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Saharauis preparados para el regreso

Pensando en el regreso

Saharauis preparados para el regreso

Han creado una sólida estructura social gracias a oenegés, como Amigos del Pueblo Saharaui de Extermadura, a la que pertenece la secuestrada Ainhoa Fernández

10.12.11 - 00:51 -
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Saharauis preparados para el regreso
A pesar de las condiciones en las que vive este pueblo nómada, se prepara cada día pensando en el regreso a casa. / LUCAS GARRA
A las siete de la mañana comenzaron los chillidos ahogados en sangre pero mi cuerpo, estaba tan cansado que le daba igual lo que estuviera sucediendo afuera. Mohamed Sidiacman, excombatiente del Frente Polisario de 58 años, retirado a causa de las heridas sufridas en la cabeza y la espalda durante la guerra con Marruecos, no dejaba de entrar y salir, cuchillo en mano, del alfombrado salón donde yo dormía para comprobar si por fin me había puesto en pie, pero lo que menos me apetecía en ese momento era levantarme para ver una cabra degollada y repartiendo sangre, como si tratara de bendecir el patio de la sencilla casa de adobe donde me hospedaba.
Lo único que necesitaba era un chocolate con churros, o un café con migas o una buena tostada con manteca ‘colorá’ pero no una ración extra de glóbulos rojos bajo un sol que ya era de justicia y ante dos desconocidos que me recibían con un cuchillo ensangrentado.
Esto me enseñó que no sería necesario pasar mucho tiempo en los campos de refugiados saharauis para echar de menos las cosas sencillas a las que estaba acostumbrado, como una ducha.
Y es que en estos inhóspitos campamentos situados al suroeste de Argelia, desde que en 1975 el rey Hassan II de Marruecos convocara la Marcha Verde para anexionarse el territorio del Sahara Occidental tras la descolonización española y expulsara al pueblo saharaui, no hay lugar para los caprichos.
Me alojaba en Smara, que junto a El Aaiun, Asuserd y Dajla forman las cuatro wilayas o provincias instaladas desde hace 36 años en una tierra prestada, sin recursos naturales suficientes para abastecer a las más de 200.000 personas que allí subsisten y donde el acceso a la comida, al agua potable, a la ropa, a la educación o a la sanidad, depende casi en exclusiva de las aportaciones de miles de personas solidarias, organismos internacionales como el Alto Cominisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), el Programa de Alimentación Mundial (PAM) dependiente de la ONU, la Media Luna Roja Saharaui, Cruz Roja Internacional, de las ONG que realizan proyectos de desarrollo sobre el terreno y de asociaciones como la de Amigos del Pueblo Saharaui en Extremadura, a la que pertenece Ainhoa Fernández del Rincón, una de la cooperantes secuestradas el pasado 22 de octubre en los campos de refugiados junto al cooperante catalán Enrique Goyalons y a la italiana Rosella Urru. Precisamente el lunes pasado fueron detenidos en Mauritania dos saharauis vinculados con este secuestro y ayer mismo fuentes gubernamentales de Burkina Faso dijeron haber contactado con los captores tras lo que se ofreciero a las autoridades españolas e italianas para futuras negociaciones. En un principio se culpó del secuestro a Al Qaeda, pero esta organización desmintió ayer ser la autora.
Marian, una de las tres hijas del excombatiente Sidiacman y nacida en los campos, afirma que hay que adaptarse y si se quiere sobrevivir en un país cuya cultura difiere tanto de aquella de la que uno procede liberarse de prejuicios y adaptarse a las circunstancias. Pero desayunar carne de cabra cocida no era mi primer plan del día y menos cuando uno mira a su alrededor y se da cuenta de que no hay una sola brizna de hierba o pastos con los que alimentar a los animales.
Di con la respuesta pocos días después cuando encontré varios de estos animales masticando los restos de comida, telas y plásticos que los pobladores desechan a las afueras de una de las muchas dairas o barrios construidos con adobe y lona y que conforman cada wilaya, que en el caso de Smara alberga a más de 100.000 refugiados. Pero cuando uno sale de casa y va de visita a la del vecino, aunque el refresco esté disipado hay que saber agradecer la invitación.
Las cuatro wilayas que salpican esta árida tierra se encuentran separadas por entre 15 y 35 kilómetros, excepto Dajla que se instaló a unos 200 kilómetros al Sureste de Tinduf con el fin de garantizar la supervivencia de la población en el supuesto caso de un nuevo ataque del ejército marroquí. Desplazarse entre ellas no es fácil, a pesar de que me habían informado de que estaban comunicadas por pistas y caminos. Pero lo cierto es que no existen. Solo dos carreteras comunican Tinduf con Rabuni, la capital administrativa y esta con Smara, lo demás son un sinfín de huellas de vehículos que se mezclan en la arena sin determinar cual es la dirección exacta para llegar a uno u otro lugar y donde solo el autóctono es capaz de orientarse sin un GPS. Incluso se me pasó por la cabeza ir soltando piedrecillas por la ventanilla del vehículo para no perderme en el regreso.
