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HOYes.tvHOYes.tv | RSS | ed. impresa | Regístrate | Miércoles, 22 octubre 2014

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TOROS
Ferrera sale a hombros en Castellón en una trepidante «victorinada»
El extremeño colocó dos estocadas formidables y se llevó una oreja en cada toro Corrida cinqueña con espectáculo y emoción por la dificultad de los astados
03.03.08 -

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Cinqueño fue, como toda la corrida, el primer victorino. Ancho y bajo, arremangado de cuernos, gruesas mazorcas, blancas palas. Aleonado. Algo cabezón, por tanto. Más acarnerado que degollado. Badanudo, inmensa quilla colgante. Muchas carnes bien musculadas. Ágil, de muchos pies. Con más movilidad y elasticidad que ningún otro. Iba a ser el mejor de la corrida. Aunque por la mano derecha pareciera de partida toro resabiado. Tal vez problema de mal manejo. Estuvo centrado, seguro y sereno con el toro Antonio Ferrera.

En el recibo, lances bien volados rematados con media muy garbosa. Sólo una vara, cobrada con fijeza. Tres pares de banderillas, dos al salto, muy aparatosos y reunidos, y uno con llegada de eslalom a embroque.

Seguro dominio

El tajo todo de la faena fue de buena autoridad y seguro dominio. Como en la primera prueba el toro se le acostó por la derecha, Ferrera se puso por la izquierda. Desgarrada entrega en apariencia; perfecto control de fondo. Bien colocado Ferrera, preciso en los toques, listo para ganar por la mano la baza al toro siempre, sin dejarle pensar ni avisarse. Dos tandas con la zurda. Vibrantes, ligadas, limpias. Tapado, el toro se sometió. En muestra de gobierno, Ferrera, la muleta puesta por delante, acabó rematando por la mano derecha. Ya era otro toro entonces. Un pinchazo y una soberbia estocada. La mejor de la feria. La gente había entrado en calor desde el primer compás. Ni noticia de la frialdad tradicional tan clásica en el toro que rompe plaza.

El picante de la emoción fue nota constante de la corrida entera. La variada y nada sencilla personalidad de los seis victorinos. Cada uno de una manera. Los cambios de carácter de todos ellos. Brasa latente. No sólo Ferrera con la segura y redonda faena de apertura. Los tres de terna dieron la talla. A Chaves le costó algo más con un quinto espectacularmente bello. Cárdeno, largo, tocado y engatillado, un toro atleta de sólo 485 kilos y cumplido trapío, pero de incierto punto.

Entrega de Ferrera

Sólo esa batalla del quinto de corrida tuvo por vencedor a los puntos al toro. De todas las demás salieron airosos los matadores. El propio Ferrera , en su segundo turno, con un toro descarado, bizco, artero, indispuesto, violento, rebanador, que intentó saltar al callejón tres o cuatro veces. Toro de los que se apoyan en las manos a mitad de embroque para enseguida soltar la gaita, y un gancho o un tornillazo defendiendo terreno.

Turno para poner la electricidad del gentío a mil por hora: la entrega de Ferrera , la sensación de mascarse la cogida, la resolución de una faena sin pausas ni esconderse, de esgrima y péndulos, de tú o yo y va a ser que yo. Y fue Ferrera casi por cao. Al segundo intento, una colosal estocada sin puntilla. Un pitonazo en el chaleco. Antes de rodar, muerte muy turbulenta del toro entre estertores y sacudidas, unos y otras propios de su genio. Triunfo fuerte de Antonio Ferrera .

Desparramador

También Chaves pudo con el segundo, inmenso monstruo sin cuello, rizada testuz, degollada cabeza de la estirpe de Saltillo clásica. Gazapón, desparramador de mirada, lombricero, zapatillero, tardo, reservón y escarbador. Pero tuvo un fondo fino y hasta noble. Hubo que buscarlo y arriesgando de verdad, tragando paquete. De eso se encargó con entereza Chaves, que se puso sin temblar en el único sitio posible. Y, entonces, enganchando por delante provocó a pulso en viajes largos por abajo.

Dos tandas con la izquierda de mérito mayor. Largo trasteo, por laborioso. Un pinchazo, media, un aviso, dos descabellos. Se quedó sin oreja.

Chaves sintió que el quinto lo medía y miraba más de la cuenta, que no dejaba de pensárselo. Y no se confió. Le cambió terrenos pero no espacios ni distancias. Estuvo puesto donde más se revolvía el toro. Incómodo.

La prestancia

Luis Bolívar apareció muy distinguidamente. Cambiado. Para bien y mejor. No fue sólo que pareciera conocer y entender de antemano lo que cada uno de sus dos toros llevaba dentro. Fue algo más: la prestancia, la manera de estar delante y en plaza, el encaje muy sereno, la soltura, la aparente facilidad.

Descolgado de hombros, templado con naturalidad, vertical, relajado, muy tranquilo. En aire de torero caro. Bolívar le dio al sexto la coba precisa, lo enganchó por el hocico, supo soltarlo cuando se le volvía, volvía a engancharlo y forzarlo, y, en fin, lo dejó planchado y toreado. Sólo que el palco presidencial dejó sin oreja un trabajo tan lindo. No importa. El torero está. Hay torero.
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