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El visor de Schommer

SOCIEDAD

El visor de Schommer

Fue uno de los primeros en reclamar en España respeto artístico para la fotografía y a sus 81 años mantiene viva su pasión profesional

01.02.10 - 00:08 -
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«¿Que si me influyó el ambiente del estudio fotográfico de mi padre? No, para nada. No tengo ningún recuerdo de aquel estudio, apenas trabajé en él. Yo era pintor y utilizaba las fotos para que no se me olvidaran las personas o espacios que me interesaban. Así, tontamente, empecé a disparar».
Alberto Schommer ha cubierto las paredes de su espacioso piso, en el barrio madrileño de Salamanca, con cuadros y grabados de sus amigos artistas: Eduardo Chillida, Pablo Palazuelo, Eduardo Arroyo y Carmelo Ortiz de Elguea; éste último, de Vitoria, como él.
Sobre una mesa pequeña reposan sus dos primeras cámaras, muy cerca de los libros de los grandes fotógrafos, como Irving Penn y William Klein, que le impulsaron a tomar el camino de la fotografía, difícil y raro en la España de los años cincuenta, un primer paso en una trayectoria que el Museo de Bellas Artes de Bilbao revisará en una muestra a partir del próximo 9 de febrero.
El ambiente de su casa da a entender que Schommer no distingue entre el arte y la fotografía; y refleja la vida de este hombre de 81 años, un histórico, un pionero, una figura imprescindible para comprender la Transición española, que lejos de acomodarse en su sillón aún se entusiasma al contar, moviendo sus manos arriba y abajo, su último reportaje en el metro de Madrid.
«Puse la cámara en automático y tuve que esconderla en la tripa, debajo del brazo, entre las piernas, para que nadie se diera cuenta de que estaba trabajando», explica.
- ¿Cómo le salieron sus primeras fotos?
- Vibradas, movidas. No tenía un pulso muy bueno ni sabía mantener la Leica. Los ayudantes de mi padre me ponían velocidades bajas, un 10, un 15, un 20, y salieron como tenían que salir, imperfectas, aunque con un sentido muy interesante.
Su padre, el alemán Albrecht Schommer, llegó a la ciudad de Vitoria en el año 1922, abrió un estudio fotográfico y tres años después se casó con Rosario García Ugalde. Su hijo Alberto nació en 1928 y desde joven se unió a las iniciativas artísticas de la ciudad.
«Conocía a los artistas y participaba en el cineclub. Un día vino un director, vio mis fotos y me dijo que comprara un libro de Edward Steichen, 'La familia del hombre', que acababa de salir. Luego me recomendó las obras de Richard Avedon y de Irving Penn. Compré los libros, era el año cincuenta y pocos, y me dije: 'Esto es un mundo, una maravilla'. Yo no sabía que existía todo eso».
Las primeras fotos de Schommer se empezaron a exponer en los escaparates de Vitoria.
- ¿Qué pensaba la gente?
- Que era algo extraño. Mi padre tenía sentido artístico pero siempre se había dedicado a la foto comercial. Un día pasaron unos extranjeros que venían del frontón, vieron lo que hacía y, como eran el presidente y el director de una importante agencia de publicidad francesa, me quisieron llevar a París.
- ¿Aceptó la oferta?
- Me acababa de casar, así que fue en el año 1957. Fui a París con mi mujer. Ella conocía a una sobrina de Balenciaga que nos presentó al modisto, él vio mi obra y dijo: 'Tú eres mi fotógrafo'. Me ofrecieron un cantidad de dinero muy importante en aquella época. Pero mis padres insistieron en que volviera a Vitoria. Me hicieron polvo. Porque yo quería quedarme a trabajar allí y marcharme luego a Nueva York.
La orden de Franco
- ¿Qué ambiente había entonces en Vitoria?
