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Un arroz, un baño y unas pieles

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Un arroz, un baño y unas pieles

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Torremejía es un pueblo grandote, una especie de sábana blanca situada en la llanura. Por aquí pasaba la carretera general y el pueblo era parada obligada a la hora del desayuno y la comida. Ahora sigue pasando, pero la autovía ha eliminado el tráfico y solo los avisados se detienen en las cafeterías de la N-630 a disfrutar de un descanso reparador.
Lo que no ha desaparecido de Torremejía es la Vía de la Plata. Entre Almendralejo y Mérida, los peregrinos recorren una llanura sin fin por un camino lleno de piedrecillas que castigan los pies y ponen a prueba la voluntad. Menos mal que en medio queda Torremejía y los caminantes, que se las saben todas, se detienen en el restaurante Flores de la Rosa y a base de arroz y otras gracias, superan el cansancio y siguen ruta entonados y contentos.
Nuestra peregrinación es más cómoda: vamos en coche. Pero también sabemos que en este restaurante tienen especialidades exquisitas. Antes de recorrer este pueblo tan literario, vamos a dar cuenta en el restaurante Flores de la Rosa, situado en la travesía de la 630, de un arroz de perdiz (24 euros), o de un arroz con liebre (22), o de un arroz con pollo de campo (22), o de un cochinillo al horno (18), o de un asado de cabrito o de cordero (18)... Pero atención, antes de ir, hay que cerciorarse de que ese día tienen estos platos deliciosos. O mejor, encargarlos al 924.341.017. El jefe se acercará al corral, matará un pollo, lo desplumará y a la hora de comer, tendremos el arroz preparado.
Acabada la comida, nos disponemos a dar una vuelta por Torremejía, el pueblo que inspiró a Camilo José Cela su cruda novela 'La familia de Pascual Duarte'. Lo primero que nos sale al paso es el perrito de la foto, simpático y juguetón, con cascabel y lacito. Es menudo, lanudo, cariñoso, enreda con una pelota e inspira ternura y sonrisas. Nada que ver, desde luego, con las perrillas ruines y bravías como la perdiguera Chispa, que aparece en el libro de Cela.
El protagonista de Pascual Duarte cuenta en la primera página de la novela: «Nací hace ya muchos años en un pueblo perdido de Badajoz; el pueblo estaba a unas dos leguas de Almendralejo, agachado sobre una carretera lisa y larga como un día sin pan». Desde lejos, Torremejía sigue más o menos igual: agachado sobre una carretera lisa y larga. También siguen predominando «las casas pintadas tan blancas». La diferencia, claro está, se encuentra en el interior de esas casas, en sus comodidades, sus líneas de wi-fi, su mobiliario moderno...
«En la plaza estaba el ayuntamiento, que era grande y cuadrado como un cajón de tabaco, con una torre en medio, y en la torre un reloj, blanco como una hostia, parado siempre en las nueve como si el pueblo no necesitase de sus servicios, sino sólo de su adorno», describe Cela en su obra. El caso es que deambulamos entre las calles largas, bajo la sombra de los naranjos en hilera y llegamos a esa plaza, que sigue allí como en los años 40, pero bien urbanizada, plácida y agradable, con el mismo Ayuntamiento y la misma torre con un reloj, que ahora tiene mecanismo moderno y electrónico.
La plaza tiene, además, un templete singular con mucho adorno y mucha importancia, palmeras estilosas, bancos de fundición y farolas elegantes. Las calles, muchas de las cuales están dedicadas a escritores (Cervantes, Lorca, Miguel Hernández y el propio Cela), relucen limpias y bien urbanizadas y el pueblo, en fin, ha perdido tremendismo y tiene su gracia.
Dejamos ya Torremejía, agachado y blanco, y cogemos la carretera de Alange. A poco de salir del pueblo, nos fijamos en la imponente mole del castillo de Alange, situado sobre un promontorio. El castillo preside la Tierra de Barros y se distingue desde cualquier punto de la comarca. Tras cruzar la presa, llegamos al pueblo.
Alange y Torremejía tienen una población parecida: algo más de 2.000 habitantes. Pero mientras que en el pueblo novelesco la agricultura ha marcado su economía, en el pueblo termal, son las aguas quienes han decidido su futuro. Las termas romanas han ido moldeando la localidad y le han dado ese aire plácido y tranquilo que tanto gusta a los turistas de balneario.
Jardín reparador
En la parte baja del pueblo, están las aguas salutíferas y también los hoteles, las pensiones de toda la vida y un jardín reparador donde reina la armonía. Te puedes sentar en las sillas del jardín a sestear un rato. A eso de las cinco, el paseo se anima. Del cercano hotel Aqualange empiezan a salir parejas y grupos de amigos abrigados con albornoces blancos. Es una curiosa estampa viscontiniana de bañistas en busca de las aguas relajantes de Alange.
El hotel Aqualange es moderno, pero tiene una escalera solemne muy de la Belle Époque. Se puede tomar café en su agradable terraza o en las estilosas mesas de su cafetería. Encima del balneario, queda el hotel Varinia Serena. Es más clásico, pero igual de agradable y tiene un jardín que te envuelve y tranquiliza.
Tras tomar los baños en Alange y antes de irnos de compras a La Zarza, nos acercamos a merendar a La Venta del Cuerno. Está a un paso de Alange, en la carretera de Mérida. Además de sus chuletas, sus bacalaos o sus embutidos, de esta venta siempre nos ha atraído su leyenda, que dice que aquí se hospedó Isabel la Católica para curarse de un catarro. Dice también la leyenda que el nombre le viene de unos bandoleros, que arrojaron un cuerno por la chimenea para que estallara y, aprovechando el susto, le robaron el botín a unos compinches que reparaban fuerzas en la venta.
La última etapa del viaje es La Zarza... ¡Cuidado, llámenla así y no incurran en el común error de llamarla Zarza de Alange! Este pueblo es uno de los más importantes de las tierras de Mérida. Como dependía de Alange, fue llamado durante siglos Zarza de Alange o Zarza junto a Alange, pero el 20 de marzo de 1991, un decreto del DOE fijó definitivamente su nombre. Desde entonces se llama La Zarza, sin apellidos, La Zarza, a secas y definitivamente independiente.
Si Torremejía era muy agrícola y Alange, muy 'acuático', La Zarza (3.568 habitantes) es de todo: peletero, dulcero, vinatero, chacinero... Es un pueblo magnífico para ir de compras artesanales: buenos vinos, roscas de hojaldre, bollos de naranja... Aunque con la entrada del frío, lo más apetecible en estas fechas es acercarse a La Zarza a equiparse para el invierno.
Es un pueblo de tradición peletera. Desde antiguo, aquí se han comprado pieles, secado, estirado, conservado con sal y vendido a fábricas. Venían desde Madrid, pedían tantas pieles de zorro para hacerse un abrigo y se las llevaban a la capital, donde confeccionaban la prenda y se quedaban con el valor añadido.
Hace 29 años, los zarceños se plantaron, abrieron sus propias peleterías (la primera fue Macías, más conocida por Casa Bernardi) y se pusieron a elaborar ellos mismos cazadoras, abrigos y chaquetones. En el pueblo hay media docena de buenas peleterías y el sector emplea a medio centenar de personas. Y así, bien alimentados, bien bañados y bien abrigados, culminamos nuestro recorrido semanal por El País que Nunca se Acaba.
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A las cinco de la tarde, los bañistas, embutidos en sus albornoces blancos, salen de los hoteles para acercarse al balneario de Alange a tomar los baños. / ESPERANZA RUBIO
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Este can juguetón no salía en Pascual Duarte.
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