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De vacaciones, al pueblo

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De vacaciones, al pueblo

La recesión económica convierte el veraneo en las ciudades de origen en la única opción posible para muchos emigrantes extremeños

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Las playas con palmeras, agua cristalina y arena blanca y fina están este año un poco más lejos para muchos damnificados por la crisis. Cuadrar los números para poder tostarse unos días puede convertirse en misión imposible y la idea de una estancia en el extranjero a algunos les suena a ciencia ficción.
«¡Qué suerte tienes de tener pueblo, Trini!», exclama una barcelonesa a su vecina, serradillana de pro. «Me fui a trabajar a la Ciudad Condal, hace ya 36 años, pero en cuanto juntamos unos días, nos venimos al pueblo. Estoy harta de jaleos y aquí estoy en la gloria», comenta Trini Gómez. Su hermana, María Victoria, también está encantada de pasar, como todos los años, el periodo estival en Serradilla: «Nos tira mucho esto. La playa ya la tenemos en Barcelona. Lo que nos gusta es venir todo nuestro mes de vacaciones en plan relax. La huida siempre es para acá».
Acudir todos los veranos al pueblo a visitar a familiares y a rememorar viejos tiempos es un hábito con cierto arraigo para muchos emigrantes extremeños y para su descendencia. Pero, ¿ha hecho la crisis que las poblaciones con un alto número de 'forasteros' se vean saturadas?
En el mismo sitio
«Si normalmente dividíamos las vacaciones entre Losar y la playa, este año sólo estaremos en Losar. Empezamos a notar en septiembre de 2008 los efectos de la recesión y este año no podemos ir a otro sitio», confiesa Sergio Martín, madrileño de nacimiento con padres losareños. Los limitados presupuestos han hecho prohibitivo pernoctar en hoteles de cualquier tipo. Por eso, toca recurrir a destinos en los que, al menos, el techo no suponga un gasto. «Aquí mis padres tienen casa y la comida tampoco supone mucho, porque comemos con ellos. Si en una semana fuera entre dos personas gastábamos 600 o 700 euros, aquí, tirando por lo alto, no llegamos a 200», dice Sergio.
«No notamos que venga más gente que otros años, pero sí que se quedan más tiempo», asevera Regino Barranquero, alcalde de Siruela, que considera además que durante estos meses los bares tienen un importante repunte.
«No creo que haya venido a Fregenal más gente como consecuencia de la coyuntura económica. El que viene es porque lo hace todos los años y gasta lo imprescindible. Pero el que tiene dinero sigue yéndose fuera. Y los más afectado por la situación, se quedan en sus lugares de residencia», sentencia Manuel Bravo, un joven emigrante retornado de Madrid.
El aluvión de visitantes no necesariamente revitaliza en todos los casos la economía de estos municipios. José, regente del bar El Pilón de Losar de la Vera, advierte de un descenso en las consumiciones: «La gente no se gasta lo que se gastaba. Antes con pocas mesas un camarero estaba asfixiado, ahora no. El volumen de negocio ha caído en torno a un 25%».
En el bar Víctor, situado en el corazón de Serradilla, las ganancias han caído un 50%. «Esta semana se nota que hay más gente, pero no salen. Antes se pedían más copas. Ahora muchos se tiran toda la noche con un refresco o una cerveza.». «Las terrazas están más vacías. Tanto los mayores como los más jóvenes compran bebidas, unas patatas y unos altramuces y se juntan en las cocheras», confirma María Victoria Gómez.
Excursiones de un día
Muchos de estos emigrantes aprovechan estos días para redescubrir la riqueza natural y cultural de Extremadura y de las provincias limítrofes. «Nos gusta mucho venir a darnos una vuelta, irnos a la garganta, ir y venir en el día a Salamanca, a la Sierra de Gredos...», declara Juan Luis Fagúndez, nacido en Barrado y residente en Bilbao desde hace 36 años. Las bondades de Losar de la Vera y su comarca son aprovechadas por Roberto López Rubio, losareño de cuna: «Lo que más me gusta es que es turístico. Hay ríos para bañarte, buena gastronomía... Siempre que vengo aprovecho para hacer excursiones de un día a Guadalupe, Trujillo, Cáceres... Para mí tener que venir al pueblo no es un suplicio».
Factores económicos aparte, lo cierto es que año tras año, la población de cientos de pequeños municipios llega en verano a duplicarse y, en algunos casos, a triplicarse.
La localidad cacereña de Barrado, con 484 habitantes censados, pasa a rondar durante el mes de agosto los 1.500. «Estamos más atosigados porque hay mucha más gente en el consultorio médico», dice el alcalde, Juan José Paniagua.
«De ser 1.300 en invierno pasamos a ser 3.500 durante estos meses. Por eso, tenemos que reforzar los servicios de limpieza y de agua entre otros», informa Juan Manuel Gómez, edil de La Codosera.
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Un emigrante pasea en bicicleta por un municipio extremeño este verano. /JOSÉ VICENTE ARNELAS
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