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Anecdotario de Jesús, el donante
La Hermandad de Donantes elige como presidente a Jesús Domínguez Cuesta, que lleva toda la vida regalando su sangre, incluidos los tiempos en los que se cobraba por ello
28.02.08 -

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CIENTO veinticinco donaciones después, Jesús sigue recordando nítidamente la primera. «Me llamaron para decirme que el portero del edificio del número cinco de la calle General Yagüe se estaba muriendo y necesitaba sangre. Se llamaba Guillermo, y era de Talaván. Cerramos la frutería que teníamos entonces y fuimos a que me sacaran sangre. Me sacaron 750 centímetros cúbicos, dos bolsas. El hombre se salvó».

Tras aquel bautizo vino una segunda vez. Y después una tercera. Y a la décima le reconocieron la generosidad en un homenaje. Hoy, Jesús Domínguez Cuesta (Tornavacas, octubre de 1944) es uno de los españoles que más sangre ha donado. Y desde hace unos días es el presidente de la Hermandad de Cáceres, a la que pertenece desde sus inicios. «Aquí lo importante no soy yo, sino el grupo, toda la gente de la Hermandad y todos los donantes, que quede claro», previene Jesús, mal estudiante y buen empresario. Estuvo en el Seminario de Plasencia y cursó el Bachiller en el Paideuterion cacereño antes de hacerse empresario, primero en el sector de la frutería y después en el de los desguaces de vehículos. Y lo que nunca cambió fue su condición de donante, forjada a base de experiencias vividas en primera persona. «Yo estaba en Portezuelo con el tema de las donaciones -relata- y me enteré de que mi hermana se estaba muriendo, que necesitaba sangre, me fui para Cáceres y doné dos bolsas. Mi hermana se salvó, no gracias a mí sino por las bolsas que había allí de todos los donantes cacereños, pero ese día decidí que donaría sangre toda mi vida, hasta que me muriera».

Hasta morir

Y aquella promesa la está cumpliendo, a pesar de la prohibición expresa que le había hecho su padre. «Como otra mucha gente en esa época, él pensaba que si me sacaban mucha sangre, me acabaría muriendo, y no me dejaba. Tuve muchas broncas con él por este tema, hasta que pasó lo de mi hermana; entonces se convenció». Ahora, los que le ponen el freno son los médicos, que hace tiempo que le limitaron las donaciones. «Ya no puedo hacerlo cada tres meses, como toda la vida -explica-. Cuando era joven, me sacaba dos bolsas de sangre y me cogía el camión y me iba a Sevilla con la fruta. Los médicos me dijeron hace tiempo que donar 750 centímetros cúbicos de una vez es una bestialidad para mí».

Antes de aquellos años de tantos viajes, Jesús Domínguez Cuesta vendía su sangre, como otros muchos. «Entonces se funcionaba así, no existían hermandades -cuenta-. Había un laboratorio, el del señor Márquez Zambrano en la calle Colón, en el que sacaban sangre. Era algo común en otros muchos sitios de España, y quienes iban a pincharse con frecuencia eran los universitarios. Hasta que un día nos dimos cuenta de que no era un sistema viable, y de que era una vergüenza, dicho entre comillas, sacar dinero por algo que generaba tu cuerpo, y nació la Hermandad». Con ella, los kilómetros y kilómetros de acá para allá por toda la provincia, «buscando clientes», como dice él en tono jocoso.

Podía cambiar el coche, del Seat 1500 al R-12, pero se mantenía el plan de salida. En cada pueblo, tres visitas. La primera, para verse con el alcalde, el cura y el médico y comentarles el asunto. La segunda, para que los vecinos vieran una película que les explicaba qué era donar sangre, cómo se hacía y para qué servía. Se titulaba 'Tu sangre es fuente de vida', y la proyectaban en cualquier sitio: en el bar, en el ayuntamiento, en la casa de cultura si existía, bajo tejados de cañizo o en naves con telarañas. Era costumbre, recuerda Jesús, que algún espectador se desmayara. La tercera visita era para hacer las extracciones y traerse la materia prima. Para ello, llevaban neveras caseras, y el hielo se lo compraban a Lucas, en el barrio de Aguas Vivas. Y si no lo tenían, siempre encontraban algún alma buena, como la de 'La pintada', la heladera de Tornavacas que les dio los cubitos que tenía.

Eran otros tiempos, reflexiona el nuevo presidente de la Hermandad, que ha dejado aquellas historias de los pueblos para el anecdotario, en favor de una estructura sistematizada, al amparo del Banco Regional de Sangre. Las bolsas que consiguen en un lado y otro ya no van al hospital, sino a Mérida, y desde allí, el Banco las distribuye según las necesidades.

Sigue haciendo falta

«Las necesidades de sangre en los hospitales de Cáceres están cubiertas, pero seguimos necesitando donantes por muchos motivos, entre ellos porque cada vez se hacen más transplantes», reflexiona Domínguez Cuesta, que aún recuerda las primeras operaciones para implantar órganos.

Uno de esas está especialmente fresca en su memoria. «Me llamó el doctor Enrique Moreno, del Hospital 12 de octubre, y me dijo que necesitaba setenta bolsas de cero positivo para un transplante de hígado y riñón. Nos pusimos frente a la iglesia de San Juan, y fuimos por bares y por piscinas, pidiendo sangre, y conseguí las setenta bolsas. Me cogí el R-12 y me fui hasta Navalmoral de la Mata, y allí me encontré con Pepe Vizcaíno, que cogió su avioneta, la que tenía en Belvís de Monroy, y las llevó hasta Madrid, donde por cierto, tras pasar por el hospital, le atracaron y casi le matan, tuvo que llamar a los serenos». «Hoy se puede contar -añade Jesús- que llegué con el doctor Moreno al acuerdo verbal de que nosotros le mandábamos bolsas cada vez que las necesitara y pudiéramos y a cambio, él procuraba tener un trato especial con los pacientes cacereños».

Superados esos años, Jesús Domínguez Cuesta toma el testigo de Luis Fernández Alonso, anterior presidente, y añade su nombre a una lista en la que también están Juan Manuel García Agúndez, Felipe Sarro y Siso Corrales. «Otras veces había rechazado el cargo, pero quiero ser presidente antes de morirme, y me siento con fuerzas», asegura el dueño de Grúas Docu, la empresa por la que muchos le conocen. Habla de la Hermandad y no para. Y se refiere a la sangre y parece dejar un eslogan en cada reflexión. «Que me saquen sangre para donarla -dice- es el momento más feliz de mi vida».
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