La ciencia no atrae a los jóvenes. Es un fenómeno bien conocido en el mundo occidental desde los años ochenta. En España se ha manifestado en toda su crudeza en la última década. El pasado curso en las licenciaturas de Ciencias Experimentales se matriculó un 37% menos de alumnos que en 1997. Una caída superior a la registrada en Humanidades, cuya crisis es más antigua pero menos acelerada. Si lo que se examina es el número de graduados, los datos son aún más llamativos: en sólo cuatro años, el volumen de licenciados en Biología, Química, Física, Exactas, Geología y el resto de disciplinas que componen el capítulo se ha reducido un 25%. Las facultades de Ciencias muestran muchas aulas semivacías y el resultado es que la cantera de futuros investigadores es insuficiente. Las alarmas se han encendido ya y son muchos los científicos importantes que alertan sobre los graves efectos a medio y largo plazo si se mantiene el desapego de los universitarios hacia estas disciplinas. ¿Qué está sucediendo para que los jóvenes se alejen de la ciencia y qué consecuencias puede tener cara al futuro?
ADOLESCENTES
La ciencia no les atrae
Las razones de fondo por las que los adolescentes no se sienten incentivados para estudiar Ciencias son similares en todo el mundo occidental, donde viven la misma situación, con algunas excepciones. La más importante es Estados Unidos, donde el crecimiento del número de alumnos en estas disciplinas se explica por los muchos miles de jóvenes asiáticos, sobre todo indios y chinos, que se encaminan a aquel país para cursar sus estudios. En esa parte del mundo no hay en absoluto crisis de vocaciones científicas. Sin embargo, muchos de sus mayores talentos terminan por quedarse en EE UU e incluso adoptan su nacionalidad. La lista de los nombres de los galardonados con los Nobel en Física y Química en el último cuarto de siglo desvela una llamativa presencia asiática bajo la bandera de las barras y estrellas. Eso seguirá en aumento.
¿Qué le pasa a los jóvenes occidentales? «Tienen sus valores, pero el esfuerzo, la constancia y hasta la competitividad no están entre los principales», explica el sociólogo Javier Elzo, que analiza desde hace veinte años el comportamiento de los adolescentes y los jóvenes españoles. Primera explicación: lo que exige -o se supone que exige- un sacrificio notable interesa a pocos. En especial, si la recompensa por ese trabajo llegará tarde y será modesta. Lo dice crudamente un alumno de primero de carrera que no quiere ser identificado: «Si puedes entrar en Odontología y en Biología, dos carreras que exigen parecido esfuerzo, es mejor estudiar Odontología, porque vas a ganar mucho más dinero y mucho antes».
Sin embargo, no todos se mueven por un criterio puramente económico. La ciencia y lo científico están perdiendo prestigio en Occidente, advierte Juan Ignacio Pérez, catedrático de Fisiología Animal y hasta hace unas semanas rector de la Universidad del País Vasco. A su juicio, se está dando un «enaltecimiento de un humanitarismo mal dirigido, que prima la atención a las personas. Esos valores no se asocian con la ciencia, que se ve como algo frío y alejado de los seres humanos». Por esta razón, a carreras como Medicina, Enfermería, Psicología o Trabajo Social no les faltan alumnos. A Matemáticas y Física, sí.
Todavía hay otra explicación al desinterés de los jóvenes, y parece estar en las propias aulas. Los profesores de Secundaria y Bachillerato que contagien su entusiasmo por las Ciencias son casi una especie en vías de extinción. «No hemos sabido retener a los mejores en los colegios e institutos y si no se transmite esa pasión es muy difícil que los chicos opten por ellas», reconoce Mari Carmen Gallastegui, catedrática de la Universidad del País Vasco y presidenta de la Fundación Vasca para la Ciencia, Ikerbasque. «Hemos fallado a la hora de transmitir la Ciencia como una aventura intelectual y humana y hemos puesto demasiado énfasis en el utilitarismo más inmediato», denuncia en el mismo sentido Pedro Miguel Etxenike, premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica y Técnica y director del Donostia Internacional Physic Center.
