Emilio Castilla Romero aparece apoyado sobre su cayado detrás del Puente de Palma en la margen derecha del río Guadiana. En
pleno corazón de la ciudad de Badajoz este hombre de 38 años pastorea cada mañana con su ganado «margen arriba, margen abajo».
«Se meten mucho con nosotros. Nos acusan de que practicamos el chabolismo ganadero», cuenta. Su explotación ganadera se encuentra frente al fuerte del Puente de Palma. «La gente no conoce nada de nuestro trabajo, lo máximo que han visto en su vida parecido a una oveja es la Norit del detergente»
Este pastor no puede ocultar su resignación y cansancio. Después de años dedicado al pastoreo, se da cuenta de cuánto peligra su medio de vida a causa del Plan de Ordenación Hidrológico Forestal del río Guadiana, cuyo contrato ya ha sido adjudicado a la Confederación Hidrográfica.
«No tengo ganas de nada. Al inicio del verano empecé a esquilar, pero se me quitaron las ganas de seguir cuando me dijeron que nos iban a expropiar». Emilio explica que «todas estas tierras las compró mi abuelo en los años cincuenta. Ahora, la Confederación Hidrográfica del Guadiana sólo nos reconoce en su tasación 1.150 metros de los 5.800 que tenemos en las escrituras de compra. Por suerte guardamos todos los contratos».
Por si eso fuera poco, en la tasación tampoco está valorada la explotación ganadera. «Nos ofrecen 108.000 euros. Con ese dinero no vamos a ningún lado. Tendremos que vender el ganado y dedicarnos a otra cosa». Su futuro ahora lo han puesto en mano de unos abogados.
Crisis continua
«No ha habido ningún año bueno». La crisis y las dificultades, según este pastor, han sido una constante en el pastoreo. «Todos los años es igual y rutinario», lamenta Emilio mientras recuerda que «al principio cogía mi rebaño con ilusión». Él comenzó con apenas ocho años. «Mi padre trabajaba en el campo. Yo aprendí a base de tropezar».
Fue precisamente su progenitor quien le compró sus cuatro primeros borregos. En la actualidad, se ocupa de doscientas reses entre ovejas y cabras. La cifra sería aún mayor si no hubiera que contar las pérdidas. «En Badajoz no hay lobos, aquí los lobos son de dos patas. A veces he cogido a ladrones dentro de nuestra nave».
Entre su hermano Salvador y él se bastan. «Yo salgo por la mañana y mi hermano por la tarde». Ellos son los guías del rebaño. Emilio ni siquiera lleva perros pastores, sólo dos de compañía. Se sirve de sus silbidos. «Unas veces me hacen caso y otras no». El año pasado se mezcló su rebaño con el de otro pastor. «Conseguimos separarlas con nuestras llamadas. Iuuuuu, iuuuu, iuuuuu. Jaaaah, jaaaah», les grita.
La oveja perdida
Es muy raro que una oveja se extravíe y pierda de vista a su pastor. Además, todas van en amor y compañía, a veces incluso forman una fila ordenada, aunque Emilio asegura que más de una vez ha salido a buscar a alguna extraviada, como un buen pastor.
Este hombre no tuvo posibilidades de formarse. «Los estudios son cortos», a pesar de ello, se preocupa por los problemas que afectan a Badajoz. Él se queja de la suciedad que impera en las orillas del Guadiana. «El ganado ni usa plásticos, ni papeles ni latas, pero todos los fines de semana vienen todo terrenos y lo llenan todo de porquería».
Una oveja, veinte euros
El precio de una oveja en el mercado es de veinte euros, cada vez cuesta menos «La gente apenas come cordero, prefieren cerdo, ternera...» Para ellos tampoco existen las subvenciones. «Sólo son para los que tienen perras y su explotación es más grande». Mientras, Emilio Castilla asegura que nunca se han comido sus propias reses. «Te da cosa, después de haberlas visto crecer...».
Los hermanos Castilla Romero también tienen un huerto que abastece a vecinos. Lamentan que algunos ciudadanos de Badajoz no puedan apreciar su trabajo, parece que el pastoreo está abocado a su muerte definitiva.
Antes del anochecer, Emilio cuenta uno a uno sus corderos cuando entran en la cerca, aunque a muchas de ellas las puede reconocer a simple vista. Alguna incluso tiene nombre. 'Chiqui' es la más grande y la más vieja, le acompaña desde hace siete veranos. «La crié a biberón». Quien sabe si éste será el último año que estén juntos.