Los pastores pasan por la escuela

Uno de los alumnos echa de comer a los terneros junto con el monitor, en las instalaciones de Cooprado. :: Lorenzo Cordero
Uno de los alumnos echa de comer a los terneros junto con el monitor, en las instalaciones de Cooprado. :: Lorenzo Cordero

La cooperativa Cooprado de Casar de Cáceres forma a la segunda promoción de ganaderos de Extremadura

ANTONIO GILGADO

En una sala del centro Creofonte de Cáceres diez jóvenes se arremolinan sobre la pantalla del portátil del veterinario.

Van pasando fotos y tratan de identificar a los distintos parásitos de los rumiantes. Llevan desde las diez de la mañana tomando apuntes. El parásito, según ha aprendido Rocío Cortés, es el peor pienso que puedes mantener en la explotación.

Lo dice una chica de 27 años, madre de un niño de tres, que estudió auxiliar administrativo y que llegó a la ganadería de rebote.

Se casó con un ganadero de vacuno de Casar de Cáceres y al principio todo le sonaba lejano. Poco a poco fue metiéndose en el negocio y ahora se ve preparada para ampliar la explotación familiar. Quieren llegar a los doscientos terneros. Por eso se apuntó al segundo curso de la escuela de pastores de la cooperativa Cooprado en Casar de Cáceres. La iniciativa cuenta además con el apoyo de la asociación comarcal Tagus.

El curso empezó en marzo y terminará en julio. Casi seiscientas horas en las que intercalan la teoría -jueves y viernes- con la práctica -de lunes a miércoles en una explotación con un socio de la cooperativa.

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Rocío valora, sobre todo, la aplicación de las nuevas tecnologías al manejo del ganado. Aprenden herramientas que permiten conocer la situación real de los pastos para identificar si hay un desequilibrio de nutrientes o calcular el gasto real en piensos de complementos. «Son fundamentales para que explotaciones pequeñas sean rentables».

El socio monitor de prácticas de Rocío es Vicente, un ganadero de más de sesenta años que lleva desde pequeño con las vacas. «Aprendo mucho de él, fue el que me insistió con el tema de los parásitos y ahora aquí los veterinarios que dan las clases también nos lo intentan inculcar». Después de tres meses de clase, el bagaje de los alumnos da ya para poder intercambiar opiniones con los monitores o con los propios ganaderos. «Al principio escuchas y aprendes, pero con todos los temas que hemos tocado ya puedes comentar cualquier decisión de las explotaciones. A mí me pasa en casa. Antes no entendía nada de lo que ocurría en la finca, ahora mi marido me consulta todo».

La escuela de pastores se creó precisamente con la intención de dotar a los alumnos de conocimientos específicos para ponerse al frente de una explotación.

Clase teórica de la escuela de pastores, en Casar. / Lorenzo Cordero

Quique Izquierdo es uno de los alma máter del proyecto. Técnico de la Cooprado y de la escuela, cuenta que se ha intentado dar solución a un problema que se avecina en el campo. El relevo generacional no está garantizado y muchos industriales de leche y carne temen que llegue el día en el que no tengan suministradores. Para incentivar la incorporación alguien debe encargarse de formar a los interesados. La escuela echó a andar en 2016 con once alumnos, recibieron más de setenta solicitudes de toda España. En este curso hay diez, que han sido seleccionados por técnicos de la Diputación y de Tagus. A los alumnos les enseñan técnicas de manejo, de reproducción y de alimentación de ovino, caprino y vacuno. Desde el principio se planteó alternar las clases teóricas con el trabajo en las explotaciones porque los alumnos suelen preferir siempre estar en el campo a las aulas, pero el trabajo con veterinarios en las clases teóricas permite además dar una visión más profesional.

