«Tengo la espinita de no haberme sacado el carné de conducir»

«Tengo la espinita de no haberme sacado el carné de conducir»
José Vicente Arnelas

Tres mujeres de la misma familia cuentan a HOY cómo ha sido y es su vida y cómo ven los problemas que afectan a la mujer en la actualidad

Miriam F. Rua
MIRIAM F. RUA

A Consuelo Ruiz-Morote no la dejaron estudiar ni sacarse el carnet de conducir: «Tengo la espinita de no habermelo sacado». Laura González, su nieta, acaba de aprobar unas oposiciones de Hacienda y era la única niña que jugaba al fútbol en el colegio. Consuelo Cienfuegos (hija de Consuelo y madre de Laura) trabaja dentro y fuera de casa y cuando se jubile estudiará ingles y aprenderá a hacer encaje de bolillos. Son abuela, hija y nieta y tienen 91, 56 y 25 años.

Consuelo Ruiz-Morote es la abuela. Nació en 1927. Ha conocido tres reyes, una república y dos dictaduras. Tuvo que pasar medio siglo de vida para que pudiera votar por primera vez. Lo hizo en el referéndum de la Constitución Española, la que sancionó jurídicamente la igualdad entre hombres y mujeres.

Su única hija mujer es Consuelo Cienfuegos. Ella nació en 1961, la década de la revolución cultural y de la minifalda, el símbolo de la ruptura de la mujer con el pasado y el inicio de la lucha por sus derechos. También fueron los años en los que las mujeres empezaron a trabajar fuera de casa y en los que el matrimonio dejó de significar, por ley, la expulsión del mercado laboral.

La tercera generación la encarna Laura González. Ella es de 1992, el año de los Juegos Olímpicos de Barcelona y la Expo de Sevilla, de la democracia y del Tratado de Maastricht. Para ella las prohibiciones que tuvo que asumir su abuela como mujer le parecen ciencia ficción y las barreras que tuvo que romper su madre son hoy un camino que anda allanado.

El próximo día 16, Consuelo Ruiz-Morote cumplirá 91 años. Vive sola y su medicación diaria se reduce a un paracetamol para los dolores de la artrosis y a media aspirina, esta última recetada por una buena amiga. Su salud de hierro –dice– se la debe a su madre, que la destetó con caldo gallego, y a los baños diarios, fuera invierno o verano, que se daba en la alberca del campo donde se crió.

«Mi marido se negaba a empujar el carrito de los niños, decía que eso era cosa de mujeres»

«Mi marido se negaba a empujar el carrito de los niños, decía que eso era cosa de mujeres» Consuelo Ruiz-Morote | Abuela

Es una gran andarina. Hasta hace pocos años iba y venía de Badajoz a Elvas andando y hoy sigue a rajatabla lo que le dice su médico: «Para que funcione la cabeza tienes que seguir moviendo las piernas». Es también un mujer lúcida y muy culta, porque ha devorado libros durante toda su vida, y aún hoy es lectora de prensa diaria y está suscrita a revistas de viajes y de historia.

Nació en Lugo, de donde era su madre, que fue en su época la mujer más joven en sacarse una oposición como maestra de escuela. Su padre era de Ciudad Real y también funcionario. Un cambio de destino laboral de su madre trajo a Consuelo hasta Almendralejo. Allí vivió el estallido de la Guerra Civil. Entonces su padre se alistó en el Ejército como alférez provisional y llegaron a Badajoz, donde ha pasado el resto de su vida.

La abuela y lo que le tocó vivir

A Consuelo le tocó cumplir con el papel institucionalizado que la sociedad de entonces les reservaba a las mujeres. Fue a la escuela, pero después siguió lo que en su época se impuso como un orden natural, las mujeres en casa. Le prohibieron estudiar una carrera y ella lo asumió con obediencia y abnegación, las virtudes que debían adornar a las de su género. «Yo no sé si tenía inquietud o no por estudiar. Hacía lo que me decían en mi casa y punto», resume.

Hoy sí reconoce que le hubiera gustado ir a la Universidad y estudiar Bellas Artes. Este anhelo, sin embargo, lo sintió tarde. En su momento, ni siquiera se cuestionó la prohibición de su padre. «La vida era así. Yo tengo muchas amigas y la mayoría no han estudiado. Antes la mujer se dedicaba más a su casa, por eso ni pensaba en estudiar ni tenía por qué pensarlo».

«Los niños usan el móvil para controlar a sus novias»

Abuela, hija y nieta coinciden en que se ha avanzado mucho en la igualdad de las mujeres en muchos aspectos. Es un avance que –dicen– aparentemente no tiene vuelta atrás, pero nuestra sociedad da algunas muestras de lo contrario. A este respecto reflexionan Consuelo Cienfuegos y Laura González. «Las tecnologías, y los móviles en particular, son un arma muy peligrosa. Los niños las usan para controlar a sus novias», dice Consuelo Cienfuegos. Esta tendencia es, para ella, un claro retroceso. «El control ha existido siempre, pero ahora viene con más fuerza porque tienen una herramienta nueva que es el móvil. Es muy peligroso porque coarta mucho la libertad de las chicas». Su hija coincide con ella: «Hay niñas más pequeñas que yo que están continuamente diciéndole al novio dónde están o justificando por qué no contestan si están en línea. Eso es una vuelta atrás».

