Entresijos en la picota mediática del porcino

Análisis agrario

El polémico reportaje de La Sexta sobre el sector porcino ha sembrado más preguntas que certezas

JUAN QUINTANA

Todavía sigue caliente el debate social generado a partir del polémico reportaje emitido por La Sexta sobre el sector del porcino. En él se mostraban cerdos con graves patologías, como tumores de enorme tamaño.

Lo más preocupante es la forma de actuar; es decir, que un grupo de personas accedan impunemente, sin autorización del propietario y sin ninguna orden judicial a una propiedad privada para grabar y emitir públicamente imágenes. Pero inquieta más que Interporc, la Interprofesional del porcino, interpusiera una denuncia para evitar su emisión, con las imágenes previas anunciando el reportaje como prueba, y que el juez lo desestimara. ¿Quiere esto decir que cualquier persona puede entrar impunemente en una propiedad privada, sin autorización, por ejemplo en nuestras casas, grabar cualquier imagen y divulgarla por cualquier medio, incluso con conocimiento de la justicia? Un asunto que, aunque seguro tiene su explicación jurídica, requeriría de aclaración, porque si no, la sensación de indefensión y de impunidad es muy grande. Por otro lado, una vez el daño ya está hecho, es de esperar que la propia Interporc actúe judicialmente y requiera responsabilidades al más alto nivel. En todo caso, resulta paradójico que las redes sociales no hayan sido permeables a un asunto tan delicado, y se pierdan en otros vericuetos cuyo análisis tiene muchas más lagunas.

Otro asunto es que se acometan este tipo de reportajes, de alto impacto, a partir de información mal contrastada. Comentaba el director del programa que esos animales eran para el canal alimentario, porque así se lo habían dicho a él directamente; como si por ser el depositario de esa información, ésta tomara carta de naturaleza. ¿No habría sido lo razonable y profesional contrastar esa información, dada la gravedad de lo denunciado y la dudosa legalidad de los procedimientos? No parece tan difícil, ya que toda explotación está registrada y dada de alta para un uso determinado. Posteriormente la empresa informó que se trataba de una nave sanitaria, es decir, una zona de cuarentena, un lazareto, donde se retiran a los animales enfermos que, o bien se recuperan y vuelven al canal alimentario, o se sacrifican sin llegar a nuestras mesas.

Son dos los temas que han generado más ruido. El primero de ellos, si esos animales, a pesar de estar en una explotación sanitaria, iban a pasar a la cadena alimentaria. Sobre esto todo son especulaciones, basadas en una discusión ética sobre la empresa alimentaria. La única realidad constatada es que no estaban en el canal alimentario y que si hubieran entrado en ese estado, sería un delito contra la salud pública. En todo caso, para ello son muchos los agentes que tendrían que estar implicados, como los dueños de las explotación, la industria alimentaria en cuestión, los veterinarios que hacen los obligatorios análisis pre y post mortem, etc. Parece muy poco probable.

El segundo asunto es el bienestar animal, donde a su vez tenemos dos temas diferentes. Si uno se fía del visionado del reportaje, que claramente no buscaba las imágenes más amables, los animales cumplían sobradamente las normas relativas a los habitáculos, solado, superficie mínima, densidad, etc. La otra cuestión es su estado de salud que, efectivamente se mostraba tremendamente deteriorado. ¿Por qué?, ¿eran bien cuidados desde una perspectiva clínica y alimentaria?, ¿tenían un manejo adecuado?

El primer comunicado de El Pozo dejó muchas dudas. Explicaba que es una nave sanitaria y que la empresa siempre ha cumplido con las exigentes normas de bienestar animal. Sin embargo, no aclaraba si en concreto esa explotación sanitaria cumplía todas las normas vigentes y unos estándares mínimos de sanidad. Posiblemente no, ya que de hecho El Pozo ha roto relaciones comerciales con esta explotación.

La verdadera cuestión deontológica es que, basado en un caso particular mal enfocado, se hace una crítica a la globalidad de un sector que dispone de exigentes sistemas de control interno y externo que impiden un fraude o delito sanitario generalizado. Quizás el propio sector tendría que ser más proactivo y acometer una verdadera campaña de reputación, abriendo las puertas a un modelo de producción de vanguardia a nivel mundial, comprometido con el bienestar animal y con el medioambiente.

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