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18.04.09 -

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EXPLICAR teorías científicas al gran público obliga, como decía F. Jacob, a optar entre ser inexacto y ser incomprensible. Lograr el equilibrio entre ambos polos es especialmente problemático cuando se trata de la Teoría de la Evolución, uno de cuyos atributos más notable es «que todo el mundo cree que la entiende», como advirtió su colega y compañero de premio Nobel J. Monod. Pero el 150 aniversario de la publicación del libro 'On the origin of species' por Charles Darwin y el 200 de su nacimiento invitan a aceptar el desafío aún a costa de ser criticado por colegas y mirado con recelo por muchos lectores por las consecuencias morales que puedan extraerse, muy a mi pesar, de mi exposición.

La quintaesencia de la Teoría de la Evolución de Darwin es «la descendencia con modificaciones sometida a la selección natural», resumida en cuatro principios. Todos los organismos presentan diferencias individuales que son transmitidas a su descendencia; todos ellos producen más descendientes de los que son requeridos para reemplazarlos en la siguiente generación; la escasez de recursos crea una lucha por la existencia que regula el tamaño de la población, de manera que la mayor parte de la misma muere sin reproducirse; los individuos que sobreviven y reproducen están por lo general mejor adaptados a su ambiente local que los que no sobrevivieron, y transmiten esas mejoras a su descendencia. La lógica y dinámica del proceso imponen la remodelación de los seres continua y gradualmente y explica que las especies sean eficientes en su perpetuación, en la transmisión de copias de sus genes a generaciones futuras. Darwin y su contemporáneo Wallace, que llegó a las mismas conclusiones independientemente, carecían de nociones de genética, desconocían la naturaleza del DNA y los mecanismos de su replicación, así como las perturbaciones que sufre la molécula, e ignoraban las bases matemáticas de la selección natural. Sin embargo, los descubrimientos posteriores en estas áreas reforzaron y confirmaron su Teoría y revelaron los mecanismos moleculares responsables de las diferencias entre los descendientes de un mismo progenitor. Aderezada con estos descubrimientos, la moderna Teoría (neodarwinismo) propone que todos los seres vivos tienen un precursor común que se ha diversificado y aumentado en complejidad por cambios «al azar» sobre la molécula (DNA) en que están codificadas los caracteres corporales de los seres vivos. Caracteres que son enjuiciados por la selección natural. Al margen de otras consideraciones que escandalizaron a la sociedad inglesa como, por ejemplo, que en terreno de la selección sexual es la hembra la que inicia el diálogo, la Teoría tiene varias consecuencias.

En el terreno de la descendencia, tanto la inmutabilidad de la especie como la cadena sucesiva de seres en continuo perfeccionamiento cuya cúspide ocupaba Dios en el Cielo y el Hombre en la tierra fueron sustituidas por un árbol cuyas ramificaciones sucesivas representan la diversificación de los seres vivos. Sólo algunas ramas alcanzan la superficie y representan el mundo vivo actual. Otras están enterradas y corresponden a especies extintas. La anatomía y/o genómica comparadas revelan estas conexiones y extinciones de manera clara. En el caso del hombre, ratifican su relación con el chimpancé, con varias especies de Australopiteco (Lucy) y con otras especies de Homo. H. neanderthaliensis coexistió con H. sapiens, pero sólo el segundo sobrevivió.

«La Naturaleza -dice Darwin- es pródiga en variedad, aunque tacaña en innovación». Diversifica poco a poco lo existente, pero es conservadora. No aparecen de repente especies, ni siquiera estructuras. Las manos de los caballos, topos y murciélagos tienen los mismos huesos. Los ojos han evolucionado independientemente una docena de veces, pero el gen PAX6 ha estado implicado en la aparición del órgano sensible a la luz en casi todos los casos, desde los fotosensores de las medusas a los ojos del hombre. La Naturaleza es contingente. Un individuo no es necesario, podría no existir y haber sido reemplazado por cualquier otro. Una mutación genética (al azar), un acontecimiento fortuito en la vida ordinaria (el abuelo que al perder el brazo en el frente encontró a la abuela en la retaguardia), un encuentro amoroso que no se realizó cambian el futuro de esa línea de descendencia ¿Se extiende la contingencia a nivel de especies? Se dice que los humanos estamos aquí gracias a la extinción de los dinosaurios por el impacto de un meteorito. No es seguro; en tiempos de los dinosaurios ya existían mamíferos con una elevada tasa de diversificación. Pero, dada la multitud de hechos fortuitos a lo largo de la Historia de la Tierra, es posible que de repetirse la sinfonía de la evolución no tuviéramos conejos o cerezos. Las floras y faunas únicas de islas como Madagascar y Nueva Zelanda, que han evolucionado aisladas de África y Australia respectivamente, revelan la contingencia de las especies.

El Vaticano acepta la evolución de los individuos dentro de una especie, dejando la creación de las especies a la Providencia. La aparición de nuevas especies es observada como el talón de Aquiles de la teoría de la evolución. No existen, es cierto, dificultades teóricas insolubles para que la variación gradual conduzca a la especiación. Si las frecuencias de extinción de las especies son altas, entonces las discontinuidades entre las especies actuales serían esperadas. Pero nadie conoce este dato y nuestras vidas son muy cortas comparadas con el tiempo requerido para la especiación.

En todo caso, la Teoría de la Evolución goza de excelente salud, no sólo preside la biología entera sino que la ha trascendido, inundando todo tipo de publicaciones científicas, entre ellas demografía, sociología, filosofía, antropología, física, historia, computación, cardiología, etc. Congratulemos pues a Mr. Darwin en su 200 aniversario.
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