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Aceite de palma, una compleja solución

Reportaje de una plantación de palma de aceite en Irobo, Costa de Marfil.
Reportaje de una plantación de palma de aceite en Irobo, Costa de Marfil. / AFP
  • análisis agrario

  • La primera cuestión es: ¿qué producto existe que tenga las mismas propiedades, un perfil más saludable y a la vez no encarezca la cesta de la compra? Además, está el problema medioambiental que genera la sobrexplotación de las plantaciones de palma en países en desarrollo

Hace ya varios años que el aceite de palma es objeto de crítica desde diversos frentes, científicos, alimentarios y ecológicos, entre otros. Ahora se suma la gran distribución, que empieza a buscar alternativas para su uso en los alimentos que comercializa. Algunas grandes marcas han dado plazo a los proveedores para que sustituyan este ingrediente en sus formulaciones alimentarias; es el caso de Mercadona, que tiene con diferencia la mayor cuota de mercado en España, pero también DIA y Lidl.

El aceite de palma es un ingrediente alimentario de uso muy extendido en innumerables alimentos de consumo cotidiano, cuyo fin no es dar sabor ni servir de base para frituras, como es el caso de otros aceites, sino mejorar la textura de los alimentos. Si uno lee la etiqueta de alimentos elaborados, le sorprenderá ver en qué gran número de ellos está incluido. Tiene tres características esenciales que le dan gran valor para la industria: es insípido, por lo que no altera el sabor de los alimentos en los que se utiliza; su punto de fusión es similar a la temperatura corporal, por lo que en boca funde y proporciona una textura suave muy apreciada por los consumidores; es una grasa barata de obtener.

Por supuesto, los alimentos que la incorporan son seguros, al igual que el mismo aceite, y por ello están autorizados por la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA). Lo que sucede es que la EFSA autoriza caso por caso y se basa en un consumo razonable de cada alimento, con altos márgenes de seguridad, por lo que salvo consumos abusivos y continuados, la probabilidad de que perjudique a la salud es muy baja. En este caso, el problema es que no se consume en unos pocos alimentos, sino en muchos de ellos, de tal manera que la suma de todas estas pequeñas dosis puede superar los límites de seguridad y llega a ser realmente nociva.

La realidad es que se trata de una grasa con un nivel intermedio de ácidos grasos saturados, algo menos de la mitad. Precisamente las autoridades sanitarias recomiendan un bajo consumo de este tipo de grasas, ya que son perjudiciales para la salud y pueden provocar serios problemas cardiovasculares. Otros aceites como el de oliva, girasol o colza tienen un perfil lipídico mucho más saludable, con contenidos por debajo del 20% de grasas saturadas. El mayor problema es que tiene una gran cantidad de ácido palmítico, mucho más escaso en otros aceites, que le da ese plus de peligrosidad, consumido en dosis altas.

La cuestión es: ¿cuál va a ser el componente sustitutivo en caso de que los fabricantes se vean forzados a cambiarlo?, ¿qué producto existe que tenga las mismas propiedades, un perfil más saludable y a la vez no encarezca la cesta de la compra? Primera pregunta sin fácil respuesta.

Por otro lado, está el problema medioambiental. La sobrexplotación de las plantaciones de palma está generando un serio problema en importantes ecosistemas de países en vías de desarrollo, afectando también a poblaciones enteras de animales protegidos. El científico JM Mulet hacía una interesante reflexión en el programa LaTrilla de Capital Radio: en estos países está sucediendo lo mismo que en Europa hace ya muchas décadas, la sobrexplotación de los espacios rurales y naturales para producción alimentaria. ¿Somos ahora los países desarrollados quienes debemos frenar este desarrollo cerrando una fuente de riqueza a millones de personas con pocos recursos, cuando ello contribuyó de forma significativa a nuestro propio crecimiento? Quizás no, pero precisamente esta experiencia previa, el conocer nuestros errores, nos obliga a buscar una solución sostenible, que en ningún caso pasa por la destrucción de recursos, que son clave para su futuro social y ambiental.

La solución podría estar en certificaciones medioambientales que acrediten una explotación sostenible. Un modelo similar al que se ha extendido en la explotación de bosques para la producción de madera y papel. Lo que sucede es que implementar este sistema no se hace de un día para otro, y un corte por lo sano tendrá dramáticas consecuencias para los países productores. Sin duda otra difícil tesitura.