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«En los maltratadores hay un rasgo de dependencia hacia la mujer»

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«En los maltratadores hay un rasgo de dependencia hacia la mujer»

07.08.10 - 00:09 -
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«Que las personas que están en el centro penitenciario cumplan la pena de una manera que puedan ser reinsertables y regresar a la sociedad con las garantías de no volver a prisión». Así define ella misma su labor. Mercedes Iruarrizaga Sagredo (el apellido delata su procedencia) nació en Vitoria, acaba de cumplir 31 años y tiene la licenciatura en Psicología. Pero además es la subdirectora de Tratamiento del Centro Penitenciario de Badajoz desde hace siete meses. Viene de trabajar en la cárcel de Melilla y dice que la principal diferencia entre una prisión y otra es el número de internos, «aquí son más». Iruarrizaga aterrizó en Badajoz, entre otras cosas, para ser la terapeuta del 'Programa para agresores en el ámbito familiar', una iniciativa de la Secretaría General de Instituciones Penitenciarias que también ha llegado a la cárcel pacense.
-¿Cómo se elabora un programa de estas características?
-El programa lo dicta la Secretaría General, edita un librito donde se especifican las actuaciones y bases teóricas. No es que yo venga a hacer algo porque quiero. Hay una serie de pruebas que después se mandan a una universidad externa que las evalúa. El programa se imparte tanto en el interior del centro penitenciario como a personas que están fuera. Y hay que adecuarlo. Dentro de la cárcel son voluntarios, se oferta a toda la población que tiene esta tipología de delitos y ellos eligen si quieren o no hacerlo; fuera el juez pone una condena y valora si esa pena puede ser sustituida por este tipo de programas. Yo llevo el del interior de la prisión. El de fuera lo controla el Servicio de Gestión de Penas y Medidas Alternativas.
-¿Cuántos voluntarios hay ahora mismo en el programa?
-Ocho. Se han tenido en cuenta las fechas de cumplimiento, tienen que ser personas a las que les queden dos años de condena más o menos porque este programa dura de 10 a 14 meses. Cuando salen en libertad tienen los conocimientos frescos para ponerlos en práctica.
-Vayamos al grueso del asunto. ¿En qué consiste el programa?
-Hay una parte cognitiva-conductual que existe desde 2005. Trabaja los pensamientos de una persona y con esos pensamientos se trata de modificar conductas. En 2009 se actualiza, se mantiene la base cognitiva-conductual y se añade la perspectiva de género. ¿Qué es eso? Aparte de las emociones, habilidades sociales, control de la ira, los celos y la agresividad, se trabaja también la diferencia de roles, qué es género, qué es sexo, qué es violencia de género, los tipos de violencia, que no es solamente la física, sino psicológica, social, económica... La violencia indirecta a las víctimas secundarias como pueden ser los hijos... Se ha querido ampliar el contenido, no limitarnos sólo a la persona que tenemos delante, sino que éstas tomen conciencia de que es un problema mucho mayor.
-¿Cuál es el primer paso?
-Primero se hace el grupo, la piña. Es muy difícil hacer que unas personas asuman el delito, y es más complicado aún que dos personas se sienten juntas y compartan sus experiencias, y más en un medio como es el centro penitenciario. Partimos de la base de que es voluntario, sabemos que la gente quiere mejorar, tiene conciencia de que algo no hacen bien y por eso están en prisión. La primera parte es esa, que ellos encuentren un sitio donde puedan cambiar.
-Lo primordial, las emociones.
-Sí, tanto emociones propias identificables, como identificar emociones en los demás. También se trabajan creencias irracionales, hay muchos que creen que las mujeres son o dejan de ser, hacen o no hacen... Hay que darles otro punto de vista. Yo no tengo la varita mágica para cambiar a nadie, pero por lo menos intento que abran la mente para que se den cuenta de que hay otra realidad. También está la asunción de la responsabilidad, asumir lo que han hecho, un punto muy duro. Se trabaja la empatía, ponerse en el lugar del otro. Después se les enseña a controlar la ira con técnicas de relajación. Que piensen: 'Algo en mi cuerpo me está poniendo nervioso y voy a parar, voy a dar un paseo...'. Tienen que pararse y ponerse a pensar en ellos mismos. También se les habla de la agresión psicológica, la sexual, los distintos tipos de maltrato, como el maltrato a los hijos.
