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El teatro, su festival y vicisitudes de su historia

SE está celebrando en Badajoz una nueva edición del Festival de Teatro que con tanta brillantez viene organizando el Consorcio del Teatro López de Ayala desde hace ya algunos años. Siempre he creído que estos momentos se pueden aprovechar para trazar algún homenaje o semblanza en torno a nuestro Teatro, aprovechando los conocimientos sobre el mismo adquiridos a lo largo de mi recurrente investigación que empezó como una casualidad y que ha acabado convirtiéndose en una obsesión.

Además, en 2016 se han conmemorado el 80 aniversario de un hecho que, como cicatriz, quedó marcada en la 'vida' del Teatro López de Ayala y, antes que debilitarle, lo convirtió en un teatro fuerte, erguido ante la adversidad y dispuesto a sobreponerse y enfrentarse a cualquier situación que amenazara su existencia.

La fecha del 14 de agosto de 1936 está señalada en el calendario de Badajoz como la de un día triste y dramático. Aparte de que ese día se produjo la toma de la ciudad por el ejército rebelde, al inicio de la Guerra Civil, fue el día en que el Teatro López de Ayala fue destruido por un incendio.

Habían pasado 50 años desde su inauguración en 1886. Un teatro que tardó más de veinticinco años en construirse, que arruina prácticamente las arcas municipales y que acaba vendido a la iniciativa privada con tal de ver culminado el proyecto que contribuiría a que Badajoz se convirtiera en una ciudad moderna y reconocida en el conjunto nacional, arde en pocas horas como consecuencia de escaramuzas bélicas y de represalias entre bandos.

Se concitan un conjunto de circunstancias adversas que otorgan al Teatro López de Ayala un protagonismo que no buscó. Tuvo la mala suerte de encontrarse a apenas escasos metros de donde se produjo el boquete de la muralla por la que entran los rebeldes (Cuartel de la Bomba, Memoria de Menacho, Puerta del Pilar); tuvo la mala suerte de servir de resguardo a varios milicianos defensores de la ciudad que, en su retirada, se refugian en el Teatro López de Ayala desde el que seguir ofreciendo resistencia; tuvo la mala suerte de ser utilizado como desahogo del odio acumulado y cainita que tantos episodios lamentables arrojó durante la contienda.

Lo que sucedió después se ha contado de diferentes maneras, según las conveniencias y los relatantes. Durante muchos años convino contar que fueron los milicianos, defensores de la ciudad, quienes, acorralados por los autoproclamados 'libertadores', prendieron fuego al teatro antes de rendirse, en un acto de cobardía y vileza. Los documentos encontrados y el testimonio de algún periodista extranjero, de los varios que entraron en la ciudad en días inmediatamente posteriores, ponen en duda la versión, creída como buena durante tanto tiempo. Aumenta la convicción de que fueron los integrantes del II Tabor o Batallón de Regulares de Ceuta quienes, para hacer salir a quienes les impedían proseguir en su avance, parapetados en las ventanas y terraza del Teatro López de Ayala, provocan el incendio del teatro, mediante el apoyo de la aviación y el lanzamiento de granadas.

El periodista Jean d´Esme, corresponsal del periódico francés 'L'Intrasigeant' envía desde nuestra ciudad una crónica, que vio la luz el día 27 de agosto de 1936. El título ya es suficientemente ilustrativo: 'Badajoz l`épouvantée' ('Badajoz la aterrorizada'). El comienzo del párrafo subtitulado «Á travers les ruines» («Entre las ruinas») hace referencia a la impresión que provoca en el periodista la contemplación del Teatro arrasado por el fuego. La traducción cuidada que hemos realizado de uno de los párrafos es esta:

«Después me dirijo al teatro.

Tras su fachada aún en pie y que podría engañar, el incendio que lo ha devastado, acaba de extinguirse. Pasando por encima de las vigas carbonizadas, humeantes todavía, deslizándome entre los pliegues de las paredes desvencijadas, llego a la sala principal. Y de repente ante mis ojos el más fantástico, el más conmovedor espectáculo de devastación. Algo indescriptible: toneladas de escombros y de hierros torcidos, ennegrecidos, forman un caos de restos que se apilan hasta el segundo piso en el que me encuentro».

A partir de ese acontecimiento el Teatro López de Ayala ya no fue el mismo. Tardó en ser reconstruido y, para entonces, había perdido el protagonismo de antaño, quizás como expiando una culpa ajena, la de haber tenido protagonismo en la contienda civil sin quererlo.

Pero, como dijimos anteriormente, eso le hizo fuerte. Algunos años después, como casi todos conocemos, superó un nuevo intento de 'destrucción', a consecuencia de la especulación urbanística de los años 90 del pasado siglo, que amenazaron con transformarlo en una lujosa y privilegiada manzana de pisos y apartamentos. Renació convertido en un referente, EL referente diría yo, de las actividades culturales de la ciudad.

Una vez más se cumplió la impresión de que «lo que no te mata, te hace más fuerte». Ahora, lo estamos viendo y disfrutando año tras año; ya tenemos Teatro para rato, porque desde hace mucho tiempo, Badajoz ya no puede prescindir del López de Ayala.