En diciembre de 2006, en el pequeño polígono industrial situado junto al arroyo Albarregas, en Mérida, la Policía Local se vio obligada a abatir a un perro vagabundo que había atacado a varias personas. Desde entonces, en la capital autonómica y su comarca, no se había oído volver a hablar de un tema similar... hasta el pasado fin de semana. En Calamonte (6.000 habitantes, a cuatro kilómetros de la capital autonómica) el vecindario mantiene todavía el susto en el cuerpo al conocer la historia de dos hermanos, uno albañil y otro en paro, que hoy pueden contar que salieron indemnes de la furibunda reacción de un mastín de 1,60 metros de envergadura.
Marco Antonio Andrade, de 31 años, padre de un niño de cuatro meses, y su hermano José, de 36 años y con una criatura de ocho años, fueron atacados en una finca rústica con ferocidad por ese animal. Los hermanos fueron operados de urgencia en el hospital de Mérida de unas heridas graves que supusieron, incluso, la pérdida de carne. Los dos han recibido numerosos puntos interiores y grapas Sólo Marco Antonio, por ejemplo, lleva más de 80 puntos de sutura en su pierna derecha.
Un mastín, en plenitud, puede pesar unos 120 kilos y vivir hasta 14 años. El de esa finca, según los testimonios de los heridos, puede tener unos tres años de vida y unos cincuenta kilos de peso. El ataque del mastín se produjo de manera sorprendente el pasado jueves, tres días después de que perro y trabajadores llevaran conviviendo por obras.
Marco Antonio Andrade, titular de una pequeña empresa de albañilería, trabajaba junto a dos empleados en el chalé, situado en el término municipal de Mérida, aunque más próximo a Arroyo de San Serván que a la propia ciudad de Mérida y a Calamonte. Realizaban trabajos de reformas en esa vivienda rural y no habían tenido problemas con el mastín, que eso sí, siempre observaba atado el trajín de la faena. El dueño del chalé se acercaba cada ciertas horas, casi siempre en el momento del almuerzo, a comprobar el estado de la actuación.
Caída y defensa
Sin que se sepa por qué, cerca de las dos de la tarde, el perro se soltó y cuando Marco Antonio se quiso dar cuenta lo tenía encima. «Parecía un león. No me lo podía explicar porque no le habíamos hecho nada. Cuando lo ví levantado sobre las dos patas, cerré los ojos, salí a correr y pensé que saliera lo que Dios quisiera», acierta a comentar el albañil calamonteño, aún con el pánico en su discurso. «No sé lo que le pasaría al perro, le daría un 'arrepío', yo qué sé, pero se lanzó a por mí con tan mala suerte que, al huir, tropecé y caí al suelo. Entonces fue cuando se me tiró a la pierna y me empezó a morder», añade.
Los otros dos que trabajaban con él en la obra intentaron ayudar y la fortuna (o la desgracia para él) quiso también que, en ese instante, acudiera al chalé su hermano José, que venía preguntar si había trabajo porque estaba desempleado.
Entre todos, armados con palas y otros instrumentos de albañilería se intentaron zafar del animal, que, visto lo visto, se enrabietó aún más. José, en su intento de auxilio a su hermano, sacó un brazo, el izquierdo, que pronto fue objeto del ataque furioso del canino.
Los cuatro, como pudieron, llegaron a la verja de esta casa en el campo y se encerraron en la furgoneta, con los dos hermanos camino, a toda prisa, del hospital emeritense mientras la sangre abundaba por una pierna y un brazo. Llegados a Mérida, los hermanos Andrade fueron operados de urgencia. Si no hay contratiempos, a lo largo de hoy recibirán el alta sanitaria.
«Tengo la parte interior de la pierna cosida con puntos y la parte exterior con grapas. Tendré unas ochenta, pero lo gordo ya ha pasado. Lo que no se me ha pasado es el miedo. Si veo ahora a un perro, a cualquiera, me echaré siempre al lado», concreta Marco Antonio.
Desde la Asociación Protectora de Animales de Mérida (Apame) se incide en la extrañeza en que un mastín mostrase una actitud tan agresiva contra un grupo de personas. No están catalogados como raza potencialmente peligrosa «aunque, como se ha visto en este caso, no quiere decir que no puedan atacar a una persona de forma excepcional. Sin conocer exactamente qué pasó, la falta de sociabilización de los animales, que, desde pequeños (dos o tres meses) no tienen roce con las personas, influye mucho en eso», argumenta Hugo Alonso, presidente del colectivo, que lamenta el ataque y espera una recuperación plena de los dos hermanos.
Alonso, no obstante, pone como ejemplo este caso para incidir en lo que, a juicio de su asociación, es un mal endémico en la sociedad actual: «Lo irresponsables que somos con nuestras mascotas». Y se explica: «Los humanos no ejercemos un control responsable de estos animales, que, aunque vivan en el campo, no dejan de ser mascotas nuestras. No controlamos el carácter de ellos y si llevan toda la vida amarrados con una cadena no me extraña una reacción tan descontrolada cuando se ven libres», concreta.
El colectivo que vela por el bienestar de los perros insiste en que «algunos piensan en que, a los perros, con darles un plato y pienso y agua, ya está todo arreglado, todo cubierto, y no es así. Falta hacerlos sociables».
El mastín, como suele ocurrir cuando tienen lugar situaciones de este tipo, se encuentra ahora sometido a una cuarentena de veinte días, controlada por la Administración, para verificar su estado sanitario.