «El ánimo lo tienen que llevar ellos por dentro», dice. Para iniciar la marcha, usa siempre la misma frase: «Una levantaita suave y por igual». Y para parar el paso, tres golpes de llamador.

Tampoco hay rituales más allá de la oración previa a la salida de la procesión. Debajo del paso y durante el recorrido, cada costalero vive el recorrido de forma muy íntima.

El capítulo de la estampida

Los hombres que prestan sus pies a la Virgen en el Viernes Santo son los mismos que el año pasado no dudaron en franquear el paso cuando, en plena Plaza Alta y sin saber lo que pasaba, los nazarenos y la gente empezaron a correr despavoridos. «La Virgen se quedó conmigo, con mis contraguías y mis costaleros», defiende el capataz. Este año, dice el capataz, «para que no nos dé mala suerte» y también para evitar coincidir con la recogida de la procesión magna, la procesión del Rosario hará su recorrido habitual pero en sentido inverso.