Ángel Stanich escupe fuego en Badajoz

Imágenes del concierto de Ángel Stanich en Badajoz./ALBA BARANDA
Imágenes del concierto de Ángel Stanich en Badajoz. / ALBA BARANDA

El ermitaño del rock español demostró una paciencia infinita ante una sala Aftasí que no estuvo a la altura

ALBA BARANDA

Ángel Stanich es un tipo formal y como tal, salió puntual a su cuarta cita con la sala Aftasí. El número de personas que lo ha acompañado en cada uno de sus anteriores conciertos en Badajoz ha ido creciendo progresivamente. Este sábado, no colgó en cartel del ‘sol out’ como en muchas otras ciudades, pero más de cien personas se agolparon para verlo y ser bendecidos por su sudor alucinógeno.

Cuando Stanich abre la boca y su banda se enfunda sus instrumentos, uno no sabe si está en un desierto de Estados Unidos o en el salón de su casa escuchando ‘Antigua y Barbuda’ con unos auriculares de mil euros. El sonido espectacular y la calidez de la sala prometían un día épico.

Siempre parapetado tras su acústica, a la que desgarró cuerdas un par de veces, y con sus letras cultas; pues más de uno tendría que buscar alguna de las palabras que las conforman en la RAE, Ángel cumple. Pero no solo ofrece espectáculo y fidelidad musical, también exige. Antes de comenzar ‘Río Lobos’ pidió silencio con voz de licántropo. Pero el mutismo absoluto no llegaba y por entre el público galopaba oculto un maleducado e inhóspito murmullo aderezado con gracietas de párvulo. Durante algunos minutos hubo una incómoda lucha entre un artista serio y algún asistente ya talludito que aseguraba que no podía callarse. Pero Ángel, paciente y educado, continuó con el espectáculo.

Con la banda engrasada y el público disfrutando, vinieron los cortes de luz. Se apoderó del grupo la incertidumbre y de los asistentes la sensación de estar escuchando un disco a trompicones. El primer parón fue breve. El segundo, fue tan largo que se agotaron en las dos barras las cervezas, el antídoto contra el veneno del rock por antonomasia. Y tras el tercero, un apurado Stanich que no paraba de pedir disculpas, decidió bajarse de las tablas de la sala y tocar una íntima y cercana ‘Carbura!’ en acústico a modo de reivindicación. Y la electricidad carburó, haciéndose la luz para terminar el concierto con ‘Metralleta Joe’ mientras el santanderino se entregaba a la masa espiritual y físicamente. Ya tiene suficiente repertorio como para descartar las versiones de su lista y hasta para dejar algún que otro himno, como ‘Mojo’ en el olvido. Y sin bises, un concierto un tanto lisérgico, aunque con una majestuosa colaboración de Rubén Marrón (guitarrista de Arizona Baby) al slide, terminó.

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