- Desde el punto de vista de la fotografía, no había nada. Y en Madrid, tampoco. Sólo se movía la gente de Zaj, entre ellos los vascos Luis de Pablo y Esther Ferrer, pintores como Sempere y algunos arquitectos, más o menos los que luego montamos los Encuentros de Pamplona en 1972.
- ¿Y el grupo Orain, con Ortiz de Elguea y Juan Mieg?
- Presentamos unos cuadros y una de mis fotografías, que ahora la ponen en la exposición. Oteiza automáticamente se enfadó con todos, me vine a Madrid y aquello se quedó en nada. Pero fue bueno que el grupo naciera.
Una vez en la ciudad madrileña, Schommer se fue defendiendo con la publicidad y la moda, aunque no se sentía a gusto con esa manera de ganarse la vida. «Me daban un dibujo sobre cómo tenía que ser la foto. A mí no me apetecía interpretarlo, pensaba que se podía mejorar».
En esa época le llamó el académico Luis María Ansón, entonces director del diario 'Abc', y le propuso publicar todos los sábados, en la página 2, fotografías de mujeres. Schommer le convenció para retratar a los políticos, empresarios e intelectuales más notorios en las postrimerías del franquismo. Y así nacieron los 'Retratos psicológicos', el primer paso de gigante que dio el fotógrafo en la dirección de su reconocimiento como artista.
Retrataba a los políticos de una manera irónica para que no se dieran cuenta de que estaba criticando al régimen con las fotos. Uno de los pocos que se enteró fue Franco, al ver la foto de Gregorio López Rodó, un tecnócrata del Opus, con un niño entre brazos que simbolizaba un futuro nuevo y distinto. Habló de la foto en el Consejo de Ministros y les prohibió que se retrataran con 'ese fotógrafo extranjero'. Era un tipo de foto muy fría, en la que analizaba muy bien a la persona y el planteamiento antes de la sesión.
- Después de haber retratado a tantas personalidades, ¿cuál es su visión de la celebridad?
- Es el ego.Todos lo tienen, o lo tenemos. No hubo nadie que se negara. Todos vinieron como ovejitas. Algunos se postulaban. Pero la lista la hacía yo. Nunca nadie me ha impuesto un personaje.
Schommer se convirtió en el fotógrafo que mejor retrató el espíritu de la Transición, una fama que se acrecentó cuando publicó en 'El País' las series de 'La Iglesia española en levitación', 'Grupos políticos' y 'El desmontaje del franquismo', un periodo en el que también se adentró en los temas sociales, como el paro y la droga. «Cada profesión tiene su misterio. Ser fotógrafo te permite viajar, ver lugares nuevos, paisajes, ciudades. Conozco todo el mundo menos Australia, y ahora estoy preparando un viaje a China», relata.
Aun así, siempre ha tenido un pie en el País Vasco. «Lo he vivido con mucha intensidad. Cuando ETA realizó su primer asesinato, el de Melitón Manzanas, justo pasé al lado minutos después». En 1978 publicó uno de sus libros que él considera más importantes, 'El grito de un pueblo', con textos de Martín de Ugalde, en el que caracterizaba Euskadi a través de la violencia, la lengua, el desarrollo, el paisaje y la tradición.
«ETA terminará y sus elementos se irán integrando, aunque me preocupa lo que pueda suceder hasta entonces. Desde una perspectiva fotográfica, ya no tiene ningún interés. Todo lo que he hecho allí ha sido muy fuerte y ya no hay nada parecido. Claro, que eso es mucho mejor para los ciudadanos» nos explica el fotógrafo. Y añade: «Son ahora los ciudadanos los que, gracias a la tecnología digital, se han convertido en fotógrafos que registran los momentos más variados de sus vidas».
A él le gusta esta popularización de la foto. «Me conmueve ver a los niños manejando sus cámaras. Siempre pienso que, si les aconsejaran un poco, podrían hacer cosas de las que se sentirían orgullosos». No obstante, sigue fiel a sus cámaras analógicas. «Si quieres calidad, tienes que utilizarlas», concluye.
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