Educando para el futuro
Comunicarse con la población no me resultó complicado y en ocasiones tuve la sensación de encontrarme en alguna isla caribeña, pero no por el paisaje o el clima, que nada tiene que ver con estas latitudes, sino por el idioma.
Una de las primeras sensaciones que percibí al llegar al Sáhara argelino fue la misma que sentí hace años en la costa oeste americana, y es que el idioma español forma parte del sistema educativo bilingüe (hasaní-español) de este pueblo africano y que mantiene por propia voluntad al considerarlo parte de sus señas de identidad, a pesar de estar instalados en un entorno francófono. Es por esto que el invitado español, porque para poder viajar a los campos de refugiados debes de haber sido invitado previamente por una familia o bien pertenecer a alguna organización con proyecto en los campos, se siente cómodo entre este pueblo nómada.
Mientras que España lleva años tratando de encontrar el sistema educativo perfecto, el que se aplica en los campos de refugiados saharauis es un éxito y se sostiene bajo el lema ‘Un saharaui que sabe es un saharaui que enseña’.
Se trata de un asunto prioritario desde 1975 y es en las aulas donde se afianzan los valores que marcan las señas de identidad de este pueblo en el exilio y donde se inculcan las transformaciones de la nueva sociedad basadas en la unidad del pueblo, la dignidad nacional, la igualdad de sexos y la responsabilidad de cada uno en la construcción de la nueva historia.
Pese a existir otras necesidades como la falta de recursos, programas educativos y personal cualificado, la formación es un asunto de máxima prioridad; prueba de ello es haber pasado de un 85% de analfabetismo a la total escolarización de la población comprendida entre los 3 y los 16 años.
Si tras la expulsión eran los pocos docentes formados durante la época colonial o los propios estudiantes los que impartían las clases al aire libre y utilizando recursos como el carbón para escribir, ahora se crean escuelas y se envía a niños y niñas al extranjero para continuar su formación; por eso no es extraño encontrar a docentes, médicos o ingenieros con acento cubano o hablando un español perfecto.
Mamuni Mamud tiene 23 años y es soldado del Frente Polisario. Es uno de los cientos de estudiantes que han viajado a España para disfrutar de unas ‘Vacaciones en Paz’, unos de los proyectos organizados por la Asociación de Amigos del Pueblo Saharaui en Extremadura.
Como muchos otros, Mamuni también tuvo que superar con buenos resultados cada curso para ser acogido por una familia española.
Estos viajes, sufragados principalmente por las propias familias de acogida, tienen como finalidad permitir a los niños y niñas conocer una vida lejos del entorno bélico y del caluroso desierto y ofrecerles una atención sanitaria especializada durante su estancia. Estas visitas permiten a los más afortunados ver el mar, saltar a una piscina, jugar con una consola, disfrutar de las montañas o viajar, y a su regreso deberán contarle la aventura a sus compañeros.
Cuando Mamuni aún era estudiante visitó durante tres veranos la población extremeña de Maguilla, donde fue acogido por Julio López y Manoli Silva, un matrimonio hoy ya jubilado y que le recuerdan con especial cariño. Desde 2008 no saben nada de él y es que, como dice Julio, «ya sabes que ellos se intercambian las tarjetas de los móviles que compran en Tinduf entre todos los miembros de la familia y parte de los vecinos».
Cuando un estudiante finaliza la educación obligatoria comienza un nuevo camino. Aquellos que no pueden estudiar fuera tratan de buscar un hueco en la sociedad de los campos, pero la falta de empleo comienza a desinflar ese globo cargado de valores nacionales y memoria histórica que ha sido inculcada desde niño. Es cuando llega el momento de soñar con un futuro lejos del desierto y muchos lo consiguen, como Bachir Brahim, un joven de 27 años que hoy vive en Andújar (Jaén) y se dedica a la recolecta de aceitunas.
Economía de subsistencia
En los campos de refugiados es casi imposible una agricultura sostenible más allá de los huertos sufragados por organismos públicos españoles.
Si en la tierra de origen este pueblo vivía de recursos naturales como la minería y la pesca, hoy subsiste principalmente gracias a la ayuda humanitaria y a la buena organización en el reparto de bienes que permite descartar una pobreza absoluta. Pero lo que parece inevitable y comienza a verse es el nacimiento de diferentes estatus sociales.
