Gospel para empezar. Música envolvente, entre la oscuridad casi plena y los efectos especiales de un humo que sale de la entrada de la escena aventurando la figura mística de El Brujo con su novedoso 'El Evangelio de San Juan'. El Teatro Romano respira solemnidad, recogimiento. El público se lo cree... y resulta que se trata del nuevo Club de la Comedia, rama teatral, del cómico juglar, del bufón del pueblo llamado Rafael Álvarez, que despliega lo que mejor sabe hacer: gestos, chistes, y chascarrillos varios. Lo de menos es el texto y un anunciado montaje lleno de metáforas «bellísimas» sobre los «misterios del hombre» y un arduo trabajo sobre la cultura griega y de Oriente Medio.
En El Evangelio de El Brujo, perdón, de San Juan, Rafael Álvarez Jiménez, uno de los grandes actores del teatro español contemporáneo, recrea su mundo particular cómico, sus recursos de toda la vida actualizados con personajes actuales, a costa de hacer olvidar lo que se vendía como un espectáculo que, sin ser «de sacristía», como decía El Brujo, sí iba a hablar del gran misterio de los misterios: Jesús de Nazaret según su apóstol predilecto.
Ante algo más de 2.000 personas, la mayoría de ellas entregada de antemano ante la figura de El Brujo, el tercer montaje del Festival de Mérida confirma varias cosas. Uno, que este montaje es recomendable si se quiere dejar el mando de la TDT en casa y ver algo parecido a los programas de risa formato Club de la Comedia acudiendo al Teatro Romano. Dos, que la obra de esencia grecolatina tiene lo que Paquirrín de intelectual. Y, tres, que El Brujo es tan grande en lo suyo que es capaz de desarrollar durante casi 120 minutos un monólogo en el que lo que importa es buscar la risa, la atención, el aplauso, muchas veces demasiado fácil... y lo consigue a costa de dejar en papel mojado conceptos tan grandilocuentes como el humanismo, el cristianismo o la tradición oral narrativa de las culturas primitivas.
Tras trece años de espera, el público de Mérida tenía cierto mono de El Brujo. Mucho antes estuvo con El Quijote y Lazarillo de Tormes, pero su última obra en el Festival, la comedia Anfitrión, de Plauto, batió registros de asistencias de espectadores. Más de uno de ellos, presente en el estreno de 'El Evangelio de San Juan', dijo la frase mágica: «Es lo mismo que en Anfitrión pero con personajes nuevos». Algo que no es malo, ni mucho menos, pero, seguramente, sí que resulta poco adecuado si se sopesa con el producto que se quiere hacer vender al público de este festival con el texto sagrado.
El Brujo susurra, chilla, reprende, encanta, ríe y se mueve como un poseso bufón medieval, genial a veces, pero más próximo a Chiquito de la Calzada en otras menos. Y lo hace a través de un torrente de palabras, terminadas o sin terminar, que, en principio, ni siquiera eran escuchadas por una parte del público, confirmando los pequeños problemas de sonido avanzados en el mini ensayo del martes. «¡No se oye nada!», gritaron un par de espectadores al inicio de la representación, a lo que El Brujo, grandioso ocurrente, salvó el incidente elevando la voz, y, más tarde, diciendo «¡se oye pero no se entiende!», que, en realidad, iba referido a las frases en griego, sobre todo, y, en menor medida en arameo, latín y copto que se pronuncian en pasajes del montaje.
El Evangelio de El Brujo, perdón, de San Juan, es Rafael Álvarez en estado puro, retocado con personajes y situaciones del momento (Obama, la financiación autonómica, Ágata Ruiz de la Prada, o la clase política española) a los que se les saca el jugo de la sátira y el humor.
De vez en cuando, El Brujo se pone anormalmente serio y suelta una frase lapidaria para hablar de las acciones más criticables del cristianismo a lo largo de su historia o de la corta visión del ser humano a la hora de desentrañar los símbolos. El cordobés, escoltado sólo por cuatro músicos que generan un ambiente acorde a lo que se pretende crear, se mueve de la escena y la orchestra como si estuviera en un estudio de la productora Globomedia o de un teatro cerrado. En realidad, aunque suena a pecado, nunca mejor dicho, se puede aseverar que el Teatro Romano es un invisible escenario para 'El Evangelio de San Juan' según El Brujo. Si no existiera, casi no se notaría.
La sucesión de gags y chistes, especialmente intensa en la primera parte de la obra, deja al público con una probable sonrisa cada veinte segundos pero también con un aturdimiento argumental de no saber qué hilo textual seguir. Es, por momentos, el caos de la comedia sin frenos... sin ser comedia, ni mucho menos.
«En el Principio fue el Verbo», arranca el Evangelio de San Juan. El Brujo, seguidor del satírico Darío Fo, es el principio, el intervalo, el final y el más allá. Su maestría es innegable, pero el Club de la Comedia no siempre atrae.