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«Este teatro es un milagro»

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El profesor de la UEx Ángel Suárez, el director del López de Ayala Miguel Murillo y la investigadora Ana González sobre las tablas del teatro López de Ayala. / José Vicente Arnelas

  • El López de Ayala cumple 130 años tras haber sobrevivido a la llegada del cine, la Guerra Civil, la decadencia de la dictadura y la especulación inmobiliaria

El gran teatro pacense alcanza su 130 cumpleaños. Vuelve a soplar las velas sabiéndose consolidado como un centro de referencia cultural ya no solo para Badajoz, sino para toda Extremadura. La historia del López de Ayala es la de un teatro superviviente que ha ganado la batalla a la llegada del cine, a la Guerra Civil, al ostracismo de la dictadura y a la especulación inmobiliaria.

Sobre el escenario, el López de Ayala impresiona. Sólo los focos laterales alumbran las tablas, luz más que suficiente para mirar al desierto patio de butacas e imaginar lo que deben pensar actores, cantantes o murgueros cuando reciben las miradas expectantes de 750 espectadores. Tres sillas copan el espacio escénico. Ocupan los asientos Miguel Murillo, director del teatro; Ángel Suárez, profesor de la Universidad de Extremadura (UEx); y Ana González, investigadora y trabajadora del López. «Estamos pisando un milagro». Son las primeras palabras de Murillo, con las que abre el telón a una conversación a tres bandas.

Suárez, experto en la historia del teatro pacense, mira al director. «He escrito un artículo que se llama ‘Lo que no te mata te hace más fuerte’ porque es lo que define la historia del López. Todo son obstáculos», apunta el profesor. El López de Ayala comienza a forjarse sobre el papel cuando el gobernador civil de Badajoz decide hacer una lista con las carencias de la ciudad, una lista en la que incluye el teatro. «Aunque para ser exactos, la ciudad ya tenía un teatro en la plaza de San Juan desde 1800, el Principal», añade Suárez.

El Ayuntamiento toma el proyecto como propio, «pero no sabe la patata caliente que está cogiendo», continúa. Para costear las obras, el Consistorio se ve obligado a vender patrimonio y se endeuda con los constructores. 25 años después, el 30 de octubre de 1886, el López de Ayala, con capacidad para 1.400 personas en una ciudad de 30.000 habitantes, se inaugura con la representación de la zarzuela ‘El maestro Campanone’. Las crónicas de la época hablan de una ceremonia descafeinada y en la que las butacas estuvieron ocupadas más por forasteros que por pacenses.

«En 1897 se produce la primera exhibición cinematográfica», apunta Ana González, cuya labor investigadora se ha centrado en la proyección de películas a principios de siglo en Badajoz. La primera vez que el cine llega al López lo hace de la mano del Doctor Posadas, que trae hasta la capital pacense un conjunto de diez películas cortas. Desde ese momento, el López compaginó las representaciones teatrales con el cine.

«El teatro del siglo XX es clasista. El cine va a conseguir democratizar la asistencia a este edificio», señala Murillo. «El teatro del siglo XIX y principios del XX sirve para el lucimiento social, es una exhibición del estatus de la población. Vienen las clases pudientes en sus coches de caballos y lucen sus mejores galas. En las tiendas de la calle San Juan se anunciaba el inicio de temporada para que las señoras de la clase alta mostrasen sus modelos», continúa Suárez.

López de Ayala durante la década de 1930.

López de Ayala durante la década de 1930. / HOY

Junto a aquella burguesía pacense de principios de siglo que acudía al teatro engalanada, comienza a entrar la clase popular. «En los años 20 es cuando se producen más altercados en la sala. Porque las clases más pudientes podían pagar la peseta que costaba la entrada en butacas o en palco, pero los menos pudientes pagaban 50 o 60 céntimos por estar en el gallinero. Como venganza social se manifestaban contra los de abajo a salivazos», explica González. «Yo he sido usuario del gallinero cuando era niño. Se llamaba así por el escándalo que formábamos», añade el director del teatro.

Aquel enorme gallinero redujo notablemente su capacidad con las reformas. También cambiaron los palcos, que en el origen del teatro eran corridos, formaban un semicírculo frente el escenario y eran alquilados por abonados pudientes que hasta se atrevían a hacer barbacoas. «El López siempre tuvo el problema del frío; se le denominaba ‘la nevera de la plaza de Minayo’. El público que podía entrar en los palcos, para poder calentarse, traía unos braseros que también usaban para asar batatas y castañas. Lógicamente, se producía una gran humareda», explica González. «Ahora sí podemos decir muy claro que este es un teatro público abierto a toda la ciudad. Hay un ejemplo evidente: los palcos actualmente cuestan lo mismo que una butaca», sentencia Murillo.

