A Leandro se le cierran los ojos muchas noches con un boli y un paquete de folios en la mano. Se duerme escribiendo poemas. «No sé cómo decirte te quiero. El mundo ha cambiado en la forma y en el fondo: es triste y amenazador... Calculado. No busco cobijo en ti, sino tu dulzura y tu sonrisa, también tu amor y compañía. Ahora no soy un niño ni un hombre, ni una mujer. Veo que estoy metido en un cuerpo que no expresa nada de lo que es mi ser. Mi cabeza está ausente de ruido, mi alma expectante al ver que en tus labios se dibuja alegría».
Son renglones a veces torcidos, escritos con un bic azul a una hora en la que fuera ya no hay sol. Reflexiones, ideas, apuntes, anhelos, ilusiones y certezas. Leandro (35 años) guarda las letras de su vida en una carpeta azul oscura, y aunque se nota que le cuesta, empieza a elevarse sobre su timidez y a pensar en alto. El otro día leyó ante once personas uno de sus poemas. Después apenas habló. Se le vio sonreír varias veces. Y escuchar con atención las reflexiones de Carmina, de Luis, de Ángel, Ignacio, José Antonio y de Aida. Todos hablan sobre la enfermedad mental en primera persona. La esquizofrenia, el trastorno bipolar, los brotes psicóticos, los suicidios, la vida y la muerte son los temas de conversación. Y esos mismos asuntos son la razón de ser de Radio Integral, la radio de los enfermos mentales extremeños. Aunque hay diferencias importantes, es algo así como la versión regional de La Colifata (que hacen pacientes de un centro psiquiátrico en Argentina que ahora protagonizan el anuncio televisivo de la bebida Aquarius) o Radio Nikosia, en Cataluña, también distinta pero igualmente firmada por personas con este tipo de diagnósticos.
Las siglas: NCC y CRR
En Extremadura,
Radio Integral es mérito de dos lugares identificados por sus siglas: el CRR y el NCC. Los dos están en el barrio de La Mejostilla, el más poblado de Cáceres, y les separa un paseo de un minuto y medio a pie. El NCC es el Nuevo Centro del Conocimiento. Los hay por toda la comunidad autónoma, y su filosofía es bien fácil de resumir: poner los ordenadores, Internet y el inabarcable mundo que surge a partir de ahí al alcance del barrio o el pueblo de turno, a mano del jubilado, del chaval, del ama de casa. Y si es La Mejostilla, aunque sólo sea por pura cercanía física, también de quienes viven cada día en el CRR (Centro Residencial de Rehabilitación), que gestiona Feafes-Cáceres (la Asociación de Familiares y Enfermos Mentales, antes llamada Apafenes) en concierto con el Servicio Extremeño de Salud. En él desayunan, comen y cenan cada día treinta personas, todas ellas con trastornos mentales graves con gran dependencia y que requieren un grado alto de supervisión. Abunda la esquizofrenia, pero también hay trastornos bipolares, esquizoafectivos o de personalidad. Allí viven en un régimen parecido al de cualquier otra residencia. Hay normas básicas de convivencia, y a partir ahí, cada enfermo es una historia distinta. «Aunque suponga asumir riesgos, muchas de las normas se ponen a posteriori, en función de cómo es cada paciente, porque no debemos perder la perspectiva: estamos hablando de personas adultas», apunta Ana García Nieto, psicóloga clínica y directora del Centro.
Otro argumento principal para apoyar esta filosofía de trabajo se resume en tres palabras: autonomía, dependencia y normalización. Cuanto más autónomo y más independiente sea un residente, mejor. Y al final, lo que se busca es que cada uno de ellos lleve una vida lo más normal posible. Eso significa, por ejemplo, que si el jueves ponen una película en la sesión de las once que varios quieren ir a ver, la dirección dará permiso y ese día llegarán más tarde de lo establecido. De hecho, ocurrió el jueves pasado con el estreno del documental de Martin Scorsese sobre los Rolling Stones. O sea, como en muchas residencias universitarias. Hasta en la cuestión de los gustos.
Si el enfermo responde bien a su P.I.R. (Plan Individualizado de Rehabilitación) y el equipo de profesionales del CRR entiende que ha llegado el momento de darle el alta, pueden suceder dos cosas: que se vaya a su casa (a la de la familia, se entiende) o a un piso tutelado. En Cáceres hay dos, de cuatro plazas cada uno, y en ellos viven varios de los integrantes de Radio Integral. El jueves pasado acudieron al NCC para preparar la segunda y tercera entregas de su programa. Han entrevistado a dos fiscales, al dueño del bar que hay al lado de ‘la mini’–diminutivo de ‘miniresidencia’, que así es como se refieren algunos al CRR– y a la peluquera, que conoce la cabellera de más de uno del grupo. También le hicieron las preguntas pertinentes, claro está, al periodista que antes les interrogó a ellos. Porque si hay algo que les preocupa, y que justifica la existencia de su medio de comunicación, es la imagen que la sociedad tiene de ellos. De los enfermos mentales en general y de los esquizofrénicos en particular.