Otro pilar de la formación se asienta en visitas a centros o fincas de investigación. El mes pasado, pasaron toda la semana en Valdesequera, con los técnicos de la Junta para conocer cómo pueden aplicar a sus explotaciones algunas de las investigaciones que desarrollan en la finca de la Junta. También hay visitas programadas a explotaciones privadas con peculiaridades muy concretas en las que se hace, por ejemplo, selección genética o reintroducción de especies autóctonas. Quique Izquierdo cuenta que después de dos promociones, la escuela se concibe como un proyecto global, para dar respuestas a las necesidades de la cabaña ganadera en general y no centrarse solo en algo que afecta a Casar de Cáceres. Las escuelas de pastores del País Vasco son el ejemplo a seguir. Hasta allí, cuenta, van ganaderos de Nueva Zelanda o de Australia para formarse. «Nosotros queremos ofrecer una formación muy profesional, que permita a nuestros alumnos mantener su actividad en el campo». Eso implica un asesoramiento que va más allá de las clases formales. «Lo primero es saber si realmente están capacitados. Durante el curso surgen dudas de todos los temas que van tratando y puede que también sirva para darse cuenta que esto no es lo que habían pensado».

Rocío Cortés, alumna «La aplicación de las nuevas tecnologías nos ayuda muchísimo para ser rentables»

Quique Izquierdo, monitor «Salen preparados para ponerse al frente de una explotación»

En la escuela también les ayudan con la tramitación de subvenciones y les ofrecen asesoramiento técnico sobre razas, alimentación o equipamientos. Incluso ponen en contacto a propietarios y empresarios que ofrecen trabajo a los alumnos. «Hace poco nos llamó una familia de las Villuercas que ofrecía su explotación porque se jubilaba el titular y no encontraban a nadie que quisiera seguir». También son habituales las llamadas de administradores de fincas de toda España buscando pastores o de instituciones como la Diputación de Valladolid que quiere poner en marcha también su propia escuela.

El perfil de los alumnos obedece en la mayoría de los casos al de hijos o nietos de ganaderos que toman el relevo. El curso les capacita también para poder pedir las ayudas a la incorporación de la Junta de Extremadura. Este es el caso de Roberto Nieto. 19 años, de Escurial. Su familia cría 300 ovejas en una finca que puede mantener seiscientas o setecientas. «Yo he estado desde pequeño con las ovejas. Aquí he aprendido también el manejo de vacas. En un futuro quizá tenga ovejas y vacas».

Tres cabañas

Dedicarse a las tres principales cabañas -ovino, caprino y vacuno- es otra de las premisas con las que trabaja también la escuela. A veces, explica el monitor, un alumno viene con la decisión ya tomada de comprar ovejas, pero cuando pasa por aquí y estudia todos los factores, descubre, por ejemplo, que por el tipo de finca que tiene, le conviene más las cabras o las vacas. En muchos casos además los ganaderos apuestan por diversificar. Ese es el caso de David Maillo. Su padre tiene ovejas y vacas. A los 23 años y después de probar suerte en la construcción ha decidido dedicarse al campo. «Llevo parado más de dos años y ahora estoy deseando acabar para preparar toda la documentación para incorporarme. Los profesores ponen mucho empeño en que todo lo que aprendemos se puede aplicar luego en cada finca». Con algo de apoyo familiar y una finca en la que poder arrancar, David, igual que Roberto y Rocío, tienen bastante fácil el paso al campo.

Pero para los que vienen de un mundo ajeno no es tan sencillo. Teodoro Montero es el mejor ejemplo. Con cuarenta años, supera con creces la media de edad de los interesados. Empresario del sector servicios y sin tradición familiar vinculada al campo, dice que siempre quiso dedicarse a la ganadería, pero su familia le quitaba la idea de la cabeza. «A mí me gusta esto y es a lo que quiero dedicarme. Creo que cuando uno trabaja en lo que le gusta en realidad no va a trabajar».

Su problema es la falta de tierras. En Arroyo de la Luz, su pueblo, no hay fincas libres y lleva varios meses buscando por la comarca, pero tampoco resulta sencillo. «No es solo un problema de Arroyo. Yo he hablado con mucha gente que quiere incorporarse y tiene el mismo problema. No hay fincas libres». Si no encuentra ninguna, incluso se plantea poner en marcha una explotación de ovejas estabuladas. «Yo vengo de fuera y quiero meterme en este sector. Tengo muy claro que, al menos, lo voy a intentar».

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