Publicó hace unos días un importante diario de tirada nacional una breve noticia sobre la inauguración de la versión en extremeño de un conocido portal de Internet que basa su existencia en el libre intercambio de conocimientos. (Asunto al que también le da dedicado un amplio espacio el diario HOY). Aun aceptando la premisa de que las redes mundiales albergan los más variopintos contenidos, como estudiantes de Filología nos hemos visto obligados a hacer algunas matizaciones.
Creen algunos que la mejor defensa de nuestra tierra es la invención sin rigor histórico ni filológico de un dialecto extremeño que nos sitúe a la misma altura que el resto de las comunidades autónomas con dialectos reconocidos.
El extremeño es una modalidad de habla del castellano con influencias leonesas, portuguesas, andaluzas y del español meridional en su generalidad, pues agrupamos bajo esa denominación todas las variedades que del castellano se hablan en la región extremeña, ya que no es lo mismo la pronunciación de Madroñera que la de Badajoz, o el léxico de Las Hurdes que el de Guareña, las construcciones morfosintácticas de Cedillo y de Plasencia, o la entonación de Cáceres y la de Badajoz. Además, algunos rasgos fonéticos como la neutralización de -l/-r implosivas distancian a las dos provincias: la -l es más propia de Cáceres, por influjo del leonés, y la -r de Badajoz, por influjo del andaluz. Así, escuchamos en la provincia cacereña el término 'peol' y, en Badajoz, 'borsa'.
Los filólogos, como científicos, trabajamos con hechos como los antedichos, comprobables, que permiten afirmar que no existe el extremeño; mientras que aquellos que se creen con un poder superterrenal los obvian para adaptar sus premisas a connotaciones políticas o de cualquier índole, a excepción de la puramente lingüística.
Nosotros, estudiantes de Filología Hispánica de la Universidad de Extremadura, manifestamos que la generalización que se hace de las hablas extremeñas es injusta y anticientífica por una razón fundamental: la inclusión indiscriminada de léxico y construcciones propias de cada localidad, que conforman un maremágnum incomprensible para los propios extremeños.
Escritores como José María Gabriel y Galán, que se toman como autoridad (ya del siglo XIX) en el ejercicio del extremeño, nunca hablaron de tal forma; su poesía, al margen de su valor artístico, pasa por una mera recreación literaria.
Por todo ello, y sin dejar de lado las rigurosas investigaciones que sobre el tema han publicado profesores del Departamento de Filología Hispánica y Lingüística General de la nuestra Universidad o de otras, expresamos que inventos como el extremeño o la Güikipeya no hacen sino fomentar la mala imagen cultural que Extremadura ha sufrido a lo largo de la historia y que ahora, con grandes esfuerzos, intentamos superar.
ISMAEL LÓPEZ, ÁNGELA CACEREÑO, PATRICIA CARMONA, MARÍA HIGINIA GALAVÍS, AMANDA IZQUIERDO, ESTER FÁTIMA MARTÍNEZ, MARÍA DE FÁTIMA RAMOS, ANTONIO RIVERO, MARÍA VENTURA y JENNIFER ZABALA son estudiantes de tercer curso de Filología Hispánica en la Universidad de Extremadura y comparten la autoría de este artículo