Escasa disposición al esfuerzo, pérdida de prestigio de las ciencias en la vida cotidiana y alumnos que no han sido motivados en los estudios previos. Son razones de peso para explicar que el número de estudiantes matriculados en las licenciaturas de Ciencias Experimentales haya caído en la última década un 37%, frente a la media del 23% en el total de la Unversidad. Por establecer una comparación: en el mismo período, el recorte de las matrículas en las licenciaturas de Humanidades, que tanto preocupa y con razón al mundo de la cultura, ha sido del 28%.
LAS CARRERAS
Dificultad no siempre necesaria
¿Influye también en la falta de estudiantes y en la caída del número de graduados la dificultad de la carrera? ¿Son las licenciaturas de Ciencias un reto insalvable para muchos jóvenes? Elzo ironiza diciendo que el lenguaje conceptual de algunas materias las coloca en un nivel comparable al de las obras de Kant o Heidegger. Alto, por tanto, pero nunca se piensa en ello cuando se habla de los estudios de Letras.
Las cifras demuestran que los estudiantes terminan mucho antes una carrera de Ciencias que una técnica (ingenierías y Arquitectura), aunque en parte, pero sólo en parte, se debe a que éstas son más largas. Ello supone que estrictamente las de Ciencias Experimentales no son las más complicadas. Otra cosa es si su dificultad está justificada. «En algunos casos, se han hecho unas carreras innecesariamente duras, con lo que se hace un flaco favor a la investigación, porque se desanima a los jóvenes». No lo dice un estudiante airado tras recibir un suspenso, sino Juan José Damborenea, vicepresidente adjunto de Áreas Científico-Técnicas del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), quien recuerda que la tasa de fracaso académico en estas disciplinas es bastante inferior en países de mucha mayor tradición y calidad científica, como el Reino Unido.
Damborenea cree que la Universidad debería indagar en las razones de ese elevado índice de suspensos y reflexionar sobre las mismas. Mientras tanto, la consecuencia más perniciosa de poner el listón tan alto es que encamina a muchos alumnos hacia otras facultades a los pocos meses de haber iniciado sus estudios, convencidos de que nunca serán capaces de alcanzar la licenciatura, aunque hayan llegado a la Universidad tras una buena trayectoria en la ESO y el Bachillerato. Un profesor universitario apunta hacia algunos de sus colegas, sobre todo jóvenes, que piensan que machacando a sus alumnos con porcentajes elevadísimos de suspensos se labrarán un prestigio entre sus compañeros. Un falso prestigio por el que la ciencia paga un precio muy alto.
MUJERES
Son más numerosas
Hace treinta años, las aulas de las facultades de Ciencias y de las ingenierías eran prácticamente un coto privado de los varones. Hoy, las mujeres son amplia mayoría (62%) entre los licenciados en Ciencias, incluso por encima de la media del conjunto de la Universidad (59%). Eso contrasta en gran medida con lo que sucede en las carreras técnicas, donde no llegan a representar aún un tercio de los alumnos y los graduados. Todavía es más significativa su presencia en licenciaturas como Biología o Biotecnología, donde suponen respectivamente el 68 y el 74% del alumnado. La explicación también se encuentra aquí vinculada a la salida profesional que desde fuera se ve como más factible: la enseñanza en primer lugar y la investigación en segundo término. Y en ambos campos las mujeres son ya amplia mayoría.
SALIDAS PROFESIONALES
Desconocimiento general
Algunos tópicos siguen teniendo gran éxito entre los estudiantes de Bachillerato. Uno de ellos es que los ingenieros se colocan rápido, pero los geólogos o los matemáticos tienen su destino laboral limitado a la docencia o vinculado a becas mal dotadas que además los obligan a peregrinar por universidades y centros de investigación hasta bien entrados en la treintena. Esa pobre expectativa resulta demoledora a la hora de crear una cantera de futuros científicos. Y, sin embargo, no es del todo cierta.
«Las estadísticas de empleo dicen que los matemáticos jóvenes encuentran buen trabajo y con rapidez», asegura Enrique Zuazúa, que tiene en su haber los premios Julio Rey Pastor de Matemáticas y el Euskadi de Investigación y es director del Basque Center for Applied Mathematics. Su apreciación es válida para otras ciencias, porque como él mismo asegura, no parece difícil llegar a la conclusión de que, en un planeta donde a medio plazo habrá una notable escasez de agua y petróleo, los geólogos tendrán grandes expectativas laborales. La percepción de los jóvenes no es esa, y Geología es hoy una carrera con una demanda que sólo cubre el 30% de plazas disponibles, pese a que se imparte en un número reducido de universidades.