Estas diferencias vienen dadas por el propio puesto que ocupa la familia en la sociedad, o bien por las ayudas económicas que reciben de familias españolas; por eso es posible encontrar viviendas realizadas con cemento, baldosas, sanitarios, televisores, parabólicas y red eléctrica alimentada por placas solares, mientras que otras viviendas siguen construidas con adobe y donde el váter es un agujero en el suelo.
Como en el resto de los campos de refugiados asentados en diferentes puntos del continente africano, el clima, la escasez de agua potable y la falta de vegetación también dificulta la agricultura y la cría de ganado. Pero los proyectos financiados por diferentes ayuntamientos, diputaciones y gobiernos autonómicos españoles han permitido la creación de al menos varios huertos que ayudan al autoabastecimiento de hospitales y escuelas, como el que la Junta de Extremadura mantiene a cinco kilómetros de Rabuni y muy cerca del Centro de Heridos y Mutilados de Guerra Martir Cherif, en el que colabora la Diputación de Badajoz.
Para suplir las carencias económicas han desarrollado actividades que, aunque no cubren todas las necesidades, sí permite subsistir a determinados sectores. Es el caso de la ganadería, principalmente sostenida por cabras y camellos, y la artesanía tradicional y textil, con un fin más centrado en la conservación de la cultura y el patrimonio que en el comercio. Estas actividades también favorecen la ocupación de las personas y facilitaría la reinserción laboral en un futuro regreso a su lugar de origen.
La construcción de pozos y muros de adobe para frenar el viento del desierto que arrastra la arena a gran velocidad, conocido como siroco, ha ayudado a que cada wilaya cuente con un huerto donde poder cultivar tomates, zanahorias y cebollas, sin embargo, la excesiva salinidad del agua ha llevado a algunas organizaciones a poner en marcha proyectos de plantas desalinizadoras.
Si alguien tiene especial relevancia en la creación de la nueva sociedad saharaui, esa es la mujer, ya que no solo se ocupa de sus funciones como madre y esposa, también se encarga de la educación y de tareas como acarrear el agua, la extracción de tierra arcillosa y la elaboración de los ladrillos de adobe. Muchas de ellas son responsables o forman parte de los comités de organización encargados de la artesanía, el trabajo, la sanidad, la justicia y el abastecimiento, funciones muy ligadas a la antigua sociedad nómada en la que el hombre se encargaba de la guerra y la mujer del resto de tareas.
Pero otras de las funciones que descubrí fue la de guardaespaldas y guía. Así lo aseguró Lala, otra de las hijas de Mohamed, el señor del cuchillo y la cabra con el que comenzó este reportaje. Y es que moverse por las wilayas no es sencillo porque la similitud entre las viviendas y la distribución de las calles impide orientarse bien; del mismo modo que, según afirmaba Lala, no es conveniente andar por ahí solo por miedo a los secuestros, ya que la frontera con Mauritania está muy cerca, a tan solo 75 kilómetros.
La prueba de fuego de los campamentos se encuentra en el área sanitaria y así lo pude comprobar cuando aparecieron los primeros síntomas de lo que se conoce como diarrea del viajero, causadas, principalmente por la falta de higiene o por ingerir bebidas o alimentos en mal estado.
El sistema sanitario está organizado en cuatro niveles. La primera asistencia empieza en la propia casa con medicina natural. Le siguen pequeños dispensarios que hay en cada daira y que están regidos por mujeres que atienden los casos más elementales, previenen y orientan. En un grado superior está el hospital de la wilaya, donde existen áreas especializadas y salas con capacidad para entre 20 y 40 camas. Y en el último nivel se encuentra el Hospital Central instalado en Rabuni y que, aunque de forma humilde, está equipado con laboratorio, farmacia, quirófano, sala de rayos X y departamentos de odontología, medicina general, ginecología, pediatría, traumatología y cuyo material ha sido donado en su mayor parte por Naciones Unidas.
Es en esta área donde el sistema educativo adquiere un nuevo valor: El equipo médico está compuesto por saharuis formados en Cuba y la plantilla de enfermeras ha estudiado en la escuela especializada del propio asentamiento, así como en Argelia y en España, una formación que le será de gran ayuda cuando regresen a su tierra.
Mientras tanto, en Smara, El Aaiun, Auserd y Dajla las mujeres seguirán dando a luz en casa, tratando de ampliar la población; los niños continuarán jugando al fútbol sin zapatillas; la comida se repartirá una vez al mes; la lluvia y el siroco volverán a tirar los muros de adobe, y los oasis serán como las posibilidades de volver a su tierra, de momento, un espejismo.
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