CACERES

LA COLECCIÓN
Silencio y discreción porque, durante veinte años de compra de arte, peregrinación por galerías, ferias y subastas, ojo avizor a todo lo que saliera Javier García Martín nunca ha alardeado de sus adquisiciones. Y constancia porque su «vicio», como él llama a esta afición, nunca ha cesado. Dice que hasta que la colección no esté colgada en el Edificio Embarcadero él no hará declaraciones -aunque el miércoles dio la cara junto a representantes municipales durante la presentación de la colección-. No entiende ciertas críticas y suspicacias a una tarea que, asegura, ha llevado a cabo legalmente y en la que ha volcado todo su esfuerzo. Habla a través de su representante, Javier Paniagua, una especie de escudero con el que comparte las alegrías y penas de esta tarea en la que dice haber arriesgado mucho, como un jugador de póker temerario. Siempre al límite.
Colección
La pregunta que estos días le han hecho insistentemente gravita sobre la curiosidad de saber cómo una persona, un trabajador normal, ingeniero de Caminos, Canales y Puertos y empleado público de la Junta es capaz de atesorar tal cantidad de obras de autores de renombre de todo el siglo XX, con firmas como Miquel Barceló, Picasso, Chillida, Tapies u Oteiza. Acota el terreno. Por un lado, no le parece un conjunto tan extraordinario, y aunque lo considera muy valioso, dice que hay varios coleccionistas privados en España con contingentes de obras como la suya, que considera, en términos absolutos, «modesta». La segunda precisión la hace al hablar de la parte económica, un aspecto que no considera esencial. «El único mérito», asegura, «es haber tenido habilidad para comprar arte sin medios económicos». «La parte más importante de esta colección es haberla hecho sin dinero». Se considera un hábil negociador que ha puesto contra las cuerdas a muchos galeristas, y que se ha movido con decisión en las procelosas aguas de este mercado. Ha logrado adquirir obras por un precio muy por debajo del establecido, y todo sin asesoramiento externo, guiado por una especie de sexto sentido que, desde luego, no ha sido infalible, porque alguna vez, y lo reconoce sin tapujos, le han engañado. «He comprado cuadros falsos, algunos los he devuelto y me han devuelto el dinero y otros me los he quedado». Una vez le colaron un Sorolla.
La obra más valiosa de la colección es 'Cebollas en la tierra', de Miquel Barceló, un lienzo muy grande y que se convertirá en la joya de la corona del nuevo museo. Fue adquirida en el año 1998 por un «precio irrisorio» y después de una serie de complicaciones. Dice que su único «vicio» es el arte. «No tengo más, yo no me compro ropa, ni presumo de comprarme coches nuevos ni me voy por ahí de viaje». Aunque viaja, eso sí, cuando visita ferias o subastas. A Christie's no ha llegado, solamente aborda el mercado nacional.
A la hora de comprar, este coleccionista busca cubrir tres requisitos: «que me guste, tener dinero para pagarlo y pensar en que si tengo que venderlo, le tengo que ganar algo». La revalorización es, pues, uno de los principios guía de este coleccionista, que dice que ha logrado que obras adquiridas por «muy poco», ahora hayan multiplicado su valor.
En todo caso, no prima sólo lo crematístico. Hay obras adquiridas con cariño, sobre todo las de autores como Juan José Narbón. Cita 'Acidez en el campo', un cuadro expuesto en el Palacio de la Isla, dentro de la iniciativa 'Arte extremeño en colecciones privadas». También adora dos cuadros de la serie Guadalupe de Vostell.
¿Qué ocurrirá dentro de quince años cuando pase el periodo de cesión de esta colección al Ayuntamiento de Cáceres? En primer lugar se cita el término exacto de esta transacción. Es un 'comodato', un término que implica una cesión de bienes no fungibles durante un determinado periodo de tiempo después del cual han de ser devueltos. El objetivo del dueño de esta colección es que, después de quince años, la ciudad termine identificándose con estas obras y que no se disgregue. «Salvando las distancias es algo similar a lo que ocurre con la colección del Thyssen en Madrid», asegura. Pero no se menciona ninguna cifra de lo que puede llegar a costar ese «paquete» en el futuro.
Aldea Moret
La idea de llegar hasta el edificio Embarcadero también ilusiona al dueño de la colección. Dice que es una forma de que la gente se acerque a ese lado de la ciudad, de que «conquiste la otra orilla». 'Mocaral', nombre de la colección y acrónimo del nombre de sus hijos reposará y se expondrá -un 20% de su total- en esta nave del poblado minero mientras su energético dueño continúa engordando la nómina de adquisiciones. «Esto no para nunca», señala, siempre en boca de su representante, Javier Paniagua.