En cuanto a las becas, su dotación ha mejorado y las condiciones generales también, como subraya Damborenea. «Los primeros años los becarios cobran 1.200 euros, que ya no está tan mal. En cuanto a las orientadas a hacer el doctorado, dan la oportunidad de estar tres meses al año en un centro extranjero para mejorar su formación, lo que es muy atractivo». A Etxenike no le parece suficiente si se quiere atraer a más jóvenes a corto y medio plazo. Por eso, reclama un «cambio en las condiciones de trabajo y salario de los investigadores. El problema es -advierte- que en Europa todo depende de un sistema muy rígido».
CONSECUENCIAS
La necesidad de importar
«Estoy convencido de que a corto y medio plazo habrá necesidad de importar científicos de China e India». Lo dice, tajante, Juan Ignacio Pérez, quien lleva ya años mostrando su preocupación por este problema. En un mundo globalizado en todos sus aspectos, los licenciados en Ciencias Experimentales en los próximos años tendrán unas cuantas ventajas. Una, como dice Enrique Zuazúa, es que ante una disponibilidad tan baja de científicos, podrán elegir su destino laboral. «Y ahí los grandes centros tendrán todas las ventajas. La ciudad donde ha nacido cada uno está muy bien, pero en el ámbito laboral e investigador Cambridge será siempre Cambridge y seguirá atrayendo a los mejores».
Es decir, que estamos escasos de investigadores y además algunos de ellos se marcharán a otros países más atractivos para trabajar. La consecuencia es que deberemos recurrir a extranjeros para cubrir los puestos en los centros nacionales. Algo que ya está sucediendo. En el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, en la última convocatoria para la realización de tesis, se alcanzó por primera vez el 30% de aspirantes extranjeros. En la de becas posdoctorales, llegaron el 27%. Esos porcentajes van a seguir creciendo, y los laboratorios y los departamentos universitarios empezarán a poblarse de extranjeros, como está sucediendo en la sanidad. Pasará también en la empresa privada. «El déficit es grave, porque la economía del futuro será tecnológico-científica», comenta Etxenike. Mari Carmen Gallastegui enumera los ámbitos en los que antes se hará sentir el déficit de científicos: el genoma, las biociencias, la farmaciencia, la tecnología aeroespacial... «Las empresas que se dedican a eso serán las primeras que tengan que recurrir a la importación de licenciados». Sin olvidar, concluye, el propio ámbito de la docencia. «Si no salen licenciados, ¿quién dará a clase a los futuros estudiantes? Y no sólo de las propias Ciencias, también de otras disciplinas como Económicas», se pregunta.
¿QUÉ HACER?
El verdadero valor de la Ciencia
No hay solución a corto plazo, diagnostican todas las fuentes consultadas, pero es urgente «un cambio de enfoque, y eso es responsabilidad de todos: los políticos, las empresas y la Universidad. Debemos ser conscientes de que tenemos un problema importante. Hay que reforzar el conocimiento de las materias básicas, y eso hace referencia tanto a las Ciencias como a las Letras», sostiene Juan Ignacio Pérez.
Etxenike va incluso más allá: «Hay que hacer el país atractivo en lo profesional y en lo personal, de manera que cuidemos nuestra cantera y tengamos capacidad para atraer talento de fuera. Mi lema es 'atraer, retener, cuidar y sembrar'». El premio Príncipe de Asturias alerta sobre la existencia de un debate huero acerca de la educación: muchas palabras y ausencia de medidas reales. Damborenea confía en que la reordenación de los planes de estudios a consecuencia de los acuerdos de Bolonia ayude a potenciar las vocaciones investigadoras. Gallastegui, más escéptica, hace preguntas: «¿Hay voluntad política de apoyar la verdadera ciencia? ¿Se gasta bien el dinero que se destina a la investigación?» Muchos se negarían a poner la mano en el fuego a favor de unas respuestas positivas.