-¿En qué fase está ahora mismo el programa del centro penitenciario de Badajoz?
-Ahora estamos creando el grupo.
Optimismo
-Tiene la experiencia de Melilla. ¿Cómo fueron los resultados?
-Buenos. Hicimos tres ediciones enteras y mientras yo estuve allí ninguno volvió a entrar por delito de maltrato. Y sigo hablando con los compañeros de Melilla y todavía no ha entrado ninguno. Eso es un logro. Cuando ves que hablan, que están contando cómo se sienten, que se dan cuenta que están nerviosos y que son capaces de parar, de pensar y recapacitar, es un logro. Muchas veces el objetivo del programa no es que no vuelvan a delinquir, mi objetivo es mucho más bajo. Es que piensen, recapaciten, que sepan que tienen la capacidad de controlar los pensamientos. Y eso sirve para la vida en prisión, para la vida en libertad, para la vida laboral, con tu familia... Con todo el mundo. Es pararte a pensar.
-Hay quien cree que es un problema sin solución.
-Está claro que la víctima es la víctima, y hay que defenderla, respetarla y apoyarla, pero si con la persona que causa el delito no haces nada, va a volver a hacer el daño. Para evitar que haya más víctimas, es fundamental. Si no creyese que es posible una mejora real, no lo haría. España es pionera en este programa.
-¿Existe un perfil del maltratador?
-Hay personas que consumen, otras que no, unos tienen un poder adquisitivo alto con un trabajo normalizado, otros vienen de familias desestructuradas, hay otros que jamás han visto malos tratos, hay cristianos, musulmanes... No hay un perfil establecido.
-¿No hay nada común?
-Algún rasgo de dependencia hacia la mujer. Cuando la mujer no está, ellos se sienten abandonados. Dependencia, en general. Desde no saber poner la lavadora a dependencia emocional.
-¿Qué sorprende más?
-Ellos no se conocen a sí mismos. Nunca se han parado a pensar en 'yo soy, yo siento', para nada tienen desarrollada la inteligencia emocional. No saben expresar ni decir lo que sienten.
-¿Cómo se logra que se expresen?
-En la primera parte se intenta crear un buen clima grupal, si no, es muy difícil. Son temas personales de todo tipo. Y lo que se habla, se queda allí dentro, hay confidencialidad. Siempre hay una persona que está más dispuesta, y ahí entran las técnicas del terapeuta. Llega un momento en que son capaces de hablar de sus problemas entre ellos, y además ven los problemas ajenos.
-¿Qué le supone ser terapeuta de este programa a nivel personal?
-Aprendizaje. Ves su punto de vista, no compartes para nada lo que hacen pero entiendes lo que pasa por su cabeza, lo que sienten. Ellos me dan otros puntos de vista que para mí eran impensables.
-¿Podría poner algún ejemplo?
-Un interno de Melilla. Él expresaba el amor de una manera que no era entendido. Amaba tantísimo a su mujer que la tenía como en una cajita, eso sí, de oro y cristal y con diamantes y abrigos de pieles... La amaba de verdad, pero no la dejaba salir de casa. Realmente él la quería, pero de una forma que no era la adecuada. Esa persona en particular no se daba cuenta de que aquello no era normal. Tenía una señora para lavar, otra para cocinar..., como una marquesa. Decía que jamás le pegó ni insultó porque la quería. Es otra forma de maltrato.
-¿Nunca se ha escandalizado?
-Es que cuando yo voy a la terapia no soy mujer, soy terapeuta, tengo que separar. Si me escandalizo de algo de lo que dicen, apaga y vámonos, quito la confianza que ellos han depositado en mí. Estás trabajando para evitar. Por ahora soy muy positiva y optimista.
-Siempre que hay un caso de violencia de género el comentario típico de la vecina es: «Si era una persona normal...»
-Es que son personas que viven en sociedad y saben funcionar perfectamente. Un toxicómano llega a un punto en que empieza a robar y a desestructurarse. Pero estas personas viven en sociedad con relaciones normales. Si no se denuncia, no podemos hacer nada. Hay quien me ha dicho: «Yo doy gracias por haber entrado en prisión porque no me daba cuenta de lo que estaba haciendo (el de la cajita de oro)».
-¿Con qué se queda?
-Con la sensación de estar haciendo algo positivo.
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Iruarrizaga lleva siete meses trabajando en la cárcel de Badajoz. ::C.M.

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