El inicio de la cuarta ruta que el Ayuntamiento de Cáceres recomienda bajo el epígrafe 'Rutas por la naturaleza' se marca en la charca del Marco. También llamada Fuente del Rey, ha servido durante muchos años para el regadío de numerosas huertas de la Ribera del Marco, así como para mover molinos o suministrar agua a tenerías, batanes o lavaderos. Hasta 1993, la estampa de la charca era prácticamente de un basurero, pero en los últimos años, diferentes actuaciones han embellecido el entorno. Aún queda mucho por hacer y de hecho, actualmente se llevan a cabo tareas de limpieza y recuperación de la zona.
La siguiente parada es Fuente Concejo. Es la más popular, transitada y admirada de las fuentes cacereñas. Mucho tiene que ver su emplazamiento estratégico y la abundancia de sus aguas silíceas, según se apunta en diferentes documentos. Se construyó en la segunda mitad del siglo XV, siguiendo órdenes del noble Alfonso Golfín. Se cerró en 1964 por orden gubernativa por considerarse que el agua estaba contaminada y era un peligro para la salud pública. Desde 1992, la Universidad Popular la ha restaurado y adecentado en varias ocasiones.
También la Fuente Fría ha sido rehabilitada más de una vez y es precisamente la siguiente parada de esta ruta. Está situada en un paraje conocido como ‘La Troncha’ que conduce a la Montaña. Cuando el Gobernador Civil lanzó la orden de cierre de todas las fuentes, Fuente Fría fue la única que no se clausuró y por tanto, se permitía al vecindario su utilización. Actualmente, los ciudadanos siguen recogiendo agua a pesar de que distintos estudios revelan su falta de idoneidad para el consumo porque supera los niveles de níquel recomendados. A su favor juega el dicho popular de que es buena para cocinar garbanzos.
Siguiente parada: Fuente Rocha. No gozó de la importancia y popularidad de fuentes como Concejo o Fría porque no dispuso de un caudal abundante, pero hasta los años cincuenta abasteció a los vecinos de San Marquino. De estilo neomudéjar, fue restaurada por la empresa constructora de la urbanización en 1993.
Tras un paseo por olivares y casas de campo se llega hasta la mina de Valdeflores. Cerrada desde inicios de los noventa por peligro de derrumbamiento, se explotó principalmente a mediados del siglo XX para beneficiar el óxido de estaño, mineral que se presenta en filones de cuarzo. Sólo se puede acceder a las escombreras. Otro punto para detenerse es aquel donde se encontraba el hospital antituberculoso, tal y como se denominó durante la postguerra (durante la guerra civil fue utilizado como Hospital de sangre). Se construyó en 1930 y recibió el nombre de Enfermería Victoria Eugenia. A partir de 1950 fue abandonado. Quedó reducido a un montón de ruinas y escombros, de modo que en 2001 se demolió y se acordó la recuperación medioambiental del entorno.
La cantera de Portanchito, donde se explotó cuarcita, es de difícil recuperación. Cuando sus responsables abandonaron la cantera lo hicieron sin realizar correciones en el terreno. Es decir, ni reforestaron, ni regeneraron el suelo ni cualquier otra acción para integrar la zona en el entorno, por lo que el impacto visual es considerable. En el borde sureste puede verse un pequeño filón de caolín que destaca por su color blanco. A la entrada, en algunos bloques de cuarcita, hay bellos ejemplares de dendritas de oligisto (rojizo) y pirolusita (negro) que, a veces, se pueden confundir con fósiles de plantas.