López de Ayala durante la década de 1930.

López de Ayala durante la década de 1930. / HOY

Episodio controvertido

Con el estallido de la Guerra Civil se acaba la primera etapa de esplendor del López. El 14 de agosto de 1936 las tropas franquistas entran en la ciudad. El profesor Ángel Suárez, en su último trabajo, ha investigado el episodio más controvertido de los 130 años del López: su destrucción durante el conflicto. «Hay dos versiones: una es que este teatro lo incendiaron los milicianos que estaban dentro. Después de ver documentación, yo creo que eso no es cierto. Eso se sustenta porque a las compañías de seguros y al régimen de la dictadura les interesaba», explica el profesor.

«Hay otra teoría: las horas previas a la entrada de los rebeldes se produce un bombardeo sobre la ciudad. Yo estoy convencido de que en este teatro cae una bomba –prosigue Suárez–. Después se dice que tres milicianos, que son los cadáveres que se encuentran dentro, son los que incendian el teatro. Pero a un teatro que se quema no se le cae la estructura. Creo que los milicianos fueron retrocediendo y se refugiaron en el teatro; cuando los legionarios se dieron cuenta de que les estaban disparando, lanzaron granadas y avisaron a la aviación para que bombardeasen el teatro».

El López de Ayala, sin embargo, se sobrepone a la guerra y es reabierto en 1940, apenas un año después del término del conflicto. «Hasta el 38 no hay dinero ni mano de obra para hacerlo porque los hombres estaban movilizados en la guerra. Las vigas había que traerlas de los altos hornos, que aquí no había. ¿Cómo, en plena guerra, unos particulares reconstruyen el teatro? Y encima con una ampliación. Por eso hablo de milagro», señala Murillo.

Durante la reconstrucción, al teatro se le añaden las torres actuales y un nuevo espacio, la terraza. Con la llegada de la dictadura, el López se ensombrece. «En la posguerra se le penaliza de alguna manera, se le culpa de algo», opina Suárez. «Es la etapa de cine, cuando solo hay representaciones teatrales en la feria de San Juan», añade Murillo. Es una época en la que el teatro languidece, y donde la terraza adquiere protagonismo como punto de encuentro social, especialmente con la celebración de fiestas.

Tras el final del régimen, la llama del López amenaza seriamente con apagarse, esta vez víctima de la especulación urbanística. Los planes pasan por derribar el teatro y construir un gran bloque residencial. «El edificio Presidente, el que ahora está junto a Castelar, venía aquí», señala el director, que recuerda cómo el López esquivó la demolición, momento que califica como su favorito de entre los 130 años de historia del teatro. «En el año 83 las máquinas llegaron hasta aquí y empezaron a demoler. Un hombre de teatro, José Manuel Villafaina, y mucha gente de la cultura de la ciudad se pusieron delante de las excavadoras e impidieron que siguieran con su trabajo. El Ayuntamiento, que entonces dirigía Manuel Rojas, atendió a la petición y paralizó la demolición. La voluntad de un pueblo y la voluntad política lograron una solución», rememora.

Frente a las excavadoras

Una permuta de terrenos logró que el teatro esquivara otro obstáculo. Los dueños se quedaron el solar que ocupaba el antiguo matadero, donde acabaron construyendo el edificio Presidente. Tras diez años de obras de rehabilitación, el López de Ayala reabrió al público el 20 de mayo de 1993 en un acto con el que volvieron los trajes de etiqueta al edificio. «Lo único que ha cambiado desde entonces son las butacas», señala Ana González.

En 1994 se estableció el consorcio que hoy rige el espacio, y que actualmente está formado por el Ayuntamiento de Badajoz, la Diputación, la Junta de Extremadura y la Fundación Caja Badajoz. «Es entonces cuando se hace un teatro verdaderamente público», apunta Murillo.

Desde aquel momento, dos millones de espectadores han pasado por el López de Ayala, que hoy cumple 130 años erigido como el gran espacio de la cultura de la ciudad. «Es un símbolo», resume González. «Badajoz ya no puede vivir sin el teatro», añade Suárez. «Sin duda, le quedan otros 130 años. Nosotros nos quedaremos aquí como fantasmas, dando vueltas por el teatro», concluye el director Miguel Murillo mientras recorre con la mirada el patio de butacas.