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A quienes vienen a mi casa a pedir suelo preguntarles por qué acuden a mí, al sacerdote, en vez de ir a otra parte. Ellos me responden: porque no existe esa «otra parte»

08.03.09 -

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ES sábado por la mañana, es decir, ayer, según el día en que usted recibe este diario. Me esfuerzo en hacer un artículo explicativo sobre la situación actual en medio de la crisis. No quiero ser pesimista, no es mi estilo. Pero no puedo evitar cierta preocupación al descubrir que las numerosísimas informaciones que consulto, y que quiero contrastar con racionalidad e independencia, contienen únicamente contradicciones, entre una enorme cantidad de divagaciones y vaguedades. Me doy cuenta de que, en el fondo, nadie sabe lo grave que llegará a ser la actual situación de recesión económica, ni cuánto durará la crisis financiera. Es lo que uno infiere de las declaraciones de destacados economistas, periodistas, técnicos y políticos. Sencilla y llanamente, se trata de un misterio.

Y mientras discutimos, como los conejos de la fábula, sobre si los desastres financieros son galgos o podencos, empiezan a echársenos encima las primeras consecuencias graves. Ya hay muchas familias con hijos y con el cabeza de familia en paro. Y da la cara un nuevo panorama, al que no estábamos acostumbrados: es el perfil de los 'nuevos pobres', que si bien antes llegaban con apuros a fin de mes sólo en contadas ocasiones, ahora la crisis económica les está golpeado con inusitada dureza. Los efectos de la crisis se han traducido en un aumento de las hipotecas, la desaparición de empleo y el incremento de los precios en los alimentos de primera necesidad. Quienes están al frente de los organismos que atienden a los necesitados ya lo advierten. Cáritas Española nos pone sobre aviso acerca de este nuevo fenómeno social: el 40% de los hogares del país puede entrar en situación de vulnerabilidad en los próximos meses. Son los nuevos rostros de la pobreza, que corresponden a familias cuya cabeza económica acaba de perder su empleo y, por edad (en torno a los 40 años) no encuentra trabajo. Hasta hace algunos meses, venían sosteniendo su hipoteca y vivían con lo justo, sin recursos para ahorrar. Los hogares destinaban en muchos casos un 84,2 % de sus ingresos a la compra de la vivienda, lo que significa, sencillamente, que hoy no hay dinero para comprar comida o ropa. Cuando se agoten los apoyos familiares y las prestaciones por desempleo, ¿qué va a pasar?

En medio de una situación así, y por primera vez en más de dos décadas, entidades como Cáritas han tenido que recuperar las ayudas para la alimentación. Las medidas de extrema emergencia, como los comedores sociales, se están desbordando.

No hace falta que me lo cuenten, ni leerlo en los periódicos. Como les digo, es hoy sábado por la mañana, cuando escribo este artículo. ¿Saben cuantas veces han llamado a mi puerta para pedirme ayuda económica? Pues cuatro, en apenas dos horas. Mis vecinos son testigos. Esto ya empieza a ser poco normal. Me encuentro con personas sencillas, que posiblemente antes no tenían problemas y que ahora tienen que acudir a vender cualquier cosa por las calles, unas macetas, calcetines, calendarios ; o a la pura y llana limosna. Es posible que entre ellos haya algunos de los de siempre, de los pobres de antes de la crisis; pero está claro que ha aparecido ya ese nuevo «pobre» del que nos informa Cáritas: personas que te llaman la atención, porque no son los habituales que piden este tipo de ayudas.

A quienes vienen a mi casa a pedir suelo preguntarles -sin ningún otro ánimo que el de saber la verdad- por qué acuden a mí, al sacerdote, a la Iglesia, en vez de ir a otra parte. Ellos me responden con franqueza: acuden simplemente porque no existe esa «otra parte». Además, la gente les aconseja: «Vaya usted a la iglesia, que allí le atenderán».

Porque nadie hoy puede negar que la labor social de los católicos es la mayor red de asistencia en España, actuando a través de Cáritas, hogares, comedores, las Sociedades de San Vicente de Paúl, Manos Unidas o tantas otras instituciones. Son éstos los primeros que lanzaron el grito de alarma cuando en los últimos meses de 2008 constataron aumentos de hasta el 200% en las peticiones de ayuda. Miles de personas acuden diariamente a las Cáritas parroquiales con el fin de hacer frente al pago de sus hipotecas, alquileres y los servicios de luz, agua y gas, o sólo a poder comer Y aun así, nuestra Iglesia católica es la que más mala fama tiene (por lo visto somos lo peor del mundo); peor que los políticos, que los bolsistas, que los especuladores, que los derrochadores, dilapidadores, palabreros La propaganda negativa y feroz en contra de los católicos es tan efectiva que le da la vuelta a la realidad. Será porque las personas que hacen el bien no presumen de ello, y por eso no es tan fácil conocer lo que hay. Por otro lado, sigue esa torpe lucha por relegarnos a los católicos al interior de las casas e iglesias y hacerlos desaparecer; es decir, que seamos cristianos sólo en el fuero interno y no denunciemos nada, ni abramos la boca siquiera. Si los cristianos dejamos de transmitir esta fe y de practicar la solidaridad, los jóvenes no conocerán a Jesucristo, y entonces, como ya está sucediendo, ¿quién sabrá compadecerse de verdad? ¿Quién sostendrá estas ayudas? ¿Quién seguirá colaborando regularmente, desinteresadamente, campaña tras campaña? ¿Los ideólogos? ¿Vayan con ese cuento a otra parte! Y si quieren saber más, busquen los comedores y los centros de ayuda de Mérida, Cáceres, Badajoz ¿Quién está detrás de ellos? O recorran las entidades bancarias y entérense de dónde proceden la inmensa mayoría de los donativos. Soliciten simplemente las cifras de Cáritas.
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