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HOYes.tvHOYes.tv | RSS | ed. impresa | Regístrate | Miércoles, 22 octubre 2014

Extremadura

REGIONAL

Extremeños hijos de deportados fallecidos en los campos de exterminio naziempiezan a tramitar la indemnización que ofrece el Gobierno francés

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Rosario Mateo no llegó a conocer a su padre. Tenía 13 meses cuando Juan Mateo Hernández abandonó en 1936 su pueblo natal, Ahillones, huyendo de la Guerra Civil. Apenas llevaba 14 meses casado. Nunca regresó. El día de Nochebuena de 1941 falleció en el campo de concentración nazi de Gusen, un anexo a Mauthausen, también conocido como campo de los españoles, donde perdieron la vida durante la II Guerra Mundial más de 270 extremeños.
Rosario indica que su madre nunca le quiso contar muchas cosas de Juan, pero afirma que «en el pueblo todo el mundo le quería». En la actualidad tramita la indemnización que ofrece el Estado francés a los hijos de víctimas que fueron deportados desde Francia a los campos de exterminio nazi. A elección del beneficiario, se puede optar entre una aportación directa de 27.440,82 euros o una renta vitalicia de 457,35 euros mensuales.
El Gobierno francés aprobó este decreto en julio de 2004. Desde entonces, han llegado peticiones de todo el mundo, ya que la norma no hace distinción entre nacionales y extranjeros, sino que aborda de forma integral el reconocimiento a cuantos fueron deportados durante la ocupación nazi. El Estado alemán ya aprobó una ayuda similar a las viudas
Rosario envió a finales del pasado año su solicitud. Ya ha recibido una carta que le indica que su documentación ha llegado de forma correcta. Ahora sólo le queda esperar. «Eso nunca se paga, porque la muerte de una persona nunca se paga, y más como fueron ellos tratados», señala sin dejar de emocionarse al recordar a su padre. «Ese vacío no lo llenarán nunca». Tampoco el dolor de una vida truncada desde temprana edad. Su madre tuvo que trabajar de costurera, y ella empezó a servir en casas a los 12 años. Aunque una cantidad económica no podrá nunca compensar su pérdida, al menos tiene el consuelo de que se reconozca tanto sufrimiento.
También ha presentado la documentación Antonia Aparicio, de Valverde de Leganés, hija de Miguel Aparicio Espejo. Mario Rodríguez Aparicio, nieto del deportado, explica que su abuelo era republicano. Cuando empezó la contienda civil huyó de su pueblo. No se sabe cómo, llegó a Francia, donde encontró acomodo durante unos años. Pero nunca pudo regresar a su país. Con la II Guerra Mundial, fue entregado a los nazis, que le enviaron a Mauthausen en abril de 1941. Unos meses después fue trasladado a Gusen, donde encontró la muerte en noviembre de ese mismo año. Como indica Mario, no aguantó más y, conocedor del destino que le esperaba, se lanzó contra la alambrada electrificada.
La viuda de Miguel Aparicio cobró hasta su muerte, el pasado año, la paga compensatoria que ofrecía el Gobierno alemán. Ahora, su hija Antonia, que se quedó huérfana con apenas dos años, va a solicitar la indemnización del Estado francés. Mario Rodríguez señala que, más que por la suma económica, «es por el hecho de lo mal que lo pasó mi abuelo».
Una situación similar vivió Concha Pedraza, aunque en su caso tuvo que emigrar a Francia desde su localidad natal, Berrocalejo. Desde su casa a las afueras de París, narra que ni siquiera llegó a conocer a su padre, que se fue del pueblo cuando ella tenía 14 meses de vida. Aurelio Pedraza Paniagua, comunista, llegó al país vecino «para defender a la nación francesa». Fue capturado y deportado al campo de concentración de Mauthausen a comienzos de 1941. A finales de ese año perdió la vida en Gusen. Según su hija, le quemaron vivo.
En 1952, con 15 años, Concha Pedraza abandonó su localidad en compañía de su madre enferma para emprender un nuevo destino. Una tía les mandó el dinero desde Fracnia para que pudieran realizar el viaje y huir de las penurias. «He pasado muchas miserias en España y en Francia, pero en Francia he podido trabajar y comer», recalca. «En España no sabía qué gusto tenía la carne».
Su madre, que falleció en el año 2002, cobró la pensión que entregaba Alemania a las viudas de las víctimas de la deportación. Ahora, espera poder conseguir la indemnización que ofrece el Gobierno francés, de la que se ha enterado gracias a la colaboración de Pilar Pardo, investigadora y miembro de la Asociación por la Recuperación de la Memoria Histórica de Andalucía, quien ha facilitado los datos para este reportaje. «No me hago muchas ilusiones, pero me dicen que sí». Ya ha tramitado la solicitud y ahora espera respuesta.
Campo de los españoles
Como explica Pilar Pardo, la construcción del campo de Mauthausen se puso en marcha tras la anexión de Austria con el objetivo de internar a los enemigos del III Reich. Los primeros prisioneros llegaron en agosto de 1938.
Los republicanos españoles llegaron a Mauthausen desde comienzos de agosto de 1940 y durante todo el año 1941. Fueron destinados a las sucesivas obras de ampliación del recinto, que lo convirtieron en una auténtica fortaleza. Alrededor de 1.500 deportados se dedicaron a cargar las pesadas piedras que llegaban desde el Danubio, a excavar y allanar los alrededores o a extraer material de la cantera, para lo que tenían que cargar con el peso a lo largo de un tramo de 186 escalones, donde muchos perdieron la vida. Cuando dejaban de ser útiles, por debilidad o enfermedad, eran trasladados al campo anexo de Gusen, en uso desde mayo de 1940.
En enero de 1941 Mauthausen y Gusen se convirtieron en los únicos campos de categoría III, de no retorno, de modo que quien era enviado a ellos le esperaba la muerte como único destino. Otros extremeños perdieron la vida en el campo de Dachau o en el castillo de Hartheim, convertido por los nazis en un centro de eutanasia y experimentación médica con el objetivo de salvaguardar la raza aria.
El 5 de mayo de 1945 se produjo la liberación de ambos recintos, y el 9 de mayo del castillo de Hartheim y de otro campo anexo. El testimonio de los españoles que sobrevivieron fue determinante para juzgar a los criminales nazis. La declaración de Francesc Boix, un fotógrafo catalán que trabajó en el laboratorio fotográfico de la Policía alemana en Mauthausen, fue decisiva para condenar a los responsables del campo en los juicios de Nuremberg, gracias a que durante años pudo esconder imágenes que mostraron al mundo la realidad de aquellos años. En esta historia también aparece el nombre de un extremeño, Agustín Santos, natural de El Gordo, quien en los años 60 del pasado siglo fue uno de los primeros españoles en contar sus vivencias.
Esta semana se ha cumplido el 64 aniversario de la liberación de Mauthausen, Gusen y otros recintos cercanos, donde perdieron la vida más de 230.000 personas durante la II Guerra Mundial. Un acontecimiento que ha pasado desapercibido en nuestro país. Sin embargo, centenares de extremeños, descendientes de las víctimas de la barbarie nazi, nunca olvidarán los terrores de los campos de exterminio.
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