Arturo Barea, la voz pacense del exilio

Barea, ya en el exilio, trabajó para la BBC ofreciendo emisiones semanales para América del Sur. :: /HOY
Barea, ya en el exilio, trabajó para la BBC ofreciendo emisiones semanales para América del Sur. :: / HOY

Se cumplen 120 años del nacimiento del autor de 'La forja de un rebelde', una obra maestra del siglo XX | El Instituto Cervantes reivindica su figura y su producción literaria con una exposición que podrá verse hasta el 13 de marzo en Madrid

Miriam F. Rua
MIRIAM F. RUA

En el cementerio de Faringdon (Reino Unido), a poco más de media hora en coche de Oxford, está la lápida conmemorativa de Arturo Barea. En ella hay un error que también se repite en la solapa de algunas ediciones de sus libros: Madrid como su lugar de nacimiento.

Arturo Barea nació en realidad en Badajoz en 1897. No fue un nacimiento accidental, lo accidental fue que con dos meses su padre, miembro del servicio de reclutamiento del Ejército, muriera súbitamente a los 34 años. Eso provocó que su madre, él y sus tres hermanos se marchasen a Madrid, a vivir al barrio de Lavapiés, donde precisamente este año le han puesto su nombre a una plaza.

No es este el único dato que se escapa a la mayoría. Su figura se conoce más fuera que dentro de España: fue un exiliado republicano que nunca regresó, murió joven y casi todos sus libros vieron la luz en inglés antes de traducirse al español e incluso algunos nunca se han editado en nuestro idioma.

Empezó a escribir cuando huyó de España y casi todas sus obras vieron la luz primero en inglés

No en vano, en los últimos años se ha hecho una labor importante en el mundo de la literatura para colocar su nombre entre los imprescindibles del siglo XX. La última y con motivo de los 120 años del nacimiento de Arturo Barea, es la exposición organizada por el Instituto Cervantes dedicada al escritor pacense, que se ha inaugurado esta misma semana y que podrá verse en su sede madrileña de la calle Alcalá hasta el 13 de marzo de 2018.

Arturo Barea es la voz pacense del exilio, autor de 'La forja de un rebelde', una trilogía biográfica imprescindible para entender la España en guerra que sigue reeditándose a día de hoy. Escritor hecho a sí mismo, se reinventó decenas de veces antes de sentarse delante de una máquina de escribir.

Empezó a trabajar siendo un niño, ayudando a su madre, que era lavandera, a recontar la ropa limpia de los soldados de la Escolta Real. Aquí empieza el relato del primer libro de su trilogía: «Los doscientos pantalones se llenan de viento y se inflan. Me parecen hombres gordos sin cabeza, que se balancean colgados de las cuerdas del tendedero. Los chicos corremos entre las hileras de pantalones blancos y repartimos azotazos sobre los traseros hinchados». Acababa de empezar el siglo XX.

Cambia su suerte, cuando un tío adinerado de Barea lo matricula en un colegio católico donde estudiaban los niños ricos. Pero de nuevo, la muerte de este pariente le devuelve a su realidad humilde. Con 13 años, se le escapa su sueño infantil de ser ingeniero y comienza a buscarse la vida. Primero trabaja en una bisutería, luego fue mensajero y oficinista de un banco, pasa por la oficina de patentes y acaba como agente de un vendedor alemán de diamantes antes de convertirse en el dueño de una juguetería.

Boda bajo las bombas

En 1920 fue llamado a filas y enviado a luchar al Rif (Marruecos), donde se topó de frente con la guerra. A su vuelta de África se casó con su primera mujer, Aurelia Grimaldos, con la que tuvo cuatro hijos, pese a que su faceta como padre es quizás su capítulo vital con más sombras.

Su verdadero amor fue Ilsa Kulcsar, una periodista austriaca a la que conoció cuando Barea era el jefe de la censura del Gobierno republicano en Madrid. Por entonces, ya llovían las bombas sobre la capital. Estaban en medio de la Guerra Civil, el telón de fondo de la que sería la segunda boda de Barea.

La contienda y el aliento de su mujer fue lo que llevó al pacense a iniciarse como escritor. Su primer trabajo, la colección de cuentos 'Valor y miedo', vio la luz poco antes de terminar la guerra. De hecho, se apunta a que éste fue el último libro publicado en Barcelona antes de la entrada de los sublevados. También fue el último libro de Barea en editarse primero en España.

En 1938, el escrito pacense huye a Francia, donde pasó un año antes de establecerse definitivamente en Inglaterra para vivir un exilio del que nunca volvió. Allí escribió su trilogía 'La forja de un rebelde' en plena II Guerra Mundial. Su obra cumbre fue editada primero en inglés con la traducción de su mujer y después en holandés, checo, polaco, finlandés, sueco, noruego, italiano y francés. Hasta 1951 no apareció la primera versión en español y fue de la mano de una editorial argentina. A España, el libro no llegó hasta entrada la Transición, pero no se popularizó hasta los 90 cuando se emitió en la televisión pública la adaptación como serie realizada por Mario Camus. Entonces, Barea ya llevaba 30 años muerto.

En los 50 vendía más que Cela

Paradójicamente, en los 50, llegó a ser el quinto español más traducido del mundo, por delante de Unamuno o de Camilo José Cela y recibió los elogios de George Orwell, John Dos Passos o Geral Brenan, entre otros.

En Inglaterra sobrevivió con un programa semanal que hacía bajo el seudónimo 'Juan de Castilla' para la BBC dedicado al público sudamericano. Sus últimos años los pasó en una de las propiedades que le ofreció Gavin Henderson, Lord Faringdon, el noble que acogió en su finca a un grupo de niños supervivientes del bombardeo de Gernika y convirtió su Rolls Royce en una ambulancia con la que viajó a España para transportar heridos en el frente de Aragón.

Arturo Barea murió con 60 años de un infarto como exiliado republicano. Gracias al empeño de hispanistas como William Chislett -corresponsal en España para Times- y de escritores españoles como Elvira Lindo o Muñoz Molina, su figura y producción literaria se están redescubriendo ahora.

En Extremadura, además de las calles, la Editora Regional ha editado varias de las obras de Arturo Barea y la Diputación de Badajoz convoca desde el año 2001 un premio de investigación cultural que lleva su nombre.

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