La Extremadura que no se vacía

J. R. Alonso de la Torre
J. R. ALONSO DE LA TORRE

Está de moda hablar y escribir sobre la España vacía, un tema muy literario, que vende bien y se lee a gusto. Sin embargo, deberíamos tener cuidado con algunos planteamientos generalistas llenos de buenas intenciones. El territorio rural no está todo despoblado, solo una parte. En Extremadura, abundan los pueblos llenos de agricultores que sacan adelante sus explotaciones, su problema no es la despoblación, sino la baja rentabilidad de la agricultura, la presión despiadada de las cadenas comerciales, la sequía o el cambio climático. En otras poblaciones rurales, los jóvenes extremeños han encontrado el espacio idóneo para sus aventuras empresariales en sectores como el turismo de emociones, el deporte de aventura y la hostelería rural, la artesanía o la producción gastronómica selecta. No faltan en esa Extremadura rural que no se vacía los pequeños empresarios de la construcción y afines, que trabajan en la comarca o en las ciudades, pero siguen viviendo en el pueblo e incluso hay una Extremadura semivacía de lunes a jueves, pero que se llena los fines de semana y en vacaciones. En todos estos espacios que no se vacían, hay que hacer un esfuerzo para solucionar los problemas específicos de cada pueblo y favorecer las condiciones de agricultores, emprendedores y pequeños empresarios que en ellos se quedan. Sin embargo, hay lugares donde es imposible frenar el vacío, donde no queda más remedio que paliar la situación ayudando a vivir dignamente a su exigua población y donde habrá que aceptar que nuestra estructura medieval de municipios diminutos a veces no se puede mantener.

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