¿Dieta mediterránea?

Pese a sus bonadades, cada vez consumimos y producimos menos e importamos más frutas y verduras

ANÁLISIS AGRARIO JUAN QUINTANA

La dieta mediterránea forma parte del acervo cultural de nuestro país y de sus regiones. Fue inscrita en 2013 en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Hay que recordar, porque a veces se confunde, que va mucho más allá de los productos de nuestra tierra. Tal como lo define la UNESCO, comprende un conjunto de conocimientos, competencias prácticas, rituales, tradiciones y símbolos relacionados con los cultivos y cosechas agrícolas, la pesca y la cría de animales. También con la forma de conservar, transformar, cocinar, compartir y consumir los alimentos. En particular, y quizás eso es menos conocido, pone en valor el acto de comer juntos, como base de la identidad cultural en la cuenca del Mediterráneo, favoreciendo las relaciones sociales y la comunicación y reafirmando los vínculos de la familia, grupo o comunidad. También ahonda en otros aspectos positivos e intangibles, como el valor la hospitalidad, entre otros.

Menos mal que la dieta mediterránea es, sobre todo, este compendio de cualidades sociales que se fortalecen alrededor de la comida, porque si se tratara solo de lo que comemos, no parece que nos mantengamos muy fieles a nuestros productos; en particular a las frutas y hortalizas. De acuerdo con el último Informe del estado de la situación sobre frutas y hortalizas: nutrición y salud en la España del siglo XXI, elaborado por la Fundación Española de Nutrición, desde 1964 hasta 2015, último dato comparable, se ha reducido más de un 40% el consumo de estos saludables alimentos, hasta situarse en una media por persona y día de 260 gramos en el caso de las hortalizas, y de 287 gramos para frutas. Entre ambas, poco más de un kilo cada dos días, lo que a decir verdad, no parece escaso. Pero lo más preocupante es la tendencia, que en los últimos años también continúa en caída. En concreto, desde 2013 ha bajado un 4% el consumo per cápita de hortalizas y un 2% el de frutas. Pero nos es solo un caída del consumo per cápita, sino también, aunque en menor proporción, del consumo total en España.

Las guías alimentarias recomiendan un consumo superior a 2-3 raciones tanto para verduras como para frutas. La media nacional es de 1,3 raciones en el primer caso y 1,5 en el segundo, lo que muestra el déficit de consumo. En Extremadura, el nivel se sitúa en 1,6 raciones de verduras y hortalizas incluyendo patata, y 1,2 sin ella.

Por otro lado, a pesar de tener un consumo interno a la baja, las importaciones de países terceros siguen en aumento, si bien es cierto que se trata de consumo per cápita. En 2017 la compra de frutas y hortalizas de fuera de la Unión Europea alcanzó los 15,5 millones de toneladas, un 5% más que en el año anterior. De este montante, el 85,8% correspondió a frutas y el resto a hortalizas. Plátano o banana, naranja y piña son las frutas que más se importan, con repuntes del 7%, del 11% y del 11% respectivamente.

En cuanto a hortalizas, el tomate es el producto estrella representando el 25% de las importaciones de verduras. Es adquirido fundamentalmente en Marruecos, que centraliza el 71% de sus importaciones.

A bote pronto, una reducción del consumo y un aumento de las importaciones puede reflejar un mercado desequilibrado o unas bajas producciones interiores. La realidad es que el apoyo de la Política Agrícola Común (PAC) a este sector se mantiene. En el contexto de una futura PAC, por ahora restrictiva, es bueno saber que el borrador de Reglamento mantiene el régimen de apoyo a la producción y comercialización de frutas y hortalizas. Los programas operativos dispondrán del mismo nivel de ayudas. Ascienden al 4,1% del valor comercializado por las organizaciones de productores, y el 4,5% si son asociaciones de organizaciones de productores.

En definitiva, consumimos menos, producimos lo justo y cada vez compramos más del exterior.

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