Como mujer no solo tuvo que renunciar a los estudios. «Tengo la espinita de no haberme sacado el carné de conducir». Ni su padre ni su marido se fiaban de ella al volante, dice. Entonces, dependía de su autorización para obtener la licencia. Como alternativa, su medio de transporte ha sido la bicicleta. «Era de las pocas mujeres que andábamos en bicicleta por Badajoz», recuerda. Con ella, tiene una anécdota que siempre cuenta: un día estuvo a punto de ser atropellada por Emilio Botín, el banquero del Santander.

Moverse en bici es una de las cosas más revolucionarias que ella hizo como mujer, aunque le reste importancia. La otra ha sido ser montañera, convirtiéndose en la veterana del club que había en Badajoz, al que se unió en los años 70. Su hijo mayor era alpinista y ella decidió acompañarle en todas sus excursiones. «Había más chicas que iban a la montaña, pero todas eran mucho más jóvenes que yo».

Consuelo se casó tarde, con 30 años, después de un largo noviazgo con Manolo, el único hombre de su vida. Él era funcionario de la antigua Previsión. Tuvieron cuatro hijos en apenas seis años y siempre fue ella quien tiró literalmente del carro. Así lo explica: «Mi marido se negaba a empujar el carrito de los niños, decía que eso era cosa de mujeres. Lo mismo que sacar la basura, que también estaba mal visto que lo hiciese un hombre».

Nunca trabajó fuera de casa. «Tenía yo bastante en mi casa como para trabajar fuera», dice. A la pregunta de si le hubiere gustado trabajar responde con una sonrisa de medio lado: «Si llevar una casa no es trabajar, ya me diréis qué es lo que es».

Enviudó muy joven, con 55 años. Tuvo que arreglárselas sola para que sus hijos pudieran seguir estudiando fuera. Para ello, acogió en su casa a unos estudiantes de Cáceres y con lo que ganaba terminó de pagarles a los suyos sus carreras universitarias. Y fue entonces cuando sintió que, tras cumplir con la obligación, llegaba el momento de la devoción.

Empezó entonces a hacer lo que le gustaba. Pintar, modelar, esculpir… Se apuntó a la Escuela de Artes y Oficios ‘Adelardo Covarsí’ de Badajoz, donde ha estado 25 años hasta pasar la barrera de los 80 años. De su talento da buena prueba su casa, repleta de cuadros y esculturas con su firma. Esta es su pasión y el capítulo de su vida, después de sus hijos, sobre el que más le gusta explayarse.

También entonces comenzó a descubrir el mundo. De la mano de la asociación de viudas, empezó a viajar para conocer los países sobre los que había leído. Ha estado en Canadá, en Nueva York (que no le gusta nada), en los países nórdicos, que son sus favoritos, y ha sobrevolado en avioneta las cataratas del Niágara.

«Cuando murió su marido, retomó su vida para ella. No es que se liberara, porque ella con mi padre salía muchísimo, pero tampoco se quedó en casa porque es una mujer que siempre ha tenido muchas inquietudes», apostilla su hija.

Define su vida como «normal y corriente». Es precisamente esa vida normal, la que la convierte en espejo de toda una generación.

La hija, en plena transición

Consuelo Cienfuegos ha vivido a mitad de camino entre la sociedad de su madre y la de su hija. Ella pertenece a una generación de transición y así la define: «Fuimos educadas en una cultura machista pero, a la vez, hemos tenido que romper muchas barreras para adaptarnos y salir al mundo».

Es la segunda de cuatro hermanos y la única mujer. En la escuela estuvo entre niñas, porque la educación entonces seguía segregada por sexos. Y estudió una carrera muy feminizada, Enfermería, donde recuerda que en su clase no había más de cuatro o cinco chicos.

A diferencia de su madre, en su casa la consigna de su padre fue que todos tenían que tener estudios. «Mi padre siempre nos inculcó que teníamos que sacarnos una carrera. Por eso, igual que mi madre dice que nunca se planteó estudiar, yo nunca me planteé no hacerlo».

En su caso, el peaje que pagó por ser mujer fue no poder salir fuera de Badajoz a hacer lo que realmente le hubiera gustado, Fisioterapia, al contrario que sus tres hermanos, que sí tuvieron esa oportunidad. «Ahí sí me tocó a mí como mujer. Mi padre cayó enfermo y no pude irme de mi casa, pero no me arrepiento, también me gustaba la Enfermería».

En primer plano, Consuelo Cienfuegos.
En primer plano, Consuelo Cienfuegos. / José Vicente Arnelas

Recibió una educación «bastante machista», dice de primeras y aunque luego intenta dulcificar el término y achacarlo a la cultura de entonces, reconoce que quien ponía y recogía la mesa en su casa era ella, no sus hermanos. «Mi generación no ha sido la mejor, por eso yo le he dado una educación a mis hijos distinta de la que yo he recibido, por convencimiento y por supervivencia. No culpo a nadie pero nosotras somos las que hemos tenido que dar el salto luchando contra nuestra propia educación, contra los elementos y sin ayuda».

