Hoy

Y PASÓ UN ÁNGEL CORRIENDO

Día espectacular el de ayer para correr entre dos tierras separadas por una raya y unidas por una carrera histórica que ya ha cumplido 29 años y se acerca a su madurez. Era la segunda vez que afrontaba los 21 kilómetros y 97 metros que hay desde el parque de la Piedad de Elvas, junto al mítico restaurante 'El Cristo', hasta la avenida de Huelva de Badajoz. Me estrené el año pasado, cuando el verano quiso acompañarnos hasta noviembre y el calor, hasta 24 grados de temperatura, nos pasó factura en el tramo final. Ayer era un domingo otoñal, soleado, sin apenas viento y los termómetros no superaron los 13 grados. Vamos, ideal para calzarse las zapatillas.

Tras velar armas en casa toda la lluviosa jornada del sábado y cumplir con el ritual de la pasta que sigue todo corredor que se precie, me levanté de buena mañana, recién puestas las calles, para tomar el desayuno de los campeones, o más bien de los cuarentones que se resisten a que les llamen «señor» en el súper y plantan cara al despiadado tiempo con uñas, dientes y sobre todo piernas.

A las 9.00 estaba haciendo cola frente a El Corte Inglés para subirme a uno de los autocares puestos por la organización para trasladar a los corredores pacenses hasta la hermana Elvas. Antes de las 10.00 ya estaba en el parque de la Piedad calentando.

El pistoletazo de salida sonó puntual a las 10.30 (hora española). Este año la salida estaba en la calle adyacente al parque y era un cuello de botella. Algunos avispados con prisas se saltaron las vallas que delimitaban el cajón de la salida para ocupar posiciones cerca de la élite, de los que se jugaban el podio y los cuartos. Yo me situé algo por detrás de la vanguardia. Mi reto era mejorar mi marca personal, 1 hora y 35 minutos, y decidí seguir a la liebre que llevaba el globo correspondiente. Mas desde el primer momento mis sensaciones no eran las óptimas. La liebre iba demasiado rápido para mi cuerpo. Tras bajar la larga y empinada cuesta de la Estrada do Caia aguanté a la liebre hasta el kilómetro 8. Ahí la dejé marchar. Me alcanzó un desconocido compañero del Club Maratón Badajoz, al que tengo el honor de pertenecer y con cuya camiseta competía. Intercambiamos algunas palabras de ánimo y le seguí un par de kilómetros. Sin embargo, también iba demasiado rápido para mí y, tras hacer la goma un trecho, lo dejé ir. Poco después llegó hasta mí otro desconocido colega de fatigas del club. Ángel, que así se llama, hizo honor a su nombre y fue mi custodio hasta el kilómetro 19, cuando mis piernas y mi corazón desistieron de seguirle más. Pero durante casi diez eternos kilómetros me amparó, preocupándose por mi estado, acompasando su ritmo al mío, dándome ánimos. En definitiva, tiró de mí.

Al avituallamiento del kilómetro 20, en la avenida del Perú, ya llegué solo. El agua me supo a bendita y, tras superar casi sin aliento la cuestecilla de Antonio Masa Campos, enfilé la recta final de la avenida Villanueva, apreté el ritmo y los dientes y, jaleado por un público que es mejor que cualquier dopaje, pasé por la meta una hora y 38 minutos después de salir de Elvas. Reto no conseguido, pero, al menos, gané un amigo. ¡Qué mejor premio que ese! Gracias Ángel.