Las cabras de rufino

J. R. ALONSO DE LA TORRE

Me llamo Rufino, mire usted, y soy de la Vera. Tengo cabras desde siempre, como las tuvo mi padre y las tuvo mi abuelo y aun más atrás. 125 tenía, pero ya no tengo ninguna. Ahora, mientras hablo con usted, las están matando, una a una, aquí en Cáceres. Me da una pena... Sin beber las han traído, apiñadas en un camión, como si ya estuvieran muertas. Y encima, me han hecho pagar los 400 euros del transporte. Ya me habían avisado dos veces, las dos que las atacó la tuberculosis, y sabía que a la tercera no me salvaba. Así que allá van, las sanas y las enfermas, todas al sacrificio. Yo ya he pasado de los 60 y voy a pedir el paro y después la jubilación, ¿pero qué van a hacer mis dos hijos aquí presentes, que pensaban vivir del rebaño y ya no va a poder ser? No, no soy ese cabrero que ha salido en la tele porque le han matado el rebaño entero y ha perdido 35.000 euros. La mayoría no salimos en la tele y rumiamos nuestra pena como buenamente podemos. Y mira que ahora, la leche de las cabritas iba bien de precio y con la carne algo sacábamos, pero nada. Me imagino mis 125 cabras, sacrificadas una detrás de otra, y luego tendré que pagar 40 céntimos por cada kilo de cabra que incineren, que dicen que sobra carne y hay que quemarla. Pero lo peor de todo es que ya no soy cabrero ni soy nada.

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