«El trabajo de fuera tiene una compensación, pero el de casa no lo valoran ni tus hijos»

«El trabajo de fuera tiene una compensación, pero el de casa no lo valoran ni tus hijos» Consuelo Cienfuegos | Hija

Consuelo hija salió de casa de sus padres para casarse. Tiene dos hijos y siempre ha trabajado dentro y fuera. Primero ejerció como enfermera hasta que encaminó su profesión a la docencia, a la que se dedica ahora. «Nunca me he planteado dejar de trabajar. Yo siempre he visto a mi madre en casa y no quería eso. El trabajo de fuera tiene una compensación, no me refiero económica, pero el de casa no lo valoran ni tus hijos».

Es una mamá gallina. Madrugadora nata, le faltan horas al día para atender a todo y a todos. «A mí me aporta mucho el trabajo, aunque me ha supuesto un desgaste porque también he llevado siempre mi casa».

Soporta el peso de su familia de buen grado, porque dice que es muy disciplinada y dispuesta. También porque tiene absolutamente interiorizado que la casa es su obligación. «Siempre he tirado yo de todo, soy así y lo he asumido bien». Su marido –justifica– trabajó durante mucho tiempo mañana y tarde pero, a la vez reconoceque «se ha acomodado porque yo siempre he ido un paso por delante de él».

Hoy en día, con sus hijos más que criados, antepone su casa a cualquiera de sus aficiones. Consuelo Cienfuegos es una gran deportista y desde hace seis años practica piragüismo. «Cuando voy a las piraguas me levanto muy temprano para dejarle hecha la comida a mi marido y mis hijos. Pero es algo que veo normal, es mi deber, lo malo sería que no lo pudiera hacer».

Este ritmo de vida ha hecho que tenga una buena lista de cosas pendientes para cuando se jubile. «Hubiera sido mucho más deportista, habría aprendido inglés, a coser y hacer encaje de bolillos. Me da pena, pero tampoco me amargo por ello».

La nieta, sin límites

De que le ha dado una educación diferente a sus hijos de la que ha recibido ella, da buen testimonio Laura. «No he tenido diferencias con mi hermano, al contrario, al ser él el mayor me ha abierto muchas puertas».

A sus 25 años su vida ha sido estudiar lo que ha querido, hacer deporte como vía de escape y viajar, la afición que comparte con su abuela y que anhela su madre. Disfruta de una independencia que ninguna de las dos han ni siquiera olido.

Dice orgullosa que nunca ha dejado de hacer algo por ser mujer. «Yo no me he puesto nunca ningún límite por ser mujer, pero mi vida es más fácil, no he tenido que romper las mismas barreras que ellas».

«Aprobar las oposiciones hace que no me preocupe de que me vayan a echar por quedarme embarazada»

«Aprobar las oposiciones hace que no me preocupe de que me vayan a echar por quedarme embarazada» Laura González | Nieta

Era la única niña de su colegio que jugaba al fútbol, aunque su madre se empeñaba en ponerle un enorme lazo rosa en el pelo para que los niños no le dieran balonazos. Es árbitro de voley, lo que hoy sigue siendo una rareza. Viaja sola, tiene el carné de moto además del de coche y su regalo por sacarse la oposición al cuerpo de subinspectores de Hacienda ha sido la ‘thermomix’, porque nunca se ha metido en la cocina.

Laura tiene novio desde hace menos de un año. Ahora tendrá que separarse de él porque está esperando destino y sabe que comenzará a trabajar fuera de Extremadura. No piensa en boda aún pero tiene claro que quiere ser madre.

Precisamente, el hecho de haberse ganado un puesto de trabajo en la Administración le disipa el mayor temor de las mujeres de su generación, que la maternidad les penalice en su acceso o progresión laboral. «Una de las cosas por las que estoy más feliz de haber aprobado las oposiciones es que ya no me tengo que preocupar de que me echen o de que no me vayan a contratar porque me quede embarazada».

«Es la situación más complicada que tenemos ahora las mujeres y lo hablo mucho con mis amigas porque todas queremos ser autosuficientes, pero el mundo laboral no lo pone fácil», añade.

Cuando tenga hijos, dice que el único ejemplo de su madre que no repetirá, «es cargarme la casa sola ni hacer más que nadie. Yo implicaré a mis hijos en las tareas para hacer las cosas todos a una».

La historia de estas tres mujeres confirma que hoy la sociedad es más igualitaria, pero también que la llamada revolución de la mujer no ha acabado. Ninguna se considera feminista y rechazan el lenguaje inclusivo, no le gustan las cuotas ni ninguna otra medida que favorezca o ponga por encima a mujeres o a hombres, y creen que la violencia de género y la desigualdad laboral es la lucha que toca ahora. Y para ellas, hay que empezar a batallar por el fondo: la familia y la educación.

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