A Cerro le ataron a una silla en tres minutos y veinte segundos, pero consiguió desatarse en dos, de manera que quien se atrevió a retarle desde el público a que no lo conseguiría se quedó sin los 300 euros de la apuesta.
El joven se vendó los ojos y puso en tensión a un público que le veía apuntar con una flecha hacia una diana que no sabía dónde estaba, para al final, acertar de pleno.
Jugó, de nuevo, con la ilusión de pequeños y mayores, a los que también supo meter el corazón en un puño, sobre todo con el número final de escapismo.
El último acelerón
Ni más ni menos que consistió en que le ataran con cuerda y grilletes a un coche del que tendría que desatarse en diez segundos, antes de que acelerara. ¿Lo conseguiría? ¿Podría escapar? o ¿se presenciaría con terror cómo le arrastraban a más velocidad de la cuenta, delante de sus narices?
Música de la que revuelve el espíritu, la labia de Cerro, aludiendo incluso a la magia en tiempos de la Inquisición, pero sobre todo el trabajo que hay detrás de sus espectáculos, hicieron posible que el placentino volviera a tener aprobado alto delante de sus paisanos.









