El Luis de Morales de Badajoz expone las copias de pintores locales sobre grandes obras

Un grupo de visitantes contempla la copia de 'Viejo desnudo al sol', de Mariano Fortuny. :: C. Moreno/
Un grupo de visitantes contempla la copia de 'Viejo desnudo al sol', de Mariano Fortuny. :: C. Moreno

Los alumnos de Diego Simancas han aprendido como los atelier del siglo XIX, copiando a los maestros

Antonio Gilgado
ANTONIO GILGADOBadajoz

Velázquez aprendió de Pacheco. Rembrandt de Swanenburgh. Teodoro Andreu de Sorolla... La historia del arte, en cierto modo, es una sucesión.

Con esta filosofía enseña Diego Simancas en Badajoz y el resultado se puede apreciar hasta el próximo 25 de febrero en el Museo Luis de Morales.

Allí se exponen 92 cuadros que han pintado más de cuarenta alumnos suyos. Se han atrevido con Velázquez, Rembrandt, Sorolla, Madrazo o Nicolai Fechin. Grandes obras pictóricas que han costado meses o todo un año de trabajo a los aprendices de Badajoz.

Algunos alumnos han tardado varios meses o un año en terminar su cuadro

Simancas rescata el trabajo de los ateliers del siglo XIX, los talleres a los que acudían los dibujantes para aprender el oficio de pintor cuando no había facultades de Bellas Artes. Los aspirantes copiaban a sus maestros y después, cuando cogían la técnica, iniciaban sus propias creaciones. «Con la vanguardias, la abstracción y el minimalismo se obvió por completo esta forma de acercarse al arte y hoy en día se está volviendo. El propio Antonio López aprendió copiando a los clásicos», explica Simancas.

Escuelas como la Barcelona Academy Art, La Barcelona Arte Moderno o el Taller del Prado son algunas de las referencias que han apostado por los ateliers en España. En Nueva York o Florencia también hay talleres inspirados en el siglo XIX, según ha comprobado Simancas.

La idea es que el alumno vaya creciendo y estudie el tipo de pincelada y los trazos de los más grandes. Si le gusta una pintura elaborada se fijará, por ejemplo, en Madrazo, y si prefiere algo más suelto y espontáneo en Sorolla. El estilo cambia, pero en todos los casos hay que interiorizar el método y copiar lo que hacían para ganar libertad en las creaciones propias posteriores. «Como aquí no podemos traer a Velázquez y tampoco podemos ir nosotros a su taller, partimos de fotografías de dos metros por dos metros y a 300 píxeles por pulgada».

La alta resolución, explica el profesor, resulta crucial porque acercan cada detalle. «Es como si lo estuvieras viendo. Incluso se ven fragmentaciones que no se aprecian a simple vista».

Apostar por este método requiere de mucha paciencia. Algunos cuadros expuestos estos días en el Museo Luis de Morales han salido después de muchos meses de trabajo. Entre las copias destacan, por ejemplo, una de 'La condesa de Vilches' de Madrazo, pintado al pastel, o un óleo de 'El Pescador' de Sorolla.

Evolución

En esta exposición se aprecia la evolución de los alumnos. Algunos aprendices locales llevan con Simancas desde que enseñaba en la Escuela de Artes y Oficios y luego le han seguido en su academia. Los menos experimentados se han atrevido con carboncillo. «Lo realmente apasionante es que ninguna obra lo desmerece. Todas son un lujo».

Tanto para los nuevos como para los veteranos, el consejo más repetido es el de la paciencia. No es fácil, cuenta, convencer a alguien que tardará un año en sentirse pintor.

Normalmente empiezan con el método de dibujo a carboncillo Charles Bargue, y después trabajan con el encaje de planos y líneas. «Es un proceso que, si no tienes afición, no aguantas. Yo siempre tuve claro que no quería una escuela en la que el alumno viniera, y cada día se llevara un bodegón o un cuadrito a casa. Me propuse enseñar a pintar de verdad».

Una de las ventajas de los ateliers es que todos los aprendices trabajan juntos, no están separados por niveles ni por años de antigüedad en el taller, esta convivencia permite, a los que llevan menos tiempo, intuir la evolución que pueden seguir.

Simancas reconoce que al principio no creyó en el resultado. Le costaba asumir el entusiasmo de los que se acercan a la pintura por afición, que simplemente entran en el taller porque, al no tener ya carga familiar y laboral, exploran una disciplina que siempre han tenido aparcada. «Craso error -reconoce-. Basta mirar lo que hemos expuesto para entender donde nos lleva el entusiasmo y la tenacidad».

La inauguración de la muestra fue un respaldo al trabajo de los alumnos y destaca, con vehemencia, el entusiasmo de los que disfrutan con la pintura. «Hay que ver las colas que se forman estos días en El Prado, dan la vuelta a la manzana para ver la exposición de Fortuny. O la cantidad de escuelas que funcionan en la provincia de Badajoz. Hay mucha gente que le gusta la pintura y está a dispuesta a ir más allá. No se conforman con pintar un cuadrito o un bodegón». Los maestros, insiste, son la mejor escuela en la que empezar.

Diego Simancas empezó a pintar de niño. Aprendió, precisamente, copiando a Nicolas Megías. Reacio a dar clases, fue Martínez Giraldo quien le convenció para que se reenganchara a la Escuela de Artes y Oficios. Allí impartió dibujo, carboncillo o introducción al pastel. Hace tres años montó su propia escuela porque quería rescatar el método del siglo XIX, copiando a los maestros de siempre. Concibe la pintura como un oficio en el que el aprendiz debe tener paciencia.

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