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El comedor de la plaza de la Soledad necesita un furgón para las donaciones

Una furgoneta que utilizó el comedor durante la mudanza a la plaza de la Soledad. :: HOY
Una furgoneta que utilizó el comedor durante la mudanza a la plaza de la Soledad. :: HOY
  • El vehículo que utilizan tiene más de quince años y se plantean cambiar el motor porque no pueden comprar otro

«Nuestros pies y nuestras manos». Para los voluntarios del comedor social de la plaza de la Soledad, el monovolumen que tienen es una herramienta vital para su labor diaria. Lo necesitan para recoger donaciones de ropa que regalan negocios y particulares, para traer la mercancía desde el Banco de Alimentos o para recoger excedentes de las tiendas de alimentación de la ciudad.

Petri González, la presidenta de la asociación de voluntarias, siempre dice que dar de comer a diario a más de sesenta personas implica moverse mucho y llamar a todas las puertas para hacer acopio. El coche que soporta todo esta logística tiene más de quince años y se ha averiado. El mecánico les ha recomendado que la mejor opción es dar de baja al vehículo y sustituirlo. El problema es que no hay dinero y la directora de la oenegé, Petri González, pide colaboración a quien quiera ayudar.

Según explican desde el comedor, la idea era hacerse con un furgón de segunda mano que no fuera muy caro porque si no consiguen más recursos van a tener que cambiar el motor del viejo, lo que supone gastarse más de dos mil euros. Sea cual sea la solución final, compra o recambio de motor, en la oenegé lo ven como un verdadero contratiempo.

Al comedor, cuentan los voluntarios, llaman con frecuencia gente que, por ejemplo, tiene mucha ropa pero no puede llevarla o empresas de transformación agraria que antes de deshacerse de material les preguntan si disponen de vehículo para recoger mercancía.

En Badajoz hay en estos momentos más de 120 personas que comen a diario gracias a la labor caritativa.

A los sesenta usuarios de la Asociación Caritativa San Vicente de Paúl hay que sumar los otros setenta que van a diario al convento de las Hermanas de la Caridad de la calle Martín Cansado, en el Casco Antiguo. En ambos casos, se les da también un bocadillo para la cena y pueden recoger ropa de los roperos, un servicio muy demandado en invierno para conseguir ropa de abrigo y mantas.

Los dos comedores se nutren de voluntarios y además del respaldo del Banco de Alimentos también reciben donaciones periódicas de fundaciones y campañas solidarias. En los últimos años han soportado mucha presión asistencial por las consecuencias de la crisis y también se han multiplicado las campañas de ayuda.

Las hermanas de la Caridad, por ejemplo, llegaron a atender a más de trescientas familias al mes el año pasado y las voluntarias duplicaron sus usuarios gracias al traslado a la sede de la Soledad. Pasaron de los veinte o treinta a los más de sesenta actuales.