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El último pielero extremeño

Juan Carlos García entre la mercancía que ha recogido en el matadero de Trujillo. :: HOY
Juan Carlos García entre la mercancía que ha recogido en el matadero de Trujillo. :: HOY
  • Juan Carlos García representa a la cuarta generación de una estirpe condenada a desaparecer

El intenso olor a sangre, a cordero muerto y a humedad sacuden una bofetada en la cara al entrar en la nave que Juan Carlos García tiene en el polígono industrial de Trujillo. No hay ventanas ni ventilación por exigencias sanitarias y en los palets se amontonas pieles de cordero y venado bañadas en sal que en dos semanas estarán en las curtidoras de Paquistán o India.

En esta atmósfera irrespirable para cualquiera, Juan Carlos se siente cómodo, muy cómodo. «Yo sé que es difícil de entender, pero a mí me gusta».

Lo dice alguien que de niño acompañaba a su padre por las carnicerías de Cáceres recogiendo las pieles desechadas, su padre hacía lo mismo con su abuelo y éste con su bisabuelo. Juan Carlos representa a la cuarta generación de una estirpe condenada a desaparecer: los pieleros.

Habla con nostalgia de esos personajes solitarios que se movían en mulas recogiendo pieles por las fincas. Maldecían los otoños lluviosos y las primaveras de pastos abundante y llenaban las alforjas con las sequías. Las canículas sembraban de cadáveres las majadas.

Entonces, recuerda, había un pielero en cada pueblo. Hoy se pueden contar con los dedos de la mano. «En la provincia de Cáceres quedamos uno en Moraleja, otro en Navalmoral y yo. En la de Badajoz trabaja alguno en La Zarza».

Ya no tiene contacto con los ganaderos ni con los carniceros. Su radio de acción se reduce a los mataderos, y cada vez menos porque en los últimos años han ido cerrando. En Extremadura, cuenta, se sacrifican muy pocas cabezas. La venta de ganado vivo se ha generalizado y los pieleros ya no son necesarios.

En un negocio que depende mucho del volumen, trabajar con tan pocos sacrificios resulta casi ruinoso y la tendencia es que todo el mercado nacional se centralice en una o dos empresas. Juan Carlos recoge las pieles que desolla la cooperativa Oviso en Villanueva y Trujillo.

Carga a diario los restos en una furgoneta estanca y los lleva hasta su nave. Allí trata las pieles con sal para que se desangren por completo y las mantiene en una cámara a tres grados de temperatura.

Para ganar mercancía, se quedan con las piezas de las monterías que se despiezan en las carnicerías de Villanueva y Alcántara.

Y si no fueran pocos problemas, el mercado está en manos de los exportadores. Las curtidoras españolas cerraron en los años noventa. Ahora todo lo que se cura en sal y se seca de la cámara sale en un mes del puerto de Valencia para proveer a la industria textil y del calzado de Turquía, Pakistán o India.

«Estamos muy limitados, primero por las exigencias sanitarias y después por el escaso volumen que generamos. En Extremadura hay mucho ganado pero perdemos mucha piel porque sale vivo».

El tratamiento químico y los controles de seguridad que se exigen ahuyentan también a los potenciales inversores, que prefieren operar desde países con normativas más laxas. «A la piel ya se le saca poco dinero. Hay muchos elementos en contra», sentencia.

El negocio viene por recoger y salar muchas unidades. Juan Carlos mueve doscientas mil al año, el que más mueve de la región. Pero la opción de transformarla y venderla directamente a la industrial textil le resulta imposible. Para amortizar los costes de transporte, depuración y tratamiento hay que llegar, como mínimo, a las trescientas mil unidades al año.

Sector residual

En estos momentos, con la tendencia actual de vender en vivo, en Extremadura la piel aspira a consolidarse como sector residual en el que se sobrevive a duras penas. «Esto hay que mamarlo desde pequeño. Hay que tener olfato para saber hasta dónde puedes llegar». Ese olfato es el que hace que en pocas horas pase de negocio redondo a trato ruinoso. «Estas en el último eslabón de la cadena. Las recoges y las preparas, pero hasta que llegan a Asia pueden pasar muchas cosas que tú no controlas».

El mercado tan fluctuante hace que la pieza de cordero pase de veinte a tres euros en pocas semanas. El vacuno, en cambio, tiene un comportamiento más estable por su amplia demanda para calzado y textil. Se suele vender a sesenta euros. Ahora el reto es el venado. De momento no vale nada. Es un residuo más que se tira y al que se le intenta sacar rendimiento vendiéndola para gelatinas y pinturas químicas.

Pero todos esos precios están siempre en cuarentena. Hay que analizar cada pieza que entra en la nave y ver si tiene desperfectos por el corte de los carniceros a desollar, el frío -arruga la piel del animal- o los parásitos que anidan entre la lana.

También debe estar pendiente a las alertas sanitarias que se declaren en el seno de la Unión Europeo. Las restricciones pueden paralizar el transporte con los países asiáticos.

Juan Carlos siempre pone el mismo ejemplo. En el año 1999 un barco cargado con pieles de los mataderos extremeños se quedó en Valencia cuando ya estaba vendido a Turquía por un conflicto diplomático entre este país y Rusia. «Las piezas se vendieron a casi veinte euros y de repente nos llamaron que no pagan nada. Ruina total».

A pesar de todos los contratiempos con los que lidia, Juan Carlos insiste en defender su oficio y en recordar a todos los pieleros que se paseaban con las mulas hace un siglo. «Esto me gusta mucho».

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