Los exiliados del Carnaval de Badajoz

Jaime Rojas, sellando este viernes su oficina contra el botellón del carnavaL./CASIMIRO MORENO
Jaime Rojas, sellando este viernes su oficina contra el botellón del carnavaL. / CASIMIRO MORENO

Muchos vecinos del centro dejan estos días sus casas para no convivir con la fiesta

Antonio Gilgado
ANTONIO GILGADOBadajoz

El bloque de Gonzalo está sellado con una puerta de madera. Han contratado a un vigilante de seguridad y entran por el garaje. Toque de queda.

Nadie se queda en el edificio. Los inquilinos se reparten entre casas de los abuelos, chalets en las afueras o escapadas a capitales cercanas. Lo asumen con resignación. «Son cuatro días y si vives en Zurbarán sabes a lo que te expones. No vas a iniciar una guerra con nadie. Badajoz necesita a los carnavales».

Más que el ruido o la fiesta, lo que realmente espanta a Gonzalo es el abuso en el portal. Un servicio público en el que han visto de todo. Por eso han tapiado la puerta con madera, para evitar los malos olores.

Si Gonzalo lleva once años emigrando, Jaime Rojas suma ya veinte. «En Martín Cansado también te curas de espanto». Pasó el fin de semana en el campo y este lunes se fue a Sevilla.

Regenta la agencia de seguros Caser detrás del Hospital Provincial y nunca abre el lunes previo al entierro de la sardina. El viernes por la tarde cerró la oficina, selló la puerta con cinta de pintor y le echó un spray de once euros para evitar las filtraciones de orina en el interior.

No tenía sentido, explica, precintar el acceso el viernes y levantarlo el lunes. «Cierro hasta el miércoles, es más práctico». La plaza de su oficina es el punto neurálgico de los macrobotellones nocturnos de la fiesta, lo que convierte a su pared en un retrete colectivo durante cuatro noches.

Como Gonzalo, lo asume con paciencia. «Lo veo como un equilibrio. Es necesario para la hostelería y la ciudad. Un coste que asumo».

En los últimos años ha notado además menos suciedad. La gente joven, cuenta, prefiere la zona de la Plaza Alta.

Junto a Martín Cansado, Zurbarán o Minayo –donde se reúne más gente estos días– Santa María de la Cabeza completa la zona cero. En esta plaza trasera a El Corte Inglés quedan los comparseros, acompañados siempre por tambores y xilófonos.

Una puerta de la calle Zurbarán tapiada desde el viernes.
Una puerta de la calle Zurbarán tapiada desde el viernes. / C. MORENO

Justo encima vive Ana Gamero. Otra exiliada habitual cada mes de febrero. Lisboa o Sevilla eran siempre los destinos, pero ya se ven mayores para viajes largos en coche y ahora ponen todas sus esperanzas en el tiempo. «Si al menos llueve un día, podemos descansar algo».

José Luis García es vecino de Ana. Su bloque se desocupó entre el viernes y el sábado. «Yo creo que no se queda nadie. No se puede aguantar. Los tambores se escuchan sin parar. No hay descanso posible».

José Luis se fue a la casa de sus padres, en Valdelacalzada. Vuelve este martes por la tarde.

«Aunque sigue siendo insoportable, en los últimos años parece que hay menos gente o los tambores se reparten más por el centro».

En la última década solo se ha quedado un fin de semana en carnaval. En el 2009 sufrió un esguince de tobillo y no podía conducir. Desde su salón vio cómo la gente se amontonaba a partir de las ocho de la tarde y no se movían hasta las ocho de la mañana. Dos noches en vela, asomándose cada poco tiempo por la ventana. «Ves de todo. Y por la mañana, antes de que lleguen los barrenderos, te das cuenta de la basura que genera todo esto. Yo, desde entonces, me quito el sombrero por el servicio de limpieza. Me sorprendió la cantidad de kilos que recogieron en tan poco tiempo».

María José y Antonio están viviendo su primer Carnaval de Badajoz después de quince años. Al principio emigraban a un chalet en la carretera de Sevilla. Se aficionaron a visitar ciudades como Sevilla, Córdoba o Toledo, pero ahora tienen dos adolescentes en casa y los chicos les han dicho que quieren disfrazarse con sus amigos.

Todavía no han entrado en la fase de dejarlos solos en casa y este año hacen el sacrificio de aguantar con el ruido debajo de casa. «No somos de tradición carnavalera, pero escuchan a sus amigos los planes que tienen y les apetece. Supongo que a su edad lo del ruido te da igual».

Algunos bloques tapian la entrada para que nose usen los vestíbulos como baños públicos

La experiencia de Antonio y María José es también la de Isidro Santos. Veterano camarero que en su juventud vivió muchos febreros detrás de la barra, cuando salió de la hostelería se alegró, sobre todo, por dejar atrás las maratonianas jornadas de servicio.

Padre de un joven de 16 años que desfila en una comparsa, se ha quedado en la ciudad para verlo. Por su pasado en la hostelería y como vecino que sufre ahora las consecuencias del ruido, conoce las dos caras de la moneda. «Entiendo a la gente que se queja, pero es una fiesta muy importante para muchos empresarios y en esos cuatro días hay que tener paciencia». Echa en falta, en cambio, algo más de civismo. «Hay bares que cierran los baños. Eso ha pasado toda la vida y los portátiles que se montan tampoco se usan porque están muy sucios. A la gente solo le queda la calle».

Los soportales de Juan Carlos I o las cocheras de la calle Prim suelen amanecer llenas de orina y por ahí trata de evitar el paso Ignacio. «Es muy desagradable. Incluso pasan los de FCC y sigue oliendo». Su destierro temporal se ha roto desde que vendió su casa de La Antilla. «Te ibas allí en febrero y se estaba muy tranquilo».

Esta viviendo sus segundos carnavales en la ciudad en mucho tiempo. «Te piden paciencia por cuatro días, pero también hay que compensar a los que sufrimos esto. Sería conveniente que se limpiara antes por la mañana y que los bares no estén toda la noche funcionando».

Para Antonio, María José, Isidro, José Luis, Ignacio, Gonzalo o Ana el carnaval tiene su penitencia y la llevan con cierta resignación. La otra cara de la fiesta.

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