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El palacio de cristal del pepino

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Ángel Julián Sánchez recolectando pepinos en el invernadero de Finca Boyal, ubicado en Don Benito. :: lorenzo cordero

  • En la región se cultivan 3,5 millones de kilos de esta hortaliza

  • La mayoría en un invernadero de 10 hectáreas, ubicado en Don Benito y totalmente cerrado, con producción que se exporta a Holanda y Alemania

Cruzar su puerta es como teletransportarse a otro país. Con un paseo por sus instalaciones es fácil olvidarse de que estás en un pueblo de Extremadura. En su interior se pueden escuchar varios idiomas: alemán, inglés, holandés e incluso polaco.

Los agricultores se pasean por la 'avenida' principal en bicicleta. Lo hacen mientras escuchan los temas musicales más actuales que suenan por las radios ubicadas en cada rincón. Allí, las distancias son largas. Cada mañana pueden recorrer más de cinco kilómetros a 26 grados, ya sea invierno o verano, y a un ritmo que dista mucho de la típica imagen que nos viene a la cabeza cuando hablamos de trabajo en el campo.

Ellos pedalean en un lugar que perfectamente podría denominarse el palacio de cristal del pepino. En otras palabras, uno de los invernaderos más grandes de la región, el único que se dedica a este cultivo a gran escala en esta comunidad autónoma. Se denomina Finca Boyal y consta de diez hectáreas ubicadas en Don Benito donde tratan a esta hortaliza como a un auténtico rey en un espacio totalmente acristalado. Son 100.000 metros cuadrados en los que el pasillo principal mide, desde la primera línea del invernadero hasta la última, 550 metros de largo.

El encargado de que se mime al pepino como a la gran joya de la corona es un holandés. Se llama Edwin de Craen y llegó a Extremadura hace siete años. Vive en Medellín y todos los días se desplaza hasta el polígono industrial San Isidro, donde está el invernadero en el que trabaja. Pertenece a la empresa holandesa Scherpenhuizen B. V. Esta se encarga de formar a los trabajadores para que aprendan todo sobre este cultivo que en Extremadura no puede presumir de tener una gran producción. Concretamente, cada año se crían en la región 3,5 millones de kilos aproximadamente.

Los empresarios de Finca Boyal recorriendo en bicicleta la calle principal del invernadero.

Los empresarios de Finca Boyal recorriendo en bicicleta la calle principal del invernadero. / L. Cordero

Poco si se compara con otros cultivos como el tomate, cuya producción en la campaña de 2016 fue de 1.771.970 toneladas en una superficie cosechada de 22.645 hectáreas en toda la región.

También es poco si se atiende a las cifras que se mueven en la Unión Europea, donde la producción de pepino se eleva hasta los 2.781,52 millones de kilos. España ocupa el primer lugar con 754,4 millones, el 27,12 por ciento del total, y Almería es la gran productora, que genera 430 millones de kilos por campaña, con una superficie de 5.000 hectáreas. En cifras económicas eso se traduce a unos 200 millones de euros.

A España le sigue Polonia, con 512,71 millones de kilos, y Holanda, con 400 millones. La cuarta posición es para Alemania, con 223,43, y el quinto lugar lo ocupa Rumanía, que produce 169,49 millones de kilos.

«La campaña de 2016 ha sido buena por producción y por precio, que se ha mantenido bastante estable, aunque es un fruto que varía mucho. Todo depende de Almería. Es la provincia que marca el ritmo. Si allí hace más frío, el precio sube. Miramos más el tiempo de esa provincia que el que va a hacer aquí», reconoce Edwin, quien destaca que casi el cien por cien de la producción la exportan a Alemania y Holanda. «España no es una gran consumidora de este producto, aunque en los últimos años ha repuntado», añade.

En concreto lo ha hecho la variedad en la que ellos están especializados. Se trata de un pepino que se denomina 'snack'. Se caracteriza por su pequeño tamaño. Su peso no supera los 50 gramos y es muy crujiente.

De cada planta se obtienen en torno a 150 pepinos. En el invernadero de Don Benito cuentan con 660 líneas y en cada una de ellas hay un total de 480. Algunas pueden alcanzar hasta los doce metros de largo.

Para ello, es necesario una temperatura de 26 grados durante el día y de 20 por la noche. «Desde que se siembra hasta que se recolecta, en invierno el proceso dura dos semanas y media, y en verano unos diez días aproximadamente», detalla Edwin. De todo eso se encargan los 190 empleados con los que suelen contar. La mayoría son de localidades como Don Benito y Villanueva de la Serena, pero también los hay procedentes de Polonia, Gran Bretaña y Holanda.

Entre las labores principales destaca la siembra, el guiado de la planta para que crezca correctamente, la eliminación de las hojas y la recolección.

«En un día puedo recolectar seis mil pepinos. He trabajado en el tomate, la aceituna y la fruta, y de todos los cultivos, me quedo con este», confiesa Ángel Julián Sánchez, que trabaja en Finca Boyal desde abril de 2016. Lo explica mientras introduce los frutos recolectados en una caja que pone su nombre. Es la manera de que la empresa sepa si los trabajadores realizan bien sus funciones.

Del peso y la clasificación se encargan unas 25 personas. La mayoría son mujeres y trabajan en una nave de 2.000 metros cuadrados aledaña al invernadero. Tras ese proceso, los pepinos se introducen en cajas de diferente formato. Las más comunes son de 250 gramos, aunque varían dependiendo del cliente. Seguidamente, pasan a la cámara frigorífica, donde pueden llegar a estar tres días a 13 grados. En ella caben 150 palets. Cada uno de ellos contiene 700 kilos de pepinos.

El control de plagas se suma a estas tareas. Es una de las más importantes, ya que un pequeño descuido puede arruinar la producción. «El pepino es considerado una hortaliza fácil de cultivar, basta con aportar la cantidad de agua y abono necesaria para obtener una copiosa producción de frutos, sin embargo para optimizar el proceso debemos tecnificar la forma de trepar las plantas, controlar eficientemente las malezas, las enfermedades y las plagas. Entre ellas las que más se suelen dar en los invernaderos son la mosca blanca y los pulgones, que se mueven lentamente por la planta y se alimentan chupando la savia de las hojas, capullos y brotes jóvenes», explica Antonio Domínguez, encargado de lucha biológica en el invernadero de Finca Boyal. «Sobre todo utilizamos métodos preventivos para que no se den y control biológico», detalla Domínguez, quien apunta que no han sufrido plagas de grandes dimensiones que hayan afectado a la producción.

Lo que sí recuerdan como un gran daño es lo que sucedió con la 'crisis del pepino', que supuso pérdidas diarias que llegaron a superar el millón y medio de euros en el sector hortofrutícola de la comunidad autónoma, según datos proporcionados por la organización agraria Apag-Asaja y la asociación de fruticultores Afruex.

Aluden a 2011. En ese año la bacteria E. coli comenzó en Alemania tras detectarse un aumento muy significativo de enfermos con diarrea sanguinolenta. Causó más de 30 muertes y más de 3.000 afectados, según los datos del Centro Europeo de Control de Enfermedades. Berlín confirmó que el origen estaba en los brotes germinados de soja encontrados en una granja de Baja Sajonia (Alemania).

Sin embargo, antes de llegar a esa conclusión, una dirigente alemana achacó las primeras muertes entre sus conciudadanos por la bacteria E. coli a la ingesta de pepinos importados de España. La noticia sembró la duda entre los consumidores europeos y se provocó un efecto dominó que dejó sin salida toneladas de fruta cultivada en esta región. «Ese año fue fatídico. Afectó a toda la producción. Directamente se paró la campaña. El pepino pasó a no valer nada en el mercado. El sector se recuperó, pero tuvimos que solicitar ayudas públicas, aunque no recibimos muchas», confiesa Edwin.

Esto tan sólo pasó dos años después de que esta producción de pepino de capital holandés empezara a obtener sus primeros frutos. Por las instalaciones en las que ahora se ubica Finca Boyal, antes pasó un grupo belga denominado Flandextra S. A. Su objetivo era satisfacer las necesidades derivadas de la escasez de producción de tomates que durante el invierno y la primavera existe en los países del centro y norte de Europa, con un concepto completamente nuevo para la zona sur del continente. Sin embargo, esta idea no funcionó y acabó disolviéndose para dar paso a un cultivo con mucha menos tradición en la región extremeña.

Por el momento, el pepino sí está dando sus frutos. En un año, este invernadero, que cuenta con maquinaria cien por cien holandesa y de última tecnología, factura unos siete millones de euros. Sin embargo, no todo es beneficio. «El sol es nuestro mejor aliado y lo aprovechamos. Aun así los costes en gas siguen siendo muy altos», reconoce Edwin.

Con él coincide José Enrique Ponce Moreno. Nació en Alemania pero vive en España desde los 14 años. Es el jefe de administración de Finca Boyal y, según cuenta, gastan aproximadamente un millón de euros anuales en calefacción y unos 300 metros cúbicos de agua al día. «En verano, esa cantidad puede ascender hasta los 1.000», apunta Ponce.

Al consumo de recursos energéticos se suma el gasto en transporte. Cada semana salen desde esta instalación de Don Benito entre cuatro y seis camiones con destino a Holanda y Alemania. Cada uno de ellos va cargado con 15.000 kilos de pepinos y eso supone económicamente más de 3.000 euros de costes.

Pese a los gastos, las condiciones meteorológicas de Extremadura hacen que la producción sea rentable. «Para tener un buen rendimiento es necesario muchas horas de luz, agua y la temperatura adecuada, así como fertilizantes naturales. Todo eso se da en esta región. Además, un invernadero de cristal es siempre mejor que uno exclusivamente de plástico. La luz del sol entra con más facilidad y eso se nota en la calidad final del producto», matiza Edwin.

Él apunta que en Extremadura sólo hay otro invernadero con unas características similares al que él gestiona. Está ubicado en la localidad pacense de Navalvillar de Pela, produce pimientos y de ello se encarga la empresa británica Tangmere Airfield Nulceries.