Reflexiones brillantes
En el primer programa, accesible a cualquiera en Internet (a través de la web de los NCC), Carmina situó el asunto. «El enfermo mental –define ella– es una persona que sufre la incomprensión de los demás. Incluso de su propia familia, que muchas veces le paga con falta de amor. Si la propia familia no los conoce, no digamos nada de la sociedad».
Desde su experiencia, insiste en un aviso a tener en cuenta: cualquiera puede convertirse en un enfermo mental. Ella estudió en la Universidad y llevó una vida de lo más normal hasta los 27 años, cuando le diagnosticaron su problema. Desde entonces ha pasado por internamientos, altas, bajas, intento de suicidio, hospitalizaciones, soledad. En casi treinta años ha tenido tiempo para vivir episodios de varios colores, para aprender y para mejorar hasta el punto de sentirse plenamente feliz «por estar asintomática», el punto más alto al que, en su opinión, puede llegar un enfermo mental. Ahora, sentada en una silla del NCC de La Mejostilla, preparando el próximo capítulo de Radio Integral, Carmina firma reflexiones cargadas de sentido, utilizando palabras que dan en el centro de la diana, con una corrección en el fondo y en la forma por encima de lo usual en el común de la población. Y hasta con un punto de brillantez. «Hoy, la sociedad está rara –dice–. Los maridos matan a sus mujeres y casi ninguno es enfermo mental. Hay mucho loco suelto que a veces se asusta de los enfermos mentales».
Es curioso. Quizás la explicación esté en la pura coincidencia, pero entre el grupo de siete que desnuda sus pensamientos hay más enjundia de lo usual en un círculo de adultos mentalmente sanos. Quizás, apunta José Antonio –34 años, el último fichaje de Radio Integral–, sea porque dedican más tiempo que el común de los mortales a ‘comerse la cabeza’. «Yo he estado en Madrid, en Badajoz y ahora en Cáceres –cuenta–, he estado en todos los centros habido y por haber, y creo que aunque los profesionales te ayudan, cada uno debe ser su propio motor para salir adelante».
Lo intenta desde hace años Ángel (35 años), que no duerme cada día en el CRR ni en el piso tutelado. Vive en un piso con su novia, y al Centro acude como voluntario, a ayudar a los demás por un argumento de peso: le apetece. Llegó a Cáceres procedente de Getafe con la mochila cargada de disgustos. Entre otros, un fracaso sentimental y el rechazo de algunas de las personas que tenía más cerca. «Mi vida ha sido preciosa hasta que caí enfermo», resume. Es el que más habla de todos, y tiene una queja fundamental: «La gente confunde psicótico con psicópata». «El psicótico –explica– no sabe lo que hace, mientras que el psicópata sí sabe lo que hace, y si mata es porque le gusta».
Los otros
A su izquierda está Luis (44 años), con un folio entre las manos. «Hablamos de nuestras enfermedades –dice– para que la gente se mentalice de que somos personas, incluso mejor que las normales. Yo salgo por ahí y veo gente que está peor que yo». En ese grupo al que aluden ocupa un espacio ganado a pulso los autores de las pintadas que aparecieron en el edificio del CRR cuando aún no estaba construido pero ya se sabía para qué iba a servir. Decía: ‘Mongolos, a la cámara de gas’.
Esa triste anécdota es la manifestación más extrema de un sentimiento que comparten los enfermos mentales: la sociedad les tiene estigmatizados. Por eso han creado Radio Integral, concebida como un arma con la que fulminar los tópicos erróneos que tanto les duelen. «A mí me gusta que la familia me pueda escuchar por la radio», dice Ignacio (39 años), que prefiere escuchar a intervenir. Fátima, la terapeuta ocupacional que les acompaña cada día en el CRR, apunta un factor clave. «Cada uno –apunta–tiene un nivel de aceptación de su enfermedad distinto, y escuchar a los demás hablando sobre sus patologías les ayuda».
Eso es precisamente lo que hacen en Radio Integral. Los jueves se reúnen para preparar el programa, hacen una ‘lluvia de ideas’ para sumar propuestas y a lo largo de la semana van recopilando el material para después llevárselo a Manuel, el chico del NCC de La Mejostilla. Él ha enseñado a alguno de ellos a manejarse con el ordenador, y les anima a que vayan aprendiendo a editar las piezas que guardan en la grabadora, que va de mano en mano. Leandro la coge para que hable Aida, que aunque no lo parece, tiene 42 años. Domina a la perfección tres idiomas (español, inglés y francés) y su excelso currículum profesioinal se truncó a los treinta. «Los enfermos mentales –lee Aida– tan solo necesitamos la comprensión, la solidaridad y la integración del ciudadano de a pie, que muchas veces desconoce este mundo. A menudo sentimos miedo a decir que sufrimos una enfermedad mental por temor al rechazo. Para despedirnos podríamos cantar todos juntos esta palabras de la canción de Antonio Carmona, que dice así: ‘No estamos locos, que sabemos lo que queremos, vive la vida, igual que si fuera